Argentina / 26 julio 2026

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De la marea futbolera al combo explosivo cotidiano

El fin de la Copa dejó al desnudo los problemas cotidianos y la falta de respuestas del gobierno. Entre sospechas sobre la selección y acusaciones de racismo, la verdadera imagen del país no viene de afuera: se construye desde las entrañas del poder mientras la gente gana las calles.

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Esta imagen muestra una protesta de jubilados en Argentina contra las políticas económicas del presidente Javier Milei

Lo intuíamos: la finalización del Mundial dejó en muchos y muchas una sensación de vacío y tristeza, porque gran parte de nuestra atención y esperanza estuvo puesta allí, en nuestra selección que tantas satisfacciones —con sufrimiento— nos dio.

Terminada la Copa Mundial de Fútbol y sin nada ni nadie que nos conmueva e interpele invitándonos a «ser parte», los problemas cotidianos cayeron en catarata sobre nuestra realidad: el salario que no alcanza, los aumentos imparables de las tarifas de servicios públicos, la quita de derechos en materia de salud (como el achicamiento de la canasta de medicamentos del Plan Remediar, que pasó de 100 a 30 con la intención de seguir bajando el número de productos medicinales y traspasarlo a las provincias que están ahogadas financieramente), la falta de «changas», el cierre de empresas, los alquileres por las nubes y el endeudamiento familiar que se hace insostenible. Todo ello configura un combo explosivo si tenemos en cuenta que no hay una sola medida del gobierno de Javier Milei para corregir, mitigar y resolver la situación de millones de argentinos y argentinas, muchos de los cuales siguen aún convencidos de que es culpa y responsabilidad de ellos estar en la condición de subsistencia, y no de una gestión que trabaja denodadamente y sin descanso para beneficiar al sector más concentrado de la economía y las finanzas.

Como si todo fuera poco, entre algoritmos y campañas orquestadas para terminar de distraernos, desviar nuestra atención y crear un clima de sospecha conspirativa, comenzó a circular la versión de que la Scaloneta se había «tirado a menos» y habíamos perdido la Copa por presiones de distintas personas e instituciones que, entre otras cosas, nos castigaron por la desfachatez que tuvo nuestro equipo de levantar la bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas».

Luego del Mundial, los problemas cotidianos cayeron en catarata sobre nuestra realidad. Se trata de un combo explosivo si tenemos en cuenta que no hay una sola medida del gobierno de Javier Milei para corregir, mitigar y resolver la situación de millones de argentinos y argentinas.

A esta altura, dejar el primer puesto para salir subcampeones no es ningún demérito. Nuestro seleccionado no jugó bien casi ningún partido, salvo el segundo tiempo contra Inglaterra, donde puso coraje, corazón, compromiso y patriotismo. Luego tuvieron siempre, casi sobre el final, la posibilidad de convertir para seguir pasando de fase hasta la semifinal. Muchos y muchas sentimos que con el triunfo sobre el colonialismo inglés ya estábamos hechos, y un segundo puesto es un lugar destacadísimo para un seleccionado que llegó muy cansado, pero con espíritu de equipo y consciente de lo que significaba para el pueblo argentino que dejaran todo en la contienda deportiva… ¿Presiones?… No las descartamos. Fue y es como todo lo que organiza y en lo que participa Donald Trump: un mundial de la vergüenza, con Infantino cediendo a la petición del presidente norteamericano para que levantara la sanción de Folarin Balogun, con racismo y segregación sobre algunos seleccionados, y con los iraníes teniendo que entrar y salir del territorio estadounidense como parias, por marcar solo algunas de las horribles y repudiables cosas que acontecieron.

Desde mi punto de vista, siempre rebatible, la Argentina no sufre campañas «anti». Nuestro país refleja en el mundo una imagen según quien lo gobierne.

Así, en la última dictadura cívico-militar, los genocidas insistían con que había una campaña que intentaron contrarrestar con el eslogan «Los argentinos somos derechos y humanos», mientras secuestraban, torturaban y desaparecían personas, endeudando al país e intentando cambiarle la matriz productiva.

Hoy, este gobierno que insulta a otros presidentes y ciudadanos, que no respeta la diversidad ni a las democracias, que descree de las reglas y normas de convivencia internacionales y que desprecia a sus propios ciudadanos, refleja y proyecta al mundo esa imagen que lamentablemente nada tiene que ver con la mayoría de los argentinos, ni siquiera con aquellos que lo han votado. La campaña antiargentina sale de las propias entrañas de la Casa Rosada y de la Residencia de Olivos.

En todo caso, y en especial sobre el racismo, más que para responderle a Samuel L. Jackson y a otros, sería bueno que cada uno y en conjunto, como sociedad humana, nos miremos hacia adentro para saber qué creemos y qué hacemos con los diferentes, con los pobres, los pueblos originarios, los inmigrantes limítrofes, los marrones y los vulnerables. Tal vez tengamos, como la mayoría de los pueblos, que revisar actitudes antes de enojarnos y seguir viendo el problema en los otros.

Y finalmente, una lucecita: la CGT, las dos CTA y los movimientos sociales salieron a la calle para confrontar con este plan económico de hambre y muerte. No vamos a considerar hoy si es tarde o si será efectivo contra una administración que no ha parado de sacar leyes —y va por más con los proyectos de inviolabilidad de la propiedad privada, inocencia fiscal II, ley hojarasca, etc—. Solo cabe decir que la calle siempre es mejor que nada, es mejor que quedarse en casa. Genera entusiasmo, hace visible la injusticia, muestra que somos muchos y muchas los dispuestos a participar y dar las batallas necesarias. Solo hay que convocar y demostrar que las convicciones no se dejan en el camino.

 

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