Adiós a Taty Almeida, la “loca de la Plaza” que nos enseñó a nunca bajar los brazos
Hoy murió Taty Almeida, presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Tenía 95 años. De la aristocracia militar a la trinchera de los derechos humanos, su vida encarna una transformación dolorosa y urgente. Con el pañuelo blanco como bandera y una dignidad inquebrantable, convirtió la pérdida de su hijo Alejandro en un legado de resistencia alegre y memoria eterna para el pueblo argentino.
- junio 14, 2026
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La cronología oficial dirá que Lidia Stella Mercedes Miy Uranga nació un 28 de junio de 1930 en el barrio porteño de Belgrano y que se fue de este mundo el 14 de junio de 2026 en la misma ciudad que la vio crecer, reír, transformarse. Que la vio aprender a luchar. Y enseñar a luchar. Pero las fechas del documento suelen ser mezquinas con los destinos extraordinarios. Para el pueblo argentino, para la memoria que se escribe con persistencia en las baldosas de las calles y de las plazas, ella fue, es y será Taty Almeida. La mujer que derribó los muros de su propia biografía para convertirse en una de las madres de todos. Una docente de la vida que, ya jubilada y con el pelo cubierto por un pañuelo blanco, dictó durante casi medio siglo la lección más difícil y hermosa: la de la dignidad inquebrantable.
Para entender la magnitud de Taty hay que asomarse a la burbuja en la que vivió durante sus primeros 45 años. Su historia no comenzó en la trinchera de la resistencia, sino en el corazón mismo del entramado que luego ejecutaría el horror. Hija de Carlos Vidal Miy, un oficial de Caballería salteño, y de Alicia Uranga, creció en un hogar de tradiciones estrictas y mudanzas militares entre Mendoza y Buenos Aires. Su árbol genealógico crujía de uniformes y apellidos patricios: un hermano coronel, cuñados en la Aeronáutica, tíos gobernadores y conocidos que, años más tarde, ocuparían las páginas más oscuras de los diarios.
Taty se crió en ese microclima. Se recibió de maestra en la Escuela Normal Superior N° 7 de Almagro en 1950 —el año del Libertador General San Martín, recordaba siempre con precisión de tiza y pizarrón—, se casó en 1953 con Jorge Almeida y tuvo tres hijos: Jorge, Alejandro y Fabiana. Se separó en 1970, una audacia para la época que afrontó con el apoyo de su suegra, y se mudó a un departamento en Palermo. Hasta allí, su mapa mental era nítido, previsible y profundamente antiperonista. “Era una gorila de aquellas, me salían los pelos por todos lados”, solía reconocer con su honestidad brutal, desprovista de toda solemnidad.
Pero el destino tenía otros planes, unos que se escribían con la urgencia de la militancia de los años setenta. Alejandro, su segundo hijo, un estudiante de Medicina de 20 años que trabajaba en el Instituto Geográfico Nacional, habitaba el reverso de ese mundo. Militaba en el ERP-22 de Agosto. A Taty la cuidaba, la preservaba de los vientos de una época que ya quemaba. Con su metro ochenta, la abrazaba fuerte y le decía, entre risas: “Esta gorilita de mierda y sin embargo, la quiero”. Ella no entendía. No quería o no podía entender.
El 17 de junio de 1975, en plena vigencia de la Triple A de López Rega e Isabel Perón, Alejandro entró al departamento y le dijo: “Mirá mamá, mañana no voy a trabajar porque tengo un parcial. Esperá que ya vengo”. Fue lo último que escuchó de él. Al día siguiente, el vacío. En un mueble, la certeza de la tragedia tomó forma de poesía: una agenda con 24 poemas en sus últimas hojas donde el joven anticipaba su destino, repudiaba la injusticia y se despedía sabiendo que lo iban a matar.
Buscó a Alejandro con los modales de su clase. Acudió a Albano Harguindeguy, jefe de la Policía y conocido de su padre; pensó en Orlando Agosti, compañero de su cuñado; en Leopoldo Fortunato Galtieri, jefe de su hermano; en Ramón Camps, vecino de los veranos familiares en Paraná. En su cabeza no cabía la posibilidad de que aquellos hombres de tertulias y saludos cordiales fueran los asesinos. Cuando llegó el golpe del 24 de marzo de 1976, Taty lo admitió años después sin anestesia: “Pensé que al fin se iban esos negros de mierda, venían mis conocidos y yo lo iba a recuperar a Alejandro”.
Hoy, 14 de junio de 2026, las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y el pueblo entero despiden a uno de los faros que parió esta Argentina. Queda su pañuelo, su trabajo en los últimos años por la Casa de las Madres en la ex ESMA. Queda, sobre todo, ese mandato de resistencia alegre que legó para los días oscuros.
Por eso el aterrizaje fue lento, doloroso. Recién a fines de 1980 juntó el coraje y cruzó el umbral de la casa de las Madres de Plaza de Mayo junto a su hija Fabiana. Al ver las fotos de los rostros en las paredes, comprendió que no estaba sola. La recibió María Adela Gard de Antokoletz, quien le hizo la única pregunta que importaba: “¿Quién te falta a vos?”. No había allí partidos, ni religiones, ni pasados. Había un útero colectivo. Taty lloró, hizo su catarsis y le dijo: “Qué estúpida he sido”. La respuesta de María Adela la marcó para siempre: “Cada madre se acercó cuando fue su momento, este es el tuyo”.
A partir de allí, Taty Almeida comenzó a ser parida por su propio hijo. Dejó atrás a la mujer de la aristocracia militar para transformarse en uno de los motores de Madres Línea Fundadora. Atravesó la primavera alfonsinista, el dolor de las leyes de impunidad y el menemismo de los indultos que intentó demoler la ESMA para construir un “parque de la reconciliación”. Resistió con el cuerpo, marchó en cada 24 de marzo y encontró en el año 2003, con la llegada de Néstor Kirchner, a “otro hijo” que transformó los derechos humanos en una política de Estado irreversible.
En los últimos años, siguió plantando memoria. Quedaban pocas Madres, las piernas ya no acompañaban como antes, pero se reía y desafiaba al tiempo desde su silla de ruedas: “Las locas seguimos de pie”.
Hoy, 14 de junio de 2026, las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y el pueblo entero despiden a uno de los faros que parió esta Argentina. Queda su pañuelo, su trabajo en los últimos años por la Casa de las Madres en la ex ESMA. Queda, sobre todo, ese mandato de resistencia alegre que legó para los días oscuros. Esos días en los que el desánimo acecha y es obligatorio recordar su voz clara, firme y eterna: “A veces atravesamos momentos difíciles, pero siempre díganse bien fuerte: Si las Madres pudieron, por qué no nosotras. Así que arriba ese ánimo y fuerza”.
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