La cosmovisión común de Thiel y Adorni: cripto, evasión y el Congreso que no llega
Mientras Thiel invita a Grabois y se encuentra con Sturzenegger presionando para que el Congreso avance en un marco legal que le permita utilizar a la Argentina como base para instalar aquí sus “sociedades automatizadas”, Manuel Adorni intenta sobrevivir políticamente en medio de un pantano de barro que él mismo se construyó y al que está arrastrando al gobierno.
- junio 12, 2026
- Lectura: 3 minutos
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El magnate tecnofascista Peter Thiel tiene algunas vinculaciones con Manuel Adorni, el jefe de Gabinete del país en el que reside hace dos meses: le interesa evadir impuestos, también las criptomonedas y la vida de lujo. Obvio, a distintas escalas y detalles que los separan. Al dueño de Palantir no le interesa si el ministro coordinador de Javier Milei sigue en el cargo o se va, si es investigado por enriquecimiento ilícito o perdonado por los hermanos libertarios. Lo que le interesan son los negocios, y de alguna manera se lo transmitió al inesperado interlocutor que tuvo hace diez días: Juan Grabois.
La cumbre en la mansión en Barrio Parque fue críptica, pero un elemento le quedó claro al diputado del peronismo que compitió contra Sergio Massa en la PASO 2023: la apuesta de Thiel con Milei es que le allane el camino legal para desembarcar su empresa tecnológica especializada en cruce masivo de datos personales para toma de decisiones políticas. La ambición de Thiel es la nueva Ley de Sociedades que envió al Congreso el Gobierno: la reforma que permite que se creen empresas de algoritmos, o empresas sin humanos.
No fue Grabois quien buscó al magnate, sino al revés: Thiel lo contactó por Instagram y lo invitó a su residencia valuada en 12 millones de dólares. En el encuentro de una hora –que Grabois aún mantiene en reserva– también sobrevolaron la encíclica del papa León XIV, el impacto de la inteligencia artificial y las referencias literarias a Tolkien, cuya obra inspira los nombres de los proyectos de Thiel. Pero debajo de esa conversación intelectual, el mensaje era más terrenal.
El proyecto que el Ejecutivo remitió al Senado el 29 de mayo propone una reforma integral de la Ley General de Sociedades que reemplaza al texto vigente desde hace más de cinco décadas. Su artículo más disruptivo reconoce legalmente las «sociedades automatizadas»: empresas que «desarrollan su objeto social mediante sistemas algorítmicos autónomos o agentes de inteligencia artificial, sin requerir trabajadores en relación de dependencia ni recursos humanos para su operación ordinaria». El proyecto también crea las DAOs –Sociedades Descentralizadas Autónomas Operativas–, estructuras basadas en contratos inteligentes y gobernanza blockchain que pueden constituirse y funcionar íntegramente en entornos virtuales.
Permite además que disputas corporativas se resuelvan bajo legislación extranjera elegida por las partes. Es, en síntesis, el tipo de arquitectura jurídica que Thiel financió y promovió desde hace años, y que convierte a Argentina –si la ley se aprueba– en un paraíso legal para sus negocios. Thiel cenó con Federico Sturzenegger días antes de que el proyecto ingresara al Congreso. La casualidad es un recurso escaso en la política.
Pero Thiel tiene que entender que la política argentina tiene sus vericuetos y tiempos. La reforma societaria está en punto muerto en el Congreso. En parte por la saturación parlamentaria que aplicó el oficialismo y también por el ruido que genera el caso Adorni.
Envalentonada, la oposición impulsa una moción de censura y proyectos para derogar el régimen de inocencia fiscal. El oficialismo intentó gestionar el daño con una foto de unidad: Karina Milei publicó en redes a la mesa política celebrando el cumpleaños 70 de Bullrich en la Casa Rosada, con Adorni en la imagen, torta en mano, al lado de la misma senadora que lo había calificado de deshonesto horas antes. La foto como argumento: si hay torta compartida, no hay crisis.
Este jueves los aliados de la UCR y el PRO en el Senado cuestionaron las explicaciones del funcionario para justificar su crecimiento patrimonial. Adorni admitió ante la Oficina Anticorrupción que él y su esposa ahorraron “en negro, como todos los argentinos», y reconoció no haber declarado más de 500.000 dólares supuestamente obtenidos entre 2013 y 2018. La justificación: invirtió 200.000 dólares en bitcoin y obtuvo ganancias de otros 300.000.
Para blindarse jurídicamente, se acogió al régimen de «inocencia fiscal», el mecanismo creado por el propio gobierno libertario que permite regularizar activos no declarados sin consecuencias penales. La vicepresidenta Victoria Villarruel, que acumula diferencias con el círculo presidencial, fue directa: «Me parece una vergüenza su accionar y sus explicaciones». Patricia Bullrich, titular del bloque libertario en el Senado, también disparó: «Esto es más que un error, esto es una omisión ética. Y nuestro gobierno tiene la moral como política de Estado». El Gobierno respondió con el mínimo: «La Justicia va a poner punto final al asunto».
Adorni retrucó con que irá al Senado en julio a presentar su informe de gestión –lo que la Constitución le exige con una frecuencia mensual y que no cumplió desde que asumió en noviembre de 2025–, pero la presión para que comparezca antes de fin de mes crece. Villarruel y el bloque PRO, conducido por Martín Goerling, le reclaman que adelante la presentación a junio. La oposición, más envalentonada, impulsa una moción de censura y proyectos para derogar el régimen de inocencia fiscal.
El oficialismo intentó gestionar el daño con una foto de unidad: Karina Milei publicó en redes a la mesa política celebrando el cumpleaños 70 de Bullrich en la Casa Rosada, con Adorni en la imagen, torta en mano, al lado de la misma senadora que lo había calificado de deshonesto horas antes. La foto como argumento: si hay torta compartida, no hay crisis.
La agenda parlamentaria refleja esa saturación acumulada. El oficialismo quiere despachar antes del Mundial varios proyectos en simultáneo: la nueva tanda de pliegos judiciales –65 candidatos, en su mayoría para la justicia porteña–, el Super-RIGI, la ley de Lobby, el etiquetado frontal y la regulación de apuestas online para proteger a menores. Son iniciativas que compiten por tiempo y votos en un Congreso donde los aliados radicales y del PRO tienen cada vez menos incentivos para ceder sin contrapartidas.
En ese tráfico normativo, la reforma societaria –la más cara a los intereses de Thiel– queda relegada, empujada al fondo de una lista de prioridades donde el escándalo del día manda más que cualquier agenda estratégica.
Y ahí está el nudo de la semana. Thiel puede esperar. Tiene 30.000 millones de dólares, una mansión en Barrio Parque y el tiempo necesario para ver cómo Argentina acomoda su marco legal a sus necesidades. Adorni, en cambio, no tiene esa paciencia disponible. Cada día que pasa sin pisar el Senado, cada réplica que le exige explicar 500.000 dólares no declarados, cada foto donde aparece con una torta al lado de quien lo acaba de señalar públicamente, lo erosiona un poco más.
El magnate y el funcionario comparten una lógica de fondo: que las reglas, cuando no convienen, se omiten o se reescriben. La diferencia es de escala y de poder. Thiel contrata a los que redactan las leyes. Adorni está descubriendo que el régimen de inocencia fiscal tiene un límite que ninguna norma puede cubrir: el político.
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