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Una masculinidad feminista: cada crimen de género nos vuelve a interpelar

Frente a una avanzada cultural libertaria, un análisis directo sobre cómo la masculinidad se construye en la mirada de la otra, y por qué la superación del machismo es la única salida posible. “Al correr el feminismo el posicionamiento de la mujer en la sociedad, ejerce desplazamientos o refuerza otras conductas en los hombres. Entre lo emergente y lo residual, los hombres lo viven como liberación, ajuste o tensión conservadora”, dice Marcelo Chata García.

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Imagen ilustrativa de marcha por violencia de género

El feminismo fue desplazado de la discusión política. Fue acusado de favorecer el crecimiento de la derecha conservadora en los y las jóvenes. De perderse en nimiedades del lenguaje y micro gestos que naturalizan el sentimiento de dominación del hombre sobre la mujer.  Lo que era obvio que no iba a ser desplazado eran las consecuencias más crueles del patriarcado: el femicidio, la violación, el acoso… En algún momento, por acumulación de casos o por el surgimiento de casos especialmente dolorosos, íbamos a tener que volver sobre el tema.

No procuro pasar por “hombre aliado”, esa figura que disimula contradicciones y camufla canallas. Pero los hombres tampoco podemos dejar que la discusión pase por las elecciones de la madre o la sexualidad de las niñas víctimas.  Frente a una avanzada cultural que vuelve a reivindicar el hombre dueño de sus bienes, su mujer y sus hijos, ustedes -mujeres, disidencias- y nosotros debemos seguir hurgando sobre lo que es ser hombre.

No soy partícipe de la moda de la deconstrucción. Baste de momento sostener que la masculinidad se compone de características que nos identifican como varón. Que las identidades se forman relacionalmente, un ‘nosotros-ellas’. Y que al correr el feminismo el posicionamiento de la mujer en la sociedad, ejerce desplazamientos o refuerza otras conductas en los hombres. Entre lo emergente y lo residual, los hombres lo viven como liberación, ajuste o tensión conservadora.

Las manifestaciones del movimiento feminista marcaron límites claros en el respeto al cuerpo y la libertad de la mujer. Explicitaron normas que para muchos varones ya estaban interiorizadas en su educación, pero parecían diluirse en el juicio de la conducta social. Los cambios, como no puede ser de otra manera, afectan diferentes dimensiones. 

Los hombres no podemos dejar que la discusión pase por las elecciones de la madre o la sexualidad de las niñas víctimas. Frente a una avanzada cultural que vuelve a reivindicar el hombre dueño de sus bienes, su mujer y sus hijos, ustedes -mujeres, disidencias- y nosotros debemos seguir hurgando sobre lo que es ser hombre.

Lo punitivo: muchos de nosotros no ejerceríamos violencia alguna sobre ninguna mujer –básicamente sobre nadie-, ni pretenderíamos intimidarlas en la vía pública, o sacar provecho de una relación de poder –laboral, por ejemplo-; o sobre nuestra pareja, ni aprovecharíamos situaciones para escamotear un contacto físico, o, más cruel aún, forzar una relación sexual.  Y, sin embargo, para muchos de nosotros el primer golpe del feminismo fue visibilizar no sólo situaciones, sino sensaciones, angustias, miedos, broncas; abusos y violencias cotidianas que, sin desconocerse, tendían a minimizarse o pensarse lejanas. Los cambios en la legislación y los procedimientos pusieron un telón de fondo de blanco sobre negro que sigue siendo necesario remarcar.  El feminismo nos mostró que esas conductas están ahí, son más comunes de lo que se admite, que no es lo mismo para una chica tomar un transporte público que para un pibe y que no alcanza con no tener esas actitudes; somos tan parte de eso por acción o por omisión, por restarle importancia o por no censurarlas en nuestro entorno. 

Lo cultural: por supuesto que eso produjo cambios en las reglas de juego de la relación entre los sexos: en la vida cotidiana, en el trabajo, en la pareja y en la seducción. Aquí los límites se vuelven imprecisos porque dependen de situaciones y personalidades. Pero nos volvimos más cautelosos y abiertos a una negociación continua de los códigos interpersonales. Procuramos ser más perceptivos cuando nos acercamos a una mujer –porque en algún momento ‘hay que ir al frente’- para entender si la chica habilita el juego o lo rechaza. Censuramos ‘puta’ como juicio, aunque lo validamos en los juegos íntimos si hay acuerdo. Si el humano fuera meramente un ser racional, sería sencillo establecer reglas en ese sentido, pero somos construcciones del inconsciente, y las fantasías no evolucionan con la linealidad de los discursos de lo correcto.

La familia: en las relaciones de pareja el cambio también repercute sobre ciertas conductas. Por ejemplo, hemos aprendido a disfrutar de una paternidad más presente y lúdica –no sólo económica-. Valoramos los logros laborales de nuestra compañera y sus progresos, y comenzamos a asumir tareas de limpieza y cuidado. 

La separación: cuando la familia no funciona, el hombre se ve impelido a reconocer que la mujer va a ser siempre la madre de sus hijos, y que mientras ella esté bien, rehaga su vida y mantenga sus proyectos, sus hijos estarán bien. Por lo tanto, la responsabilidad no es sólo económica, sino de un vínculo reconfigurado de acompañamiento.

Pero estos no son hábitos de conducta nuevos, aparecen visibilizados a partir de la reconfiguración del discurso que planteó el feminismo. En publicidad se sabe que es más fácil reforzar hábitos ya existentes que imponer nuevos. En ese sentido, el feminismo es efectivo no cuando hace listas de lo que los hombres deben hacer para deconstruirse, sino cuando incorpora el reconocimiento de su otredad. En Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes (1977) decía que “la identificación no simula un sentido psicológico; es una pura operación estructural: soy aquel que tiene el mismo lugar que yo”. La masculinidad surge de la mirada de la mujer; también de lo que queremos que mire en nosotros.  En ese devenir, estamos obligados a superar el machismo.

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