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De la peste negra al hantavirus: la historia de los roedores y la salud
Una mirada científica sobre brotes asociados a animales silvestres y urbanos en Argentina y el mundo, entre ambiente, epidemias y prevención.
- junio 2, 2026
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Por siglos, la rata fue algo más que un animal urbano: fue un símbolo. En los puertos, en los barcos, en los conventillos, en los depósitos de granos o en los barrios inundados, su presencia quedó asociada a una amenaza invisible. La imagen es tan poderosa que incluso llegó a la literatura. En la famosa novela La peste, publicada en 1947, Albert Camus narra cómo la ciudad argelina de Orán queda encerrada por una epidemia. El primer aviso no llega con un diagnóstico médico, sino con una escena inquietante: ratas que salen de sus escondites, agonizan en la calle y empiezan a aparecer muertas por toda la ciudad.
En la novela, esas ratas funcionan como una señal: algo que estaba oculto emerge y altera la vida colectiva. Camus no escribe un tratado de epidemiología, sino una obra sobre el miedo, la negación, el aislamiento y la solidaridad frente a una catástrofe. Sin embargo, esa imagen literaria resume una asociación histórica muy poderosa: cuando aparecen ratas, parece asomar también la posibilidad de una enfermedad.
Pero la ciencia obliga a ir más allá del símbolo. Las ratas y otros roedores pueden participar en la transmisión de enfermedades; sin embargo, los verdaderos agentes causales son bacterias, virus o parásitos. Y, muchas veces, el salto hacia los humanos depende menos del animal en sí que del ambiente que lo rodea: hacinamiento, basura, inundaciones, falta de saneamiento, cambios climáticos y contacto estrecho entre personas y fauna.
El ejemplo más famoso es la peste. La enfermedad es causada por la bacteria Yersinia pestis, que suele encontrarse en pequeños mamíferos y sus pulgas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que puede transmitirse a humanos por picaduras de pulgas infectadas, contacto con tejidos contaminados o inhalación de gotículas respiratorias en casos de peste neumónica. En la historia quedó grabada como “peste negra”, responsable de más de 50 millones de muertes en Europa en el siglo XIV.
Por años, la explicación dominante fue lineal: ratas negras, pulgas y humanos. Una cadena perfecta para construir un culpable. Sin embargo, esa certeza empezó a resquebrajarse. Un estudio, publicado en PNAS, comparó distintos modelos de transmisión y llegó a una conclusión incómoda para el relato clásico: en la segunda pandemia de peste en Europa, las pulgas y los piojos humanos pudieron haber tenido un rol más decisivo que las ratas. En otras palabras, la rata no desaparece de la escena, pero deja de ocupar el banquillo principal. La epidemia, más que una historia de animales culpables, aparece como una trama de vectores, cuerpos, ciudades hacinadas y microorganismos en movimiento.
En cambio, en la tercera pandemia de peste —que comenzó en Asia en el siglo XIX y se expandió por rutas comerciales— el vínculo entre barcos, ratas, pulgas y ciudades portuarias fue mucho más claro. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) señalan que la peste ingresó a ese país en 1900 mediante vapores infestados de ratas, produjo epidemias urbanas en ciudades portuarias y luego pasó de ratas urbanas a roedores silvestres del oeste norteamericano.
Argentina también tuvo su capítulo. La llegada de la peste bubónica a Buenos Aires entre 1899 y 1900 sacudió la imagen de ciudad moderna e higiénica que las autoridades buscaban proyectar. La sospecha sobre las ratas del puerto creció junto con nuevas prácticas sanitarias: fumigaciones, desinfección de barcos, control de depósitos y campañas de desratización. El problema ya no era solo la enfermedad importada, sino la posibilidad de que la amenaza se instalara en la trama urbana.
Después, la peste dejó de ser únicamente portuaria. En las primeras décadas del siglo XX, las autoridades argentinas también pensaron su expansión hacia el interior a partir de ratas transportadas por trenes, bolsas de harina, granos y depósitos ferroviarios.
El hantavirus en Argentina ocupa un lugar especial. A diferencia de la peste o el tifus murino, el protagonista no suele ser la rata urbana de alcantarilla, sino roedores silvestres. Estos animales eliminan el virus en saliva, orina y heces; cuando esas secreciones se secan, las partículas pueden quedar suspendidas y ser inhaladas por las personas. En América, la infección puede causar síndrome cardiopulmonar por hantavirus, un cuadro que puede ir desde síntomas parecidos a una gripe hasta insuficiencia respiratoria aguda y shock.
La historia argentina del hantavirus comenzó a escribirse con fuerza en la Patagonia. En los años 90, la identificación del virus Andes en la región surandina cambió el mapa sanitario. La mayoría de los hantavirus se transmite desde roedores a humanos y no continúa circulando entre personas; el Andes, en cambio, tiene una particularidad excepcional: puede transmitirse de manera limitada entre humanos, en condiciones de contacto directo y prolongado. El tema volvió a la agenda con el brote vinculado al crucero MV Hondius. Según la actualización del Boletín Epidemiológico Nacional difundida por el Ministerio de Salud, hacia mediados de mayo se habían identificado 11 casos asociados al buque: 8 confirmados, todos por cepa Andes; 2 probables y 1 inconcluso. La evidencia preliminar sugiere que el primer caso habría adquirido la infección en tierra, antes de embarcar, y que luego hubo transmisión persona a persona a bordo.
La línea que une estas enfermedades no es la rata como monstruo, sino la relación entre humanos, animales y ambiente. La peste mostró el peso de los puertos, las pulgas, las guerras sanitarias contra roedores y la bacteriología moderna. La leptospirosis revela el impacto de las inundaciones y el saneamiento deficiente. El tifus murino recuerda que los vectores pueden ser tan importantes como los reservorios. La fiebre por mordedura de rata habla del contacto directo. Y el hantavirus enseña que los roedores silvestres también entran en la historia cuando cambian los ecosistemas.
La prevención, entonces, no se resuelve con miedo. Se resuelve con salud pública: vigilancia epidemiológica, diagnóstico temprano, saneamiento, control ambiental, manejo seguro de residuos, viviendas protegidas e información clara. También con políticas que reduzcan la exposición de las personas más vulnerables.
Con todo, si bien por siglos las ratas cargaron con la culpa de muchas epidemias, hoy la ciencia propone una lectura más precisa: no hay animales malditos, hay sistemas alterados. Y cuando el ambiente, la pobreza, el clima y los microorganismos se combinan, la historia sanitaria vuelve a moverse.
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