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Picada cultural: un mapa afectivo e intelectual para recordar a Eduardo Jozami

La UNTREF fue escenario de un homenaje a Eduardo Jozami, el intelectual, militante y docente fallecido en 2024. A través de los relatos de figuras como Pablo Gerchunoff, María Pía López, Jorge Taiana y Matías Cerezo, el encuentro reconstruyó la lucidez, el humor y la inquebrantable coherencia de un hombre clave de la cultura argentina.

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Imagen ilustrativa de Picada Cultural

Hay ausencias que se llenan con memorias atravesadas por la rigurosidad intelectual, sí, pero también por el cariño y el humor que, en este caso, son una forma de hacer justicia. El vacío que dejó Eduardo Jozami luego de su muerte en septiembre de 2024 es de esa índole: un espacio que exige ser habitado por la palabra, el debate y, sobre todo, el afecto político. Por eso, este viernes la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) se convirtió en el epicentro de un homenaje necesario y conmovedor.

“Militante político, activista por los derechos humanos, profesor universitario, escritor, periodista”, se autodefinía hace una década en el archivo oral de la Biblioteca Nacional. Un panel de amigos, intelectuales y compañeros de ruta —compuesto por Pablo Gerchunoff, María Pía López, Jorge Taiana, Matías Cerezo y la intervención inicial de su hermano Aníbal Jozami— se encargó de desarmar esa síntesis para devolvernos al hombre entero, con sus perseverancias, sus dudas, sus pasiones y esa inmensa e infrecuente capacidad de escucha.

El economista e historiador Pablo Gerchunoff abrió el mapa de los recuerdos conmovido, retrocediendo nada menos que 63 años en el tiempo. Se conocieron en 1963, en los cafés porteños, habitando lo que definió como el “festival de la disidencia comunista”. Jozami, hijo de inmigrantes libaneses, ya era abogado a los 21 años por la UBA y se había afiliado al PC en 1962; un año después, formaba parte del grupo efímero Vanguardia Revolucionaria que lideraba Juan Carlos Portantiero.

“Era otro mundo –rememoró Gerchunoff–. Un joven periodista vivía razonablemente bien, no tenía tres empleos y podía militar”. En esa combinación entre nueva izquierda y periodismo surgió el Jozami dirigente, quien a los 25 años ya era secretario general del Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SiPreBA) y estaba en la conducción de la federación nacional encabezada por su amigo y compañero Emilio Jáuregui. En esos años, el sindicato se transformó, otra vez, en un «festival intelectual». Eduardo, que por entonces trabajaba en Clarín, descollaba por su capacidad organizativa, su serenidad y una autonomía de pensamiento que construía posiciones propias sin perder jamás la paciencia para el diálogo.

¿Cuándo uno puede considerarse amigo de alguien? O, para ser más precisos, ¿cuándo confirmamos que el otro también nos considera su amigo? Hincha de Racing, Gerchunoff selló la hondura de esa amistad con una postal futbolera de 1966. Recordó que Jozami –hincha millonario– lo acompañó a la popular visitante del Monumental a ver al legendario “equipo de José (Pizzuti)” frente a River. La Academia enhebraba 38 partidos invicto –récord para el fútbol argentino– pero cayó frente al local. Pese a todo, Jozami guardó un silencio piadoso, evitó las cargadas y el café posterior demostró la afectividad: hablar solo de política, acompañar al amigo en la dificultad. Seis años después, en abril de 1972, cuando Jozami cayó preso en un café de Palermo en plena dictadura de Lanusse y estuvo desaparecido varios días, Gerchunoff y una red coordinada de amigos recorrieron las comisarías porteñas para buscarlo vivo. Una forma de devolver el afecto.

Aunque los años y la historia posterior los situaron en veredas diferentes —»se volvió demasiado peronista para mi gusto», deslizó con humor, aludiendo a la “ridícula grieta” que distanció al arco nacional y popular del socialdemócrata—, Gerchunoff lo reconoció hasta el final como un polemista brillante: “Una tarde les pasó el trapo a los muchachos de la Di Tella con aplomo y claridad. Le dije que era el más liberal del arco nacional y popular, un auténtico liberal de izquierda”.

 

La ética de la justicia y el laboratorio del amor. María Pía López propuso una lectura que fue directa a la matriz sensible del intelectual. Para ella, la persistencia del recuerdo de Jozami radica en su obsesión por cómo ser justo, un modo reflexivo de situarse ante el mundo que funcionaba como condición de su propia vida y no como exigencia hacia los demás. “Era obstinado, pero no caprichoso. Tenía la paciencia del preso, de esperar que pasen los días, sabiendo que el tiempo no nos pertenece”, señaló.

Esa paciencia le permitía procesar el fracaso del mundo popular sin abandonar el esfuerzo, pensando siempre en las generaciones venideras. María Pía advirtió la imposibilidad de pensar a Eduardo de forma aislada: su figura es indisoluble de la de su compañera, Lila Pastoriza. Ambos constituyeron un laboratorio reflexivo y una complicidad amorosa donde el humor y la risa se convirtieron en herramientas fundamentales para sostener el amor por la vida, incluso atravesando las tragedias espantosas de la ESMA y los penales de la dictadura.

Esa misma prudencia para observar los problemas a contraluz se trasladó a sus ensayos. Al analizar a Walsh, Jozami rescataba el rigor profesional ligado a la pasión militante y la intuición política de que “resistir es evitar el aislamiento, poniendo la lucha al alcance de todos”. Esa, según López, fue la brújula política que guió la biografía de Eduardo. Y esa es la brújula que hoy necesita rescatar el campo popular.

 

La hermandad de las cloacas y el valor de la mermelada. El testimonio de Jorge Taiana aportó la dimensión humana, física y carcelaria de un vínculo que nació en la militancia de 1973 y se templó en la prisión. “Compartimos la cárcel en Devoto, La Plata, Rawson y Sierra Chica”, relató y calificó a Jozami como un “hermano mayor”.

Taiana conmovió al auditorio rescatando la cotidianidad de la resistencia: cómo se conectaban a través de las tuberías de las cloacas para conversar y procesar lo que les pasaba. Recordó las discusiones por el destino de la plata que habían decidido socializar y las noches enteras debatiendo, con rigurosidad científica, el valor proteico de la mermelada.

En ese micromundo de encierro, Jozami se destacaba por su equilibrio y su generosidad: los demás presos “lo exprimían” pidiéndole que dictara cursos sobre historia, libros y películas. “Hacía una tarea de maestro: nos educaba, nos ayudaba a mantener la esperanza y la pasión militante. Los días venían de a uno y él nos ayudaba a pensar el conjunto”, evocó Taiana. Su herencia, concluyó, es una fe inquebrantable en la afirmación democrática.

 

Interpretar la etapa y mirar al futuro. Finalmente, Matías Cerezo aportó las claves de la maduración política de Jozami. En su juventud fue un militante todoterreno, marcado por sus tempranos acercamientos a la Revolución Cubana, sus viajes a China y Vietnam, o aquel mítico viaje en jeep por Bolivia junto a Tania esperando el contacto con el Che Guevara. “La cárcel le incorporó una mirada de mediano y largo plazo. Eduardo pensaba siempre en el futuro, no quería ser un llorón de los años setenta”, rescató de su paso por los 2922 días de prisión. 

Para Jozami, explicó, hacer política era fundamentalmente escuchar los argumentos del otro e interpretar la etapa actual. Esa lucidez conceptual quedó plasmada en su gestión pública durante los últimos gobiernos peronistas, donde dirigió el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti en la ex ESMA y coordinó los equipos del Ministerio de Defensa que revisaron archivos militares para las causas de lesa humanidad. También se tradujo en su prolífica obra escrita, cuyo último diagnóstico, el libro De Alfonsín a Milei, una parábola inquietante (1983-2023), resulta una lectura imprescindible para descifrar el presente.

El homenaje dejó en claro que recordar a Eduardo Jozami no es un ejercicio estático de archivo. Es, por el contrario, recuperar la vigencia de una ética militante, el valor de la escucha atenta y la convicción de que la memoria es, ante todo, una poderosa herramienta de futuro. 

Hasta aquí llegamos por hoy, no tenemos margen emocional para agregar nada más. Nos vemos la semana próxima.

 

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