Argentina / 25 mayo 2026

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Letra por letra 

A los cinco años, como tantísimos niños, empecé a conectar una letra con la otra, con el trabajo y sacrificio que implica ir sosteniendo en el tiempo y espacio las vocales para recordar, de memoria, cómo se pronuncia la siguiente letra, y así sobre el final, recordar de nuevo, mentalmente, cada letra dicha y armar el mapa completo de la palabra.

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Imagen ilustrativa de Letra por letra

A los cinco años, como tantísimos niños, empecé a conectar una letra con la otra, con el trabajo y sacrificio que implica ir sosteniendo en el tiempo y espacio las vocales para recordar, de memoria, cómo se pronuncia la siguiente letra, y así sobre el final, recordar de nuevo, mentalmente, cada letra dicha y armar el mapa completo de la palabra.

Entonces, en ese tiempo, todas las palabras al alcance las leía en voz alta: lo que decía el shampoo, la tapa de un disco, los ingredientes de una golosina, el diario, un mural en la pared de la cuadra. 

En el pasaje de mi casa de la infancia, en Chacabuco, había y hay aún un mural en homenaje a Haroldo Conti. Tiene casi tres décadas, aunque hace algunos años lo restauraron. 

Cuando ni siquiera usaba guardapolvo, lo leí tantas veces hasta memorizarlo. Contá la historia de la gente como si cantaras en medio del camino, y despojate de toda pretensión y cantá, simplemente cantá con todo tu corazón, que nadie recuerde tu nombre, sino esa vieja y sencilla historia. 

Ahora, que creo captar, entender algo de lo que ahí dice, estoy segura de que ser contiano es algo especial. Es como el signo ascendente, la óptica con la que miramos el mundo: con nostalgia, con humor, con tristeza.

Y, entre otras cosas, se siente la necesidad de llevar con uno la voz de Conti, cantar sus andanzas, sus caminos, contar sus personajes con todo el corazón, el señor Pelice, el Boga, Argimón, entre otros; sus amores de aquí, de allá, los del río también, los de la otra banda, volver a vivir sus paisajes, repetir con dificultad -l-e-t-r-a p-o-r l-e-t-r-a el nombre de todos los amigos que lo celebran, como en un tango, los de antes y los de ahora, los vivos y los muertos, a la gente de Paiquía, que como la de casi todos los pueblos vive de pura costumbre, juntarlos a todos y repetir con dificultad -l-e-t-r-a p-o-r l-e-t-r-a que es en ellos que Haroldo está vivo. Y que lo lean y lo escriban cien años más. Y que nadie recuerde sino solo esa vieja y sencilla historia. 

 

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