Argentina / 14 mayo 2026

temperature icon 12°C
Edit Template

Hablar con nadie

Él diálogo con la IA que sustituye anteriores intercambios con amigos, parejas, sobremesas familiares, clubes, grupos. No siempre funciona, pero existe. La IA entra en el espacio vacío que proyectan soledades. No reemplaza a los seres humanos, pero a veces calma la ansiedad que produce el vértigo en el que vivimos.

Compartir:

Compartir:

Imagen ilustrativa de una persona perdida en un cerebro

Tomás tiene 16 años y no puede dormir. Son las tres y veinte de la mañana. El brillo del celular le deja una mitad de la cara azulada y la otra directamente perdida en la oscuridad del cuarto. Escribe algo. Lo borra. Vuelve a escribir.

“¿Te pasó alguna vez sentir que no encajas en ningún lado?”

La respuesta llega enseguida. Demasiado enseguida, incluso. Pero Tomás sigue.

Hace unos años una escena así parecía rara. Medio triste también. Ahora ya no tanto. Y capaz ahí hay algo más inquietante que la tecnología misma.

En hospitales y consultorios empezaron a aparecer historias parecidas. 

Adolescentes y adultos que usan chatbots para hablar de ansiedad, insomnio o soledad. Personas que prueban conversaciones difíciles con una IA antes de animarse a tenerlas con alguien real. No siempre porque crean de verdad que del otro lado hay alguien.

A veces alcanza con otra cosa. Con que aparezca una respuesta.

Hace poco una psicóloga contaba el caso de una paciente de unos sesenta años que había pasado semanas hablando con una IA. Conversaciones larguísimas. Capturas llenas de texto. Antes de cerrar el chat, la mujer escribió:

“gracias por escucharme, buen finde”.

Después levantó la vista y dijo algo medio incómodo.

“Ya sé que no sos una persona, pero igual fuiste muy considerada”. 

Y bueno. Algo de todo esto está pasando.

Porque hablar con un chatbot no se parece del todo a hablar con alguien, aunque por momentos la sensación sea bastante convincente. Contesta rápido. No parece distraído. Nunca dice “pará que estoy haciendo otra cosa”. Y a veces hasta recuerda detalles que una persona común probablemente olvidaría.

Hay algo eficiente en eso.

También un poco decadente.

Mientras tanto, sostener una conversación real se volvió bastante más difícil de lo que parecía hace algunos años. O más cansador. Chats abiertos al mismo tiempo. Audios escuchados en x2. Gente que responde cualquier cosa porque leyó por arriba. Un amigo diciendo “perdón, colgué” cuatro días después. Una madre mirando reels mientras el hijo intenta contarle algo del colegio sin saber muy bien cómo empezar.

No es exactamente maldad. A veces da la impresión de que nadie tiene resto.

Entonces aparecen esas escenas raras.

Hablar con un chatbot no se parece del todo a hablar con alguien, aunque por momentos la sensación sea bastante convincente. Contesta rápido. No parece distraído. Nunca dice “pará que estoy haciendo otra cosa”. Y a veces hasta recuerda detalles que una persona común probablemente olvidaría.

Una chica encerrada en el baño de la facultad escribiéndole a una IA porque siente que le falta el aire.

Un pibe que cuenta algo en un chat que nunca pudo decir en su casa

Alguien acostado en la oscuridad, mirando esos puntitos aparecer y desaparecer como si del otro lado hubiera alguien despierto.

Y sí, claro que a veces funciona. Calma un poco. Ordena el ruido. Hace compañía en una noche larga. Hay gente que se acostumbra rápido a eso.

Igual no es tan simple.

Porque un chatbot puede detectar tristeza, miedo o angustia. Puede escribir frases que suenen empáticas. Pero hay partes del malestar donde algo no termina de entrar. Los silencios incómodos, por ejemplo. O cuando alguien se contradice mientras habla y ni siquiera se da cuenta. Durante mucho tiempo buena parte del malestar circuló, como podía, en lugares bastante imperfectos: amigos, parejas, sobremesas familiares, clubes, grupos. Lugares donde había ruido, malos entendidos, interrupciones. Donde alguien se levantaba para atender el teléfono en el peor momento. Donde a veces una charla importante terminaba mal.

Pero había cuerpos ahí.

Había demora también.

Ahora muchas de esas escenas aparecen más vacías. No siempre por desinterés. A veces por agotamiento. Otras, porque ya no sabemos demasiado cómo estar con otro cuando la conversación se pone incómoda o confusa.

Entonces la IA entra bastante bien en ese hueco.

No porque reemplace del todo un vínculo humano. Eso todavía suena exagerado. Pero sí porque elimina buena parte de la fricción. No se fastidia. No se queda sin paciencia. No tiene sueño. Y además responde enseguida, incluso cuando ya pasaron las tres y hace rato que nadie espera despierto. 

Capaz lo verdaderamente raro no sea que las máquinas aprendan a hablar sobre la angustia.

Capaz lo raro sea la velocidad con la que nosotros empezamos a acostumbrarnos.

Después el celular queda prendido sobre la almohada.

Y al día siguiente todo vuelve a empezar de nuevo.

4Palabras

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: