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Haroldo Conti: Entradas a su literatura 

De seminarista y aviador a figura central -a veces silenciada- de la literatura Haroldo Conti construyó un universo donde el Delta, la ciudad y su pueblo natal se entrelazan. A 50 años de su desaparición forzada, Juliana Chacón escribe: “Leer a Conti es leer una literatura que hinca los dientes en lo político. Evoca mundos otros, una nueva vida, una nueva posibilidad, un despertar.”.

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Imagen ilustrativa de Haroldo Conti

El martes pasado se cumplieron 50 años del secuestro y desaparición del escritor más importante de la ciudad de Chacabuco y del país. Pensar su literatura y su figura como escritor sin considerar este hecho horroroso sería sesgarlo y recortarlo.

Haroldo Conti fue periodista, escritor, guionista, docente y también aviador, seminarista, camionero, navegante. Su primer acercamiento a la escritura literaria fue la poesía, aunque la descartó y nada conocemos de ella más que algunos testimonios. Después vinieron la obra de teatro El examinado, las novelas y los cuentos. Sus crónicas le dieron singularidad al género por lo que es estudiado en las carreras de Comunicación, aunque poco y nada en la de Letras. El llamativo abandono de su figura de escritor por la crítica literaria específica del ámbito de las Letras (apenas algunos breves apartados que estudian a su generación o prólogos y reseñas) quizás se deba a que otras figuras contemporáneas coparon la escena o a su carácter de desaparecido, carácter que lo mantuvo en silencio o sesgó su lectura a una mirada realista y regionalista durante años.

Son interesantes (y acá quisiera detenerme) los modos de acercamiento a su obra. En Chacabuco y en los pueblos y ciudades linderos, el arribo a la obra de Conti parecieran ser sus cuentos. Quizás sus coterruños pequemos de narcisismo. Lo cierto es que, años tras año, quienes lo llevamos a las aulas vemos el asombro y el encantamiento que producen los cuentos de Conti que figuran un Chacabuco que se hace de hechos históricos, de monumentos, de calles y personas torcimientos hacia la ficción. Oscilamos entre el pasado y el presente actual buscando referencialidades que muchas veces nos dejan fuera y otras nos llevan a investigar la historia de la ciudad, si es que realmente hubo un lago en la Plaza San Martín, si existió Bimbo Marsiletti o si es cierto el Prado Español, por nombrar algunos. Asumimos el ejercicio de la memoria leyéndolo y leyendo nuestra identidad. Entramos y salimos de sus cuentos que vuelven, relato tras relato, a armar en capas un Chacabuco contiano, otro, distante y cercano a la vez, conocido y desconocido. Nos pulsa la pregunta siempre: “¿cuál es, cuál el verdadero pueblo de la ciudad de Chacabuco, cuál rige?” (“Perfumada noche”).

Otros lectores eligen una puerta de entrada diferente. Sudeste es una de ellas, una novela ambientada en el Delta, con traficantes y un paisaje litoraleño, hostil e inmensurable, que se narra en los tiempos que la naturaleza impone con brillos poéticos. Esta novela está emparentada a los cuentos situados en el Delta, “Marcado”, “Todos los veranos”, por nombrar algunos. 

Son innumerables las entradas a su literatura, tantas como su vida multifacética. Es imposible acertar en si hay una mejor que la otra. Lo cierto es que cuando su obra se lee siguiendo los años de publicación de sus textos, los lectores nos quedamos a medias, truncos, desbastados. Nos arrebataron la posibilidad de leer más obras de su autoría. Y, claro, por supuesto, de que siguiera viviendo.

La ciudad, los márgenes de la ciudad de Buenos Aires, aparecen tanto en sus cuentos (“Como un león” es uno de ellos) como en sus novelas: Alrededor de la jaula y En vida, que hace de contrapunto entre los dos territorios: el Delta y la ciudad.

Su obra mayor es Mascaró, el cazador americano, obra que, junto a su militancia, terminó condenándolo a un trágico destino: “El presente libro, cuyo autor es Haroldo Conti, presenta un elevado nivel técnico y literario…” se lee en el informe de la SIDE, donde se destaca la calidad literaria de la novela. Y también: “La novela consiste en las aventuras de un grupo de ‘locos’ que adquieren un circo (llamado ‘Del Arca’) y viajan por distintos pueblos (todos en estado de miseria y despoblación, donde aparece el ‘edificio’ de la Iglesia pero nunca ningún sacerdote), y van ‘despertando’ en los pueblos que visitan el espíritu de una ‘nueva vida’ o bien podría interpretarse una ‘vida revolucionaria’”.

Leer a Conti es leer una literatura que hinca los dientes en lo político: marginales, locos, vagabundos, traficantes, escritores malogrados, estudiantes universitarios, son protagonistas de sus relatos. Lleva del margen al centro. Quita del centro lo hegemónico. Rompe las figuraciones culturales y simbólicas donde se jerarquizan clases sociales y se doblegan a otras. Conti evoca mundos otros, una nueva vida, una nueva posibilidad, un despertar.

Son innumerables las entradas a su literatura, tantas como su vida multifacética. Es imposible acertar en si hay una mejor que la otra. Lo cierto es que cuando su obra se lee siguiendo los años de publicación de sus textos, los lectores nos quedamos a medias, truncos, desbastados. Nos arrebataron la posibilidad de leer más obras de su autoría. Y, claro, por supuesto, de que siguiera viviendo. Ejercemos memoria al leerlo, no sólo porque es el mayor homenaje que se le puede hacer a un escritor, sino porque también sus textos son pura memoria, traen el pasado al presente de la historia que cuentan, los yuxtaponen, los reviven.

Este mayo, a 50 años de su desaparición, leerlo, difundirlo, hablar de él es un acto político y es también la contrafuerza al poder que pretende oprimirnos.

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