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Kast y Milei, escuderos de la Doctrina Donroe
La visita de José Antonio Kast a Buenos Aires marca una ruptura histórica en la relación entre Chile y Argentina. Al priorizar la afinidad ideológica sobre los intereses de Estado, ambos mandatarios revierten el espíritu de pragmatismo que guió el vínculo bilateral desde 1984. Lo que presentan como una “normalización” es, en realidad, un eje de ultraderecha que supedita la cooperación institucional a una puesta en escena personalista y de frágil sustento.
- abril 8, 2026
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La visita oficial de José Antonio Kast a su amigo Javier Milei es el espejo invertido del acuerdo de paz entre Chile y Argentina firmado en 1984. El flamante (y ya magullado ante la opinión pública) presidente chileno viajó a Buenos Aires para cumplir con el viejo rito de la primera visita oficial al exterior, pero tanto él como su par argentino se empeñaron en escenificar su vecindad ideológica antes que en poner por delante los intereses comunes que comparten sus respectivos países. Lo que a primera vista engaña como continuidad, no logra disimular una ruptura conceptual con el espíritu que guió la relación bilateral desde que un gobierno argentino electo por el pueblo firmara la paz definitiva con la entonces dictadura chilena.
El primer plano en el que Kast y Milei ponen la ideología extremista que los acomuna es el exacto contrario de las antípodas ideológicas en las que se encontraban el dictador Augusto Pinochet y el presidente democrático Raúl Alfonsín. En 1984, se eligió como base sólida para la cooperación interestatal aquello que era común a los intereses permanentes de las partes, sin importar el precipicio que separaba las ideas de los líderes circunstanciales. Sobre ese pilar se asentaron las relaciones bilaterales, que alcanzaron su nivel óptimo después de que los chilenos recuperaran también la democracia, sin alterarse nunca a causa de los diversos cambios de signo político en los gobiernos a ambos lados de los Andes. Cuando esas relaciones sufrieron fue, por ejemplo, cuando Chile y Argentina no pudieron compatibilizar sus intereses en materia gasífera, pero nunca como consecuencia de berrinches ideológicos de ninguna de las partes.
El mensaje del encuentro entre Milei y Kast en Buenos Aires es tan claro como preocupante: sólo podemos llevarnos bien cuando el mismo partido, el de la mercadolatría autocratizante, está al mando en ambas capitales.
Con todo y esos altibajos que la diplomacia igualmente amortiguó, la relación entre Chile y Argentina permaneció inalterablemente normal hasta que llegó Milei a la presidencia, casi 40 años después del tratado de paz. Congeló el vínculo trasandino con el mismo énfasis caprichoso con el que alteró las relaciones con Brasil, Bolivia, Colombia, México, España, Sudáfrica y tantos otros países relevantes para Argentina con los que tuvo chispazos que ningún gobierno previo, fuera del color que fuera, había tenido en la historia reciente. La presencia de un hombre de izquierda como Gabriel Boric en La Moneda bastó para que Milei pasara todo Chile a pérdida.
La pompa particular con la que el Kast presidente en funciones se presentó y fue recibido en Buenos Aires fue el colofón de una puesta en escena que empezó a desplegarse cuando se apresuró a viajar hacia el Río de la Plata poco después de ser electo. Se trató de comunicar la “normalización” de una relación que sólo estaba dañada por la acción unilateral del presidente argentino. El mensaje es tan claro como preocupante: sólo podemos llevarnos bien cuando el mismo partido, el de la mercadolatría autocratizante, está al mando en ambas capitales.
Allí donde Pinochet y Alfonsín evitaron una foto conjunta que personalizara innecesaria e incongruentemente lo que era un acuerdo de estado y mandaron a firmar a sus cancilleres Jaime del Valle Allende y Dante Caputo ante el Papa Juan Pablo II, Kast y Milei retrataron profusamente su camaradería y la exhibieron como el nuevo y frágil fundamento para una relación cuya importancia terminan minimizando.
El triunfo de la identidad ideológica sobre la continuidad institucional
El tono y la sustancia del encuentro del presidente chileno con Milei fueron consistentes con la vocación de ambos de establecer un eje regional extremas de derechas que reconfigure la cooperación política sobre la base de la afinidad ideológica y no de la continuidad de políticas de Estado o de visiones de largo plazo que puedan ser compartidas por gobiernos posteriores de otro color.
Los temas que ocuparon la conversación fueron algunos que se corresponden con ese enfoque. En primerísimo lugar, la extradición desde Argentina del militante del (ya extinto como organización armada) Frente Patriótico Manuel Rodríguez, Galvarino Apablaza. En este punto, Kast se permitió un paso de comedia, agradeciendo a Milei haber hecho al respecto «mucho más que en varios años anteriores», a pesar de que cuando se le fue a notificar la extradición al chileno anteriormente refugiado, las autoridades argentinas no lo pudieron encontrar.
A las apuradas, tres días antes de la llegada de Kast, el gobierno argentino anunció una recompensa de (¡no hay plata!) unos magros 14.000 dólares para quien aporte información que facilite su captura. Apablaza, cuya extradición Chile reclama desde 2004, es un trofeo especialmente preciado para Kast, ya que se lo busca para que responda por la acusación de ser autor intelectual del asesinato en 1991, ya en democracia, del Senador Jaime Guzmán, pluma fundamental de la constitución pinochetista y norte ideológico del nuevo presidente de Chile.
En segundo lugar, los dos presidentes coincidieron en un relato respecto de lo que dieron en denominar “enemigos comunes”, entre los que identificaron al narcotráfico, el crimen organizado y la migración irregular. La equivalencia es inquietante para países que tienen un porcentaje tan alto de su población compuesto por inmigrantes, muchos de ellos en situaciones irregulares más debidas a incapacidades estatales o a la masividad y lo súbito del flujo que a ninguna vocación por violar la ley.
La respuesta a esas tres amenazas es securitista y se centra en el control de las cárceles y el empoderamiento de las fuerzas policiales. Se trata de una declinación conosureña de los temas predilectos de Trump y Marco Rubio. En esta cuestión también hubo espacio para el sarcasmo involuntario. Así como Kast felicitó a Milei a pesar de no haber podido siquiera notificar a Apablaza, elogió los supuestos logros de la gestión de Patricia Bullrich en Seguridad. Sin saberlo, atravesó con sus dichos el fuego cruzado de la actual guerra fría de la senadora con los hermanos presidenciales.
La cuestión migratoria es la que tal vez más pone en evidencia la ausencia de un análisis ponderado de los intereses de sus países por ambos mandatarios. El alineamiento en la materia es casi imposible, dado que Kast ha elegido a los migrantes venezolanos como sus chivos expiatorios favoritos, mientras que Milei los considera en alguna medida parte de su constituency y goza de buena imagen entre los que fueron empujados al exilio económico en Argentina.
Bien mirado, este es un asunto en el que Kast ha empeñado más tiempo que Milei. La propuesta de un “corredor humanitario” para facilitar el retorno de ciudadanos venezolanos es una propuesta de campaña con la que Milei quedó embretado durante la visita. Sugerir la expulsión de venezolanos de Argentina sería algo que le podría infligirle un daño significativo a él (además de, lógicamente, a quienes fueran víctimas de esa expulsión). Con su imagen en caída libre, es difícil pensar que estemos ante un compromiso que Milei se plantee honrar.
La visita reservó algún lugar para algunos ítems de la agenda bilateral tradicional. Se habló del Corredor Bioceánico y de la digitalización de los pasos fronterizos para reducir los tiempos de espera. Sin embargo, siendo que la inversión en infraestructura en Argentina ha caído a niveles que no garantizan siquiera el mantenimiento, imaginar un compromiso serio de Milei en aumentar el gasto para cumplir con Kast es quimérico.
Más honesta y propia de la ideología anarcocapitalista de Milei resulta la mención en la declaración conjunta a una denominada “unión de la capacidad empresarial” de ambos países. El presidente argentino ha esbozado más de una vez el concepto estrafalario de que los privados pueden articularse espontáneamente a través de las fronteras sin necesidad del marco estatal. Como inspirados en el refrán que dice que “es fácil saludar con sombrero ajeno”, los dos presidentes se comprometieron, también, a cosas en las que no tienen intervención.
No es posible presumir de facultades adivinatorias descartar que, contrariamente a lo proclamado por los dos presidentes, su encuentro vaya a ser considerado un “momento histórico” en el futuro. Sin embargo, sí es clara la voluntad refundacional que anima a ambos de potenciar su vínculo como núcleo de un nuevo orden que ponga incondicionalmente al Cono Sur en la órbita de la Doctrina Donroe.
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