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Salud Mental y Malvinas: heridas de guerra que se viven por dentro

El psicólogo Gonzalo Pereyra aborda un aspecto como el de la salud mental que considera que ha sido relegado a un segundo plano, tanto por la sociedad como por quienes participaron de la guerra. Advierte sobre la necesidad de pensar el trauma no solo como padecimiento individual sino colectivo y la posguerra ligada a la “necesidad” de condenar al terrorismo de Estado. Pensar Malvinas es también interrogar su transmisión.

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Imagen ilustrativa de Malvinas

A más de cuatro décadas del conflicto del Atlántico Sur, la cuestión de Malvinas continúa ocupando un lugar central en la memoria colectiva argentina. Sin embargo, más allá de sus dimensiones geopolíticas, históricas o diplomáticas hay un aspecto que durante mucho tiempo quedó en segundo plano y es la salud mental, tanto de quienes atravesaron la guerra como de una sociedad que aún elabora sus efectos psicosociales.

Hablar de Malvinas es también hablar de trauma. Supone referirse a un acontecimiento que irrumpe sin posibilidad de tramitación inmediata. Como planteó Sigmund Freud, el trauma psíquico no depende solo de la magnitud de lo vivido, sino de la dificultad para simbolizarlo e integrarlo en la propia historia. Para muchos excombatientes, la guerra implicó una experiencia límite. La exposición a la muerte, las condiciones extremas, el desamparo institucional y el posterior silenciamiento social. Este escenario favoreció la aparición de síntomas tales como: estrés postraumático, depresión, consumo problemático de sustancias y conductas suicidas.

Sin embargo, el impacto no se restringe a quienes combatieron (ni a quienes vivieron la guerra desde el continente). Pensar Malvinas únicamente como una suma de padecimientos individuales resulta insuficiente. Existe también una dimensión colectiva del trauma. La posguerra estuvo marcada por una tensión: la necesidad de condenar el Terrorismo de Estado y, al mismo tiempo, la dificultad de integrar la experiencia de los soldados en un relato social compartido. Este desfasaje derivó en largos períodos de silencio e incluso estigmatización.

El psicoanalista argentino Fernando Ulloa aporta una clave para pensar este proceso a través de la noción de “encerrona trágica”. Estas son situaciones en las que el sujeto queda atrapado sin alternativas simbólicas. Para muchos veteranos, la guerra fue una primera encerrona; pero la indiferencia social posterior sin dudas representa una segunda encerrona de la que debemos poder salir. Ulloa advertía que el sufrimiento se intensifica cuando no encuentra escucha ni reconocimiento: allí donde falta un otro que aloje la experiencia, el trauma tiende a fijarse.

En este marco, la salud mental no puede pensarse por fuera del contexto histórico y político. El reconocimiento social, las políticas públicas de reparación y los dispositivos de escucha resultan fundamentales para la elaboración psíquica. Allí donde predomina la negación, el sufrimiento se cronifica; donde hay palabra y lazo social, se habilitan procesos de simbolización y reconstrucción.

En los últimos años hubo avances. Una mayor visibilización, un reconocimiento institucional y el desarrollo de programas específicos. No obstante, persisten desafíos como garantizar el acceso sostenido a tratamientos adecuados, abordar la problemática de forma integral y evitar miradas reduccionistas que patologizan sin considerar el contexto. Cabe entonces preguntarnos:

¿Cómo integrar una guerra librada por una dictadura siniestra sin borrar la experiencia de quienes la atravesaron? ¿Cómo reconocer la epopeya sin idealizar ni negar su sufrimiento? Estas tensiones forman parte del trabajo de memoria que debemos realizar. Recordar no implica fijar un sentido único, sino construir una trama donde distintas voces puedan coexistir. 

Pensar Malvinas hoy también implica interrogar su transmisión. Las nuevas generaciones no vivieron la guerra, pero sí reciben sus relatos, silencios y significaciones. En ese proceso, la educación y los medios cumplen un rol decisivo. Se pueden simplificar sentidos o bien abrir preguntas y complejizar la memoria, pensar la salud mental desde una perspectiva de DDHH.

Necesitamos una memoria que incluya la dimensión subjetiva, que dé lugar a la palabra de los protagonistas y que reconozca la complejidad de la experiencia. Una memoria que contribuya tanto a la reparación individual como al fortalecimiento del tejido social. Por el contrario, las memorias fragmentadas o instrumentalizadas tienden a reproducir silencios y malentendidos.

Malvinas no son entonces solo una causa nacional o un reclamo de soberanía irrenunciable. Es también una interrogación abierta sobre el sufrimiento, la memoria y la responsabilidad colectiva. Incorporar la salud mental a esta discusión no desplaza otras dimensiones las profundiza, es clave incluir las marcas invisibles que la guerra dejó en los sujetos y en la sociedad.

La clínica (y nuestra historia) muestran que lo no elaborado no desaparece: retorna sintomático.

Malvinas sigue siendo, en este sentido, una escena abierta. No solo en términos políticos, sino también subjetivos. Pensarla desde la salud mental y los derechos humanos permiten comprender no solo qué dejó la guerra, sino qué hacemos hoy con esas huellas. Entre el olvido y la repetición, la memoria se vuelve un trabajo colectivo imprescindible. Porque no hay elaboración posible sin reconocimiento. Y no hay salud mental sin memoria.

Gonzalo Pereyra  es psicólogo y docente de la UBA

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