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El verdugo tiene mil caras
A partir del anuncio del periodista Mario Massaccesi acerca de un nuevo documental sobre Jorge Rafael Videla, el autor reflexiona acerca de las narrativas actuales alrededor de la última dictadura. En un contexto de revisión de los consensos democráticos, advierte sobre los riesgos de humanizar al verdugo y cómo estas miradas corren la frontera de lo decible en el presente.
- octubre 17, 2026
- Lectura: 6 minutos
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La búsqueda de la belleza en el horror abre caminos impredecibles y complejos. La única certeza ante la idea de lo bello es la imposibilidad de establecer un sentido universal de antemano cuando esa exploración pretende adentrarse en los terrenos de la barbarie. Y cuando no también. Hace pocos días, el periodista Mario Massaccesi comentó en un reportaje televisivo que estaba trabajando en un documental centrado en la figura de Jorge Rafael Videla. Algunos de sus dichos, como también las aclaraciones posteriores que se vio impulsado a realizar, dejan algunos puntos clave que permiten reflexionar sobre las miradas y narrativas actuales acerca de la última dictadura militar y lo que se disputa en el presente.
Según anticipó Massaccesi, en el documental se podrá ver un “costado íntimo” de Videla con testimonios que contrastarían con la visión que gran parte de la sociedad sostiene sobre él, aún aclarando que eso no lo convierte en un “buen presidente”. Lejos de atacar al periodista, este episodio lleva a preguntarnos por la imagen que se pretende proyectar de estos personajes. ¿Hay belleza, humanidad o espacio para la fascinación en los monstruos?
Una primera aproximación: ¿De quién o quiénes estamos hablando realmente? El eje estructurante que no se debe perder jamás de vista es que estamos ante seres humanos de carne y hueso que cometieron los delitos más viles: asesinar, torturar, robar bebés y desaparecer personas, entre otras tantas atrocidades. Los monstruos pertenecen al terreno de la ficción; la dictadura y los hechos acontecidos durante el terrorismo de Estado parecieran haber superado a la ficción, pero no son ni más ni menos que la realidad de un pasado que se vive diariamente en el presente y que dejó secuelas reales, concretas y que aún se padecen y se sufren. Buscar la cara humana e íntima de aquel genocida que deshumanizó a miles de personas en los centros clandestinos de detención es un acto que no deja de ser una muestra contundente de un síntoma de época que nos toca atravesar en estos tiempos que corren.
Buscar la cara humana del dictador mientras se impugna la empatía con los vulnerables parece, a priori, un tanto preocupante; no por un documental que todavía no vimos, sino por la posibilidad de constituir una cara más amable frente a lo que manifiestan abiertamente referentes del mundo libertario como Agustín Laje o Nicolás Márquez. Correr la frontera de lo decible en esa dirección es preparar un terreno fértil para que discursos que atentan contra los derechos humanos y la democracia crezcan aún más.
Los contextos políticos y sociales no son inocuos. Las fronteras de lo decible mutan, varían y se alteran con frecuencia, y así lo que antes resultaba inaceptable se torna decible y los consensos democráticos consolidados parecen debilitarse. Ciertos actos, hechos y narrativas dicen no solo lo que expresan manifiestamente, sino también lo que callan u omiten deliberadamente. Como analizan Daniel Lvovich y Boris Grinchpun en un trabajo publicado hace unos pocos años, la relativización del terrorismo de Estado rara vez opera hoy mediante la negación llana o directa. Se despliega y actúa de una forma más refinada mediante mecanismos más sutiles que disminuyen su gravedad, ubicándolo en una serie narrativa que lo normaliza e iguala responsabilidades bajo la reedición de la teoría de los dos demonios, entre otras tantas estrategias discursivas. Banalizar y relativizar el terrorismo de Estado y a sus actores centrales son parte de un discurso que hoy se muestra oficial y que deja caminos, tal vez ventanas y por qué no puertas abiertas para la justificación o las reivindicaciones.
En una segunda aproximación el monstruo no solo es humano, sino que también es un verdugo. Pero un verdugo que no cumple órdenes dictadas por otro, sino que las dicta desde el poder, y esa también es otra cara de Videla. La cara —otra cara más aparte de la íntima, la de monstruo y la del verdugo— es la privada, que no sabemos si es exactamente la misma que la íntima. Sí sabemos que hay una cara clandestina, que logró ser conocida por sus trágicas y persistentes consecuencias, y que la conocemos gracias a la enorme valentía de los sobrevivientes que llevaron a la justicia argentina y de todo el mundo la cara más cínica y vil del terrorismo de Estado. Que la conocemos también por la lucha de los organismos de derechos humanos. Es esta la cara que una sociedad debe tener siempre presente, una cara de acciones perpetradas en el pasado pero que juega de forma activa en el presente y nos pone de cara al futuro como país. Poner otra cara —no otra mejilla— en un contexto donde se hacen presentes discursos oficiales que deshumanizan a los más vulnerables, hacer un esfuerzo por rescatar la cotidianidad del verdugo, parece más una fascinación por el monstruo habilitada en este presente. Buscar la cara humana del dictador mientras se impugna la empatía con los vulnerables parece, a priori, un tanto preocupante; no por un documental que todavía no vimos, sino por la posibilidad de constituir una cara más amable frente a lo que manifiestan abiertamente referentes del mundo libertario como Agustín Laje o Nicolás Márquez. Correr la frontera de lo decible en esa dirección es preparar un terreno fértil para que discursos que atentan contra los derechos humanos y la democracia crezcan aún más. Destacar la intimidad del genocida —si es que efectivamente eso sucede— mientras se niega la empatía hacia gran parte de la población es el síntoma de un tiempo donde los derechos humanos y la democracia son tensionados cada vez más. Las declaraciones de Massaccesi son un buen disparador, no por lo que dicen en sí (tal vez sin mala intención), sino por lo que se puede poner en juego como una pieza más de un engranaje discursivo que parece estar en marcha y que no sabemos dónde puede terminar.
A mediados de los noventa, un grupo de jóvenes nos fascinábamos con la música, el mensaje y el compromiso de la banda vasca Negu Gorriak. El grupo liderado por Fermín Muguruza nos impactaba no solo por su potencia, sino también por las ideas que nos atravesaban. En 1994, en distintos antros y recintos de la Ciudad de Buenos Aires y del AMBA, muchos tuvimos la oportunidad de gritar su música del que en aquel entonces era su último disco: Borreroak Baditu Milaka Aurpegi -que en español significa “El verdugo tiene mil caras”-. Esas mil caras que nos conmovían desde el arte y la lucha por un mundo mejor y la justicia son la contracara exacta de las del verdugo real: esa faceta que la sociedad jamás debe perder de vista porque sintetiza el horror, el dolor y los crímenes más atroces que se pueden cometer contra la condición humana.
No se trata de impugnar un documental ni mucho menos a un periodista, pero sí de ver que las alarmas suenen a tiempo, de que el clima de época no se nos muestre inevitable. La defensa de los derechos humanos y de la democracia se vuelve central en tiempos de retrocesos, es estar en las malas y trabajar para que las buenas estén por llegar.
*Leonardo Kordon es docente e investigador de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). También dirige la Diplomatura Ciudadanías Digitales con enfoque en Derechos Humanos de la Universidad Nacional del Comahue.
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