Argentina / 3 febrero 2026

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Un nuevo tipo de imperialismo sin discurso civilizatorio

Lo que trae consigo el “modelo de Trump” no solo para Venezuela sino para la región y para el mundo entero. América Latina como escenario, pero no como actor. La involución de la democracia como sistema. El progresismo latinoamericano hoy se refugia en la defensa abstracta del derecho internacional.

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La reciente intervención militar estadounidense en Venezuela reconfigura brutalmente el mapa político latinoamericano y nos obliga a resignificar los pilares fundantes del orden internacional contemporáneo. El modelo Trump desarma los acuerdos tácitos que sostenían la estabilidad global: respeto mutuo entre Estados, no intervención directa, construcción de bloques regionales. Bajo esta lógica, se naturaliza el uso del poder sin frenos, habilitando un nuevo tipo de dispositivo. Aquello que en otro momento se habría considerado una excepción o un desvío en la práctica diplomática, hoy se consolida como una lógica sistemática y explícita: «la doctrina del «vale todo».

La operación en territorio venezolano no solo vulnera principios elementales del derecho internacional, sino que expone la obsolescencia de los discursos que, desde Occidente, abogan por la paz, la democracia y los derechos humanos. 

La propuesta del presidente de los Estados Unidos representa la estrategia de una superpotencia que ya ni siquiera se molesta en maquillar sus intereses con retórica civilizatoria. Es la pos política, pero con drones.

Esta crisis también desnuda el agotamiento del modelo de Estado-nación soberano, nacido tras la Paz de Westfalia y consagrado en la Carta de las Naciones Unidas. La capacidad real de los Estados para sostener su autodeterminación se ve cada vez más erosionada, no solo por el poder militar, sino también y fundamentalmente por la economía financiera global, las corporaciones transnacionales y los flujos de información que desbordan cualquier frontera.

En este contexto, América Latina aparece una vez más como escenario y no como actor. Pero también se presenta como víctima de una lógica imperial que reproduce desigualdades, desestabiliza procesos sociales y profundiza el sufrimiento colectivo. La salud mental de los pueblos no es ajena a los misiles ni a los titulares, porque en cada bombardeo hay una historia personal rota y un futuro que se vuelve incierto.

El modelo Trump desarma los acuerdos tácitos que sostenían la estabilidad global: respeto mutuo entre Estados, no intervención directa, construcción de bloques regionales. Bajo esta lógica, se naturaliza el uso del poder sin frenos, habilitando un nuevo tipo de dispositivo. Aquello que en otro momento se habría considerado una excepción o un desvío en la práctica diplomática, hoy se consolida como una lógica sistemática y explícita: "la doctrina del "vale todo".

El problema es estructural: los marcos jurídicos internacionales son débiles frente al poder real. El principio de no intervención, el respeto a la soberanía y el derecho de los pueblos a decidir su destino se convierten en papel mojado cuando la correlación de fuerzas se impone. ¿Qué relevancia tiene el derecho internacional si no hay capacidad de hacerlo cumplir?

La crisis venezolana no puede leerse aislada de un proceso más amplio de involución de la democracia demo liberal a escala global, donde las instituciones representativas pierden eficacia, la legalidad cede ante la excepcionalidad permanente y los derechos son subordinados al cálculo geopolítico. Lo mismo vale para Gaza, Ucrania, Haití o cualquier otro territorio donde los conflictos geopolíticos se saldan con sangre civil. Pero en el caso de América Latina se suma el componente histórico de dependencia: el eterno retorno de las lógicas coloniales, ahora camufladas de seguridad hemisférica.

La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, lejos de ser una simple demostración de fuerza, puede también analizarse como el síntoma más crudo de una hegemonía en declive. Incapaz de sostener su influencia mediante consenso, cooperación o liderazgo estructural, Washington recurre al poder duro en una región donde ha perdido terreno frente a actores como China.

Este gesto unilateral, que intenta recuperar control, también puede leerse como síntoma de una fragilidad estratégica. En el nuevo orden global en disputa, quien impone no necesariamente conduce; y quien resiste sin ocupar, puede construir legitimidad. Venezuela, entonces, no es solo un territorio en disputa: es el espejo donde se proyecta la transición de un mundo unipolar a uno fragmentado, donde el poder desnudo exhibe más temor que autoridad.

El progresismo latinoamericano -siempre incómodo heredero del chavismo y el madurismo- hoy se refugia en la defensa abstracta del derecho internacional, con declaraciones tibias en redes y foros multilaterales que ya nadie escucha.

Pero hay que mirar más allá del gesto simbólico: Trump no solo capturó a Maduro; capturó también el respaldo de la diáspora venezolana, consolidó apoyo interno de cara a las elecciones de medio término en EE. UU., y envió un mensaje directo a China y Rusia sobre quién manda en el hemisferio. En ese golpe, tan brutal como estratégico, volvió a recordar que, en esta disputa global, la geopolítica no se debate: se ejecuta.

Y en ese mapa redibujado con fuego, Argentina ya no está al margen. Lo que se juega en Venezuela anticipa lo que se habilita en toda la región. El peronismo —ciclotímico, disperso, todavía atrapado en el espejo retrovisor del siglo XX— enfrenta una hora crítica: definir si será un actor soberano en este nuevo orden o apenas un administrador periférico de decisiones tomadas afuera. El tiempo para la ambigüedad se terminó. Y el margen de error, también. Pero esa es otra discusión.

 

Pablo Castillo es Licenciado en Psicología (UBA) y Magister en Planificación de Procesos Comunicacionales (UNLP)

 

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