Argentina / 3 febrero 2026

temperature icon 29°C
Edit Template

Trump admite a Milei en su club por invitación

La creación del Board of Peace de Trump una nueva entidad internacional que él mismo comanda e invita a participar a su antojo a quienes le garantizan fidelidad. El ingreso de Argentina como socio menor decidido por Milei y los riesgos que ello entraña para la soberanía nacional. Se ponen en duda las aspiraciones del argentino Rafael Grossi para ser electo Secretario General de Naciones Unidas.

Compartir:

Compartir:

Milei firma el ingreso al Board of Peace

Mel Brooks y su parodia de Hitler en un fragmento musical de la película The Producers debería bastar para editorializar acerca de la puesta en marcha del Board of Peace de Donald Trump. El genial y longevo prócer del cine encarnaba a un Adolf Hitler equívocamente inocente que cantaba que quería la paz, un instante antes de revelar que lo que quería era en realidad un pedazo de Polonia, otro de Francia y otros más de otros países. Así como peace y piece se pronuncian igual en inglés, tal vez esos dos conceptos sean sinónimos en la cabeza de un Trump que pretende para sí tanto el Nobel de la Paz como un pedazo de Venezuela y Groenlandia entera. Lo que podemos dar por seguro es que la elección de la palabra peace para designar una nueva entidad internacional juega a propósito con la homofonía de la que Brooks se servía para denunciar al Führer.

En el torbellino de atolondramiento y ejercicio del poder desnudo de Trump es probable que la elección del nombre haya precedido a la insólita carta que le enviara al Primer Ministro de Noruega Jonas Gahr Støre, donde le espeta que ya no se siente obligado a pensar en la paz, debido a que el comité noruego del Nobel (que Trump confunde con el gobierno de ese país) no le otorgó el galardón a él. Sin solución de continuidad, el presidente estadounidense se autocorona Chairman de una entidad que lleva el significante “paz” en el nombre. El significado, por cierto, va en otra dirección, probablemente la contraria. El uso de “Chairman” también viene cargado: es el término que se usaba en inglés para líderes autoritarios como Mao Zedong o Leonid Brezhnev.

Sin que nada de esto entre en consideración, el presidente argentino Javier Milei se precipitó a aceptar la invitación a sumarse a la entidad. La fotografía que lo muestra en Davos sin caber en sí de la felicidad, captura algo más que un momento protocolar: retrata un abandono de la tradición de la diplomacia argentina que ya es la marca distintiva de lo que este gobierno ha hecho con la política exterior. Asistimos a la suscripción a una aventura de final incierto cuya primera víctima es el derecho internacional. Se trata de un nuevo acto de sumisión que compromete el interés nacional a cambio de una pertenencia simbólica a un club exclusivo y de implicancias peligrosas.

Para comprender la gravedad de este paso, primero hay que tratar de entender la naturaleza del organismo. El Board of Peace no busca la paz perpetua kantiana: es un instrumento diseñado (casi) explícitamente para desmantelar la arquitectura de las Naciones Unidas. Al unirse a este club por invitación, el gobierno argentino valida una visión del mundo donde la Carta de San Francisco —que prohíbe el uso de la fuerza y consagra la igualdad soberana de los estados— es reemplazada por la voluntad discrecional de un inquilino circunstancial de la Casa Blanca. Trump no ha creado siquiera un foro político, sino un sistema de lealtades personales donde las reglas se escriben y se borran según el humor del líder.

La participación de Milei en este esquema es brutalmente asimétrica y se basa en un vínculo personal por naturaleza precario. Ingresa al Board no como un socio estratégico, sino como un pasajero de clase turista. Los 1.000 millones de dólares que Trump pretende recibir para otorgar una membresía permanente exceden la capacidad del Tesoro argentino: a Milei le toca pues una membresía a prueba que no puede exceder los tres años. Trump le pone precio al acceso a su corte y, en el mismo acto, define la irrelevancia en la mesa de decisiones de quienes llegan en posición mendicante.

El ingreso al Board of Peace es un salto al vacío. Milei mete la cabeza del país en la boca del león, confiando en la benevolencia del depredador máximo del sistema internacional. Al dejar de lado el multilateralismo y optar por la sumisión a un liderazgo errático, el gobierno aísla al país de sus socios tradicionales en Europa y la región (ninguno de los que cuenta aceptó la invitación de Trump), sino que debilita las mismas herramientas legales que protegen nuestra soberanía.

Sin embargo, para la Argentina, hay costos asociados a sumarse como parte del decorado al Board  que no son financieros, sino diplomáticos y jurídicos. Nuestra política exterior tiene un mandato constitucional que es único en el mundo: está obligada a sostener el reclamo soberano sobre las Islas Malvinas. Históricamente, ese reclamo se ha apoyado en la primacía del derecho internacional y se sostiene porque logra año a año resoluciones de la Asamblea General de la ONU que instan al Reino Unido a un diálogo al que esa ex-potencia se rehúsa. Al sumarse al Board of Peace, Milei dinamita ese fundamento. ¿Cómo puede Argentina reclamar soberanía basándose en el derecho internacional mientras se integra a un cuerpo cuya carta fundacional postula la irrelevancia de la ONU y apunta a la imposición de la «paz por la fuerza»? La contradicción es flagrante. Milei se somete a una doctrina de poder desnudo que, aplicada rigurosamente, siempre favorecerá a quien se imponga de hecho por sobre quien reclama basado en el derecho. Sumarse a la tropelía de erosionar la ONU tiene, coyunturalmente, víctimas inmediatas: las aspiraciones del compatriota Rafael Grossi a ser electo Secretario General, justamente, de la organización que se boicotea abiertamente.

La firma de Milei al pie de la carta del Board, de cuya redacción nuestro país no fue siquiera invitado a participar, es una nueva embestida del presidente contra la constitución. Asume una obligación internacional sin mencionar siquiera al Congreso de la Nación, que según el artículo 75 tiene la exclusiva facultad de “aprobar o desechar tratados concluidos con las demás naciones y con las organizaciones internacionales”. Como en cada una de sus acciones internacionales Milei vuelve a optar por una diplomacia de facción, confundiendo las afinidades ideológicas personales de un líder pasajero con los intereses permanentes del Estado.

El ingreso al Board of Peace es un salto al vacío. Milei mete la cabeza del país en la boca del león, confiando en la benevolencia del depredador máximo del sistema internacional. Al dejar de lado el multilateralismo y optar por la sumisión a un liderazgo errático, el gobierno aísla al país de sus socios tradicionales en Europa y la región (ninguno de los que cuenta aceptó la invitación de Trump), sino que debilita las mismas herramientas legales que protegen nuestra soberanía. En manos del gobierno que lo invoca siempre el significante «libertad» ha quedado atrapado, paradójicamente, en un significado opuesto: la dependencia absoluta del capricho ajeno.

4Palabras



Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: