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Sobremedicación adolescente: una generación bajo receta

Adolescentes llegan medicados a salud mental, reflejo de una sociedad que prefiere anestesiar el sufrimiento. Psicólogos alertan: la sobremedicación urgente silencia la palabra y empobrece la conversación, entendiendo la angustia como un error. La clave está en escuchar antes que solo medicar.

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En los últimos años, cada vez más adolescentes llegan a los servicios de salud mental ya medicados, como si la receta fuera la única puerta de entrada posible. Detrás de esa escena -rápida, silenciosa, casi automática- late algo más profundo: una sociedad que prefiere anestesiar el sufrimiento antes que habilitar la palabra.

Mientras los jóvenes intentan nombrar lo que sienten, las respuestas que reciben suelen ser químicas y urgentes, como si la angustia fuera un error técnico a corregir y no una experiencia que necesita ser escuchada. “Desde la Psicología Clínica, acompañar y esperar a las y los adolescentes en sus trayectos de vida implica no obturar la angustia rápidamente con psicofármacos. La apuesta por la palabra habilita que un texto continúe”, sostiene la licenciada Irene Sherz, jefa de Docencia del Hospital Tobar García.

El presidente de FEPRA (Federación de Psicólogos y Psicólogas de la República Argentina), el licenciado Marcelo Clingo, propone leer la sobremedicación a partir de los cambios culturales que atraviesan la vida cotidiana. “Los mundos adolescentes están marcados por lógicas algorítmicas que promueven respuestas inmediatas, emociones de vértigo y vínculos mediados por pantallas que reducen la complejidad a estímulos breves y consumibles”, señala.

Los motivos de consulta se repiten: insomnio, retraimiento, ansiedad, dificultades de concentración. Lo inquietante es que muchos jóvenes llegan a los dispositivos de atención “por la receta”, un atajo que reemplaza el encuentro clínico por un trámite.

“El pasaje directo de la angustia a la receta dialoga con esa temporalidad acelerada que ofrece soluciones rápidas antes que procesos de elaboración subjetiva o construcción colectiva de sentido”, agrega Clingo. Y advierte que, cuando la política se vuelve un feed y el malestar un síntoma a corregir, la palabra pierde densidad y la conversación intergeneracional se empobrece.

La urgencia por normalizar desplaza toda pregunta por el sufrimiento

El problema no son los psicofármacos -frecuentes y necesarios en muchos tratamientos- sino su uso como única respuesta. “Lo que se cuestiona es entender a la medicalización como el único recurso disponible para un abordaje psicoterapéutico”, señala la licenciada Julieta Médici, del Centro de Salud Mental Dr. Arturo Ameghino.

Mientras los jóvenes intentan nombrar lo que sienten, las respuestas que reciben suelen ser químicas y urgentes, como si la angustia fuera un error técnico a corregir y no una experiencia que necesita ser escuchada.

A ello se suma el avance del hiperdiagnóstico, especialmente en torno al Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad (TDAH), cuyos diagnósticos muchas veces no consideran trayectorias vitales ni condicionamientos epocales. Se patologizan conductas esperables en contextos de precariedad, sobrecarga emocional o soledad.

También existen otras escenas: equipos interdisciplinarios que recuperan la escucha como herramienta central; experiencias comunitarias que trabajan desde el territorio sosteniendo talleres y grupos; movimientos estudiantiles que reclaman políticas públicas acordes al malestar contemporáneo.
Sin embargo, esos mismos espacios como las escuelas, los clubes de barrio, los grupos de pares hoy están desbordados por demandas que superan su capacidad de contención.

Ansiedad, irritabilidad, silencios prolongados o agotamiento se leen como fallas individuales cuando, muchas veces, son la expresión de un mundo que exige más de lo que acompaña. De ahí irrumpe una pregunta ineludible: ¿qué lugar queda para la fragilidad en una sociedad que tolera tan poco la pausa, el conflicto y el tiempo singular?

Mientras tanto, la sobremedicación -veloz, silenciosa, eficaz en apariencia- se instala como metáfora de época. Pero debajo de ese brillo químico persiste una verdad que ninguna receta puede ocultar. La juventud no es un conjunto de síntomas, sino una historia que todavía se está escribiendo. Y, como toda historia subjetiva, solo puede desplegarse si encuentra algo elemental y profundamente humano: una escucha que sostenga, acompañe y abra nuevos sentidos.

*Licenciado en Psicología. Magíster en Comunicación. Secretario General de la Asociación de Psicólogas y Psicólogos de Buenos Aires.

 

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