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Picada cultural: Ser padres hoy
¿Cómo se mide la eficacia de la paternidad? Lejos de los manuales y cerca de la memoria, esta crónica recorre los silencios compartidos con un padre y las deudas con las hijas.
- junio 21, 2026
- Lectura: 4 minutos
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- junio 21, 2026
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Soy padre, soy hijo. Tal vez ninguna de las dos tareas las he desempeñado con destreza, con pericia, con habilidad, me digo, con la vista hundida en un tazón de café con leche. De a ratos pispeo los zócalos de una canal de noticias, de a ratos me pierdo en la pantalla del celular. ¿Cómo se mide la eficacia de la paternidad?, me pregunto. Y me digo: he leído miles de libros, he visto miles de películas, me compré una colección completa de la revista Ser padres hoy en un puesto de Parque Rivadavia, buscaba en cada uno de ellos una suerte de manual para llevar adelante el oficio de ser padre. Frases de sobrecitos de azúcar hay miles, pero no he encontrado más que retazos, fragmentos, algunas claves inconexas para desarrollar la faena. Más que buscar en las mediatizaciones, seguramente debería prestar más atención a la vida.
Revuelvo lo poco que queda del café, agrego un poco de azúcar, intento crear una suerte de dulce de leche con el líquido que queda en el tazón. Creo que no estoy acá, en este bar, mi mente ha saltado tiempos y distancias. Pienso en mi padre, en unas vacaciones en la costa, en un desayuno de esos que se servían en los hoteles de sindicatos en los ochenta: café, té, jugo de naranja, medialunas, tostadas, manteca y dulces industriales en potecitos de plástico. Nada de granola, yogures, frutas, fiambres, huevos revueltos, paltas, esas cosas que se empezaron a ofrecer muchas décadas más tarde. Pero no pienso ya en el desayuno, sino en mi papá, en una caminata por la playa, con el sol escondiéndose detrás de los médanos.
Mi padre siempre me invitaba a correr, por la playa, o por las plazas de Chacabuco. Los dos, dale que dale, una pierna delante de la otra, así, hasta lograr un ritmo mecánico. Juntos, corriendo, en silencio, hasta que mi padre planteaba, casi como una recomendación médica, de deportólogo o preparador físico, la necesidad de intercalar varias vueltas de corrida con una vuelta de caminata. Arrancaba, entonces, con las preguntas, como una suerte de estado de situación, un espacio de escucha, de tiempo de calidad, para que su hijo adolescente –el yo de hace mil décadas atrás– pudiera plantear sus dudas, sus temores, sus deseos, sus ideas de futuro.
Frases de sobrecitos de azúcar para pensar la paternidad hay miles, pero no he encontrado más que retazos, fragmentos, algunas claves inconexas para desarrollar la faena. Más que buscar en las mediatizaciones, seguramente debería prestar más atención a la vida.
Saboreo lo que queda del café endulzado, la vista se pierde en el techo del bar, ya me fui otra vez de este presente, si ahora estoy otra vez con mi padre, son los años noventa, y pintamos juntos las paredes del fondo de la casa. Hace calor, mucho, estamos acompañados por una botella de agua, bebemos con fruición, como refugio de ese sol tremendo. Le quiero mostrar el último disco de Divididos, lo tengo en un casete que me grabaron en una disquería a razón de diez pesos la hora. Salir a asustar te protege más, en esta la era de la boludez; vegetariano el inmigrante es, de facto; no estoy solo puedo salir a comprar. Se suceden las canciones. Aquel adolescente cree que ese disco atrapa como ninguno las vicisitudes de la época. Mientras le damos a la brocha gorda, Ricardo Mollo nos canta, qué pensás Reina Isabel, de tu historia de papel, tu museo no huele bien. Mi padre hace un alto y pregunta si es Horacio Fontova el que se escucha. Ese yo adolescente siente una afrenta en el pecho, un distanciamiento brutal, insondable, si Fontova no es más que un cómico que hace monerías en la tele.
Muchos años después, lo escuché al Negro cantar en la presentación de Confesión del viento en el ND Ateneo de Liliana Herrero y la brecha se cerró, pensé en mi padre, en que él no estaba tan errado, en que esas canciones que escuchábamos mientras pintábamos en el fondo de la casa, tal vez podrían haber salido de la boca de Fontova, que fue un gran cantante, nunca del todo valorado.
Con las manos en el pocillo vacío, pienso en mis hijas y creo que tal vez mi vida tendrá sentido cuando logre eso: ser dos o tres recuerdos luminosos y precisos en la mente de ellas. Pienso también si alguna vez le di esos momentos de escucha plena que sabía generar mi padre. Siento que estoy lejos: una deuda insondable, aunque tal vez esté a tiempo de repararla.
Después de varios minutos, pienso que realmente me hubiese gustado escribir. Ninguna novela, ningún cuento. Tan solo estas pocas estrofas de los hermanos Yamandú y Tabaré Cardozo: “Soy las manos buenas de mi padre hechas cuna, soy la carcajada más alta del mundo en una foto sobre sus hombros”.
Esto es todo por hoy. Nos vemos la semana próxima. Saludos cordiales de este humilde redactor.
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