Picada cultural: carnaval toda la vida, en Montevideo, Corrientes y Ramos Mejía
Del humorismo crítico de los tablados uruguayos al “Carnaval caté” de Rodolfo Walsh, la fiesta pagana resiste como refugio colectivo. Ese pulso llega hasta Ramos Mejía con “La del Patio”, una murga que transforma el baile en bandera por la discapacidad. Crónica de un género donde la alegría es resistencia.
- febrero 15, 2026
- Lectura: 3 minutos
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¿Qué queda de aquel espíritu donde el carnaval era un paréntesis en el calendario, un refugio donde las jerarquías se disolvían y cada uno se sentía, al fin, un igual? Algo de esa mística resiste en los tablados de Montevideo. Allí, diecisiete personas se amuchan bajo el maquillaje y las ropas coloridas para ensayar balances anuales de los problemas compartidos e, incluso, rimar alguna salida colectiva.
Con una raíz gaditana que mutó en algo único, la murga uruguaya es hoy un género sin parangón. De los tablados de barrio al Teatro de Verano, una veintena de agrupaciones despliega espectáculos donde el cuplé muerde y la retirada emociona, construyendo una belleza tan crítica como necesaria.
Este mes, el periodista Martín Duarte lanzó Una que sepamos todos (Ediciones B), un mapa musical por 21 canciones que sellaron a fuego la historia del género. El radar incluye joyas que el público argentino siente propias: desde “Brindis por Pierrot” y “Que el letrista no se olvide” —hitos de Jaime Roos junto a la Falta y Resto— hasta esa gema de Mandrake Wolf, “Amor profundo”, que La Gran Siete estrenó en el carnaval de 1996 y luego popularizó el propio Roos en su disco Contraseña. Y, por supuesto, “Si me voy antes que vos”, una de las más maravillosas letras escrita a ambos márgenes del Río de la Plata, potenciada por la voz de Freddy “Zurdo” Bessio, quien alguna vez merece ser reconocido en su justa dimensión.
Duarte no solo analiza melodías, también rescata la mitología de las agrupaciones. En el libro conviven la pelea por el título de “la pionera” —este año regresó al concurso oficial Don Bochinche y Cía, nacida en 1907— y las épocas doradas de Patos Cabreros, Curtidores de Hongos, La Milonga Nacional, Los Diablos Verdes o Asaltantes con Patente.
Lo más jugoso aparece en las hendiduras de la historia. Los espionajes de tablado, con historias de “avivadas” para birlarle una melodía al rival. La ética del parche, bajo el testimonio de Raúl Castro, el “Tinta Brava” de la Falta y Resto, sobre cómo gambetear la censura en plena dictadura. Y el recuerdo de La Mueca, que en el cierre del carnaval de 1984 decidió atravesar la avenida 18 de Julio en un silencio abismal, una respuesta valiente a la represión sufrida días antes en el desfile de Llamadas.
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Hay un Rodolfo Walsh que también puso su mirada sobre los carnavales. Es el Walsh de 1966: el que vuelve de Cuba, el que no tiene un peso, el que traduce para sobrevivir y el que, a regañadientes, acepta colaborar en la revista Panorama. En ese contexto, surgió una de las piezas más brillantes del periodismo narrativo local: “Carnaval caté”.
Walsh entró a la publicación de la editorial Abril con una “intención consciente”: aplicar a la crónica el rigor de la orfebrería, dedicarle a cada nota el mismo tiempo que le demandaba la redacción de un cuento o de un capítulo de esa novela que nunca terminó de escribir.
El primer resultado fue un viaje a Corrientes que terminó siendo una lección de periodismo narrativo. Mientras la provincia se hundía bajo la creciente del Paraná, el pueblo se desvivía por las comparsas.
La crónica arranca con una preocupación que hoy parece cínica, pero que Walsh desnuda con maestría: el señor Boschetti mira al cielo temiendo que la lluvia arruine la gran fiesta de las comparsas, mientras el algodón, el tabaco y el arroz ya se habían perdido bajo el agua.
Walsh alterna los preparativos del lujo del Rey Momo con la emergencia hídrica.
El autor de Operación Masacre no se queda en la superficie. Cruza el análisis económico con el sociológico, comparando los presupuestos del carnaval con los de la educación provincial. La paridad de las cifras es un cachetazo al lector.
Lo que hace de Walsh un periodista distinto es su capacidad para evitar el prejuicio porteño. No juzga la “frivolidad” del festejo en medio de la tragedia, le da el micrófono a los locales. Entiende que quitarle el carnaval al pueblo no soluciona la pobreza, solo le quita su única alegría gratuita. En “Carnaval caté”, las palabras terminan empapadas. Es una clase de estilo y, sobre todo, de honestidad intelectual. Un texto donde la forma es tan potente como el dato.
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En el corazón de Ramos Mejía, nació también un latido murguero que defiende derechos. Dentro del Colegio Nuevo Día, una institución educativa con más de cuatro décadas de trayectoria dedicada a la discapacidad, fue creciendo un proyecto que hoy trasciende las paredes escolares. Se trata de la murga “La del Patio”, un espacio donde la música, el baile y la identidad colectiva se fusionan para transformar el ruido en reclamo y la alegría en resistencia.
Lo que comenzó en 2019 como una convocatoria festiva para celebrar el aniversario de la escuela, se multiplicó con rapidez. Hoy, las familias y el equipo docente no sólo ensayan repertorios: construyen una red de autogestión y sentido comunitario. Sus propios integrantes se formaron en el arte del maquillaje y lucen uniformes que simbolizan su pertenencia a una comunidad que no se rinde. El espectáculo se eleva con la pluma de uno de los profesores, Juan, que sabe tejer belleza, humor y emotividad con precisión oriental. Se suman la dirección en las voces de Ebley y en las coreografías de Anabella, otras docentes del colegio.
Con la lucha de todo el sector por la ley de emergencia en discapacidad, el eco de “La del Patio” llegó a lugares inéditos. Desde presentaciones en universidades frente a futuros musicoterapeutas hasta manifestaciones en espacios públicos. Docentes y familias se unen para cantar sobre los problemas cotidianos de toda escuela (la pérdida temporaria del “cuaderno de comunicaciones” tiene un rol fundamental en la puesta en escena) pero también alzar la voz en defensa de los derechos de sus hijos. Bajo el lema “Que seamos menos no significa que seamos menos”, en cada plaza desafían la invisibilidad social –y ahora el maltrato estatal– que viven las personas con discapacidad.
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Cayó la Cabra fue una de las agrupaciones que surgió al calor de la “murga joven” montevideana de principios de siglo, cuyo máximo exponente son los “internacionalizados” Agarrate Catalina.
Este año, la Cabra presentó el espectáculo “La república de la vereda”, con un llamado a recuperar los espacios públicos y, en un sentido más amplio, “la cosa pública”. Así apuntan al valor de las escuelas públicas y de los lugares de encuentro con los otros, ante tanta fragmentación y gentrificación. En tono humorístico, también hablan acerca de los problemas de los contenedores que almacenan la basura en las calles. Hay apuntes sobre el deseo de tener uno cerca para no andar acarreando bolsas muchos metros… pero no tan cerca ni exactamente enfrente del edificio o la casa en la que uno viva para no tener que soportar los malos olores ni la dudosa estética de los artefactos. Pues hablando de eso, esta semana se nos apareció, así como quien dice, uno de los tachos de basura del consorcio en el patiecito interno de la redacción. Arrojado desde los cielos, desde alguna oficina vecina que se sintió amenazada de alguna forma por la cercanía del contenedor. ¡Madre mía, los riesgos de la ley de gravedad para quienes trabajamos en pisos bajos! Ojalá que en el tiempo que viene tengamos otro tipo de lluvias. Esto es todo, hasta la semana próxima. Saludos cordiales, la Redacción.
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