La destrucción masiva del concepto y práctica de la solidaridad ya la deshumanización de las personas, los colectivos y las comunidades. La cosificación de las personas como meros objetos de intercambio. Las empresas de la salud y su relación con los “fondos buitres”. La vida y la muerte como procesos continuos.
Por Marcos Jaureguizar
- enero 26, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Yo ya no puedo cumplir
Hazañas que prometí
Solo esperar cantando
(Indio Solari, 2022)
Nos enfrentamos hoy en Argentina, pero también en el resto del mundo, a una destrucción masiva del concepto y práctica de la solidaridad, del respeto a la dignidad del otro, de la otra, a la deshumanización de las personas, los colectivos y las comunidades, de tal manera que una vez deshumanizados no hay barreras éticas para deshacerse de ellas y ellos.
Este fenómeno incluye a la Salud Pública o, como se denomina en gran parte de Latinoamérica, Salud Colectiva o Medicina Social Latinoamericana. En este ámbito ocurre además la cosificación de las personas como meros objetos de intercambio para producir rentabilidad de tal manera que hoy las empresas que se dedican a la salud participan de los mecanismos financieros internacionales denominados “fondos buitres” para aumentar sus ganancias, fondos que se dedican además a financiar guerras en otras partes del mundo.
Sin embargo, en Latinoamérica, desde 1492 en adelante la lucha entre la colonización-decolonización (no ya el concepto un tanto europeizante de derecha e izquierda) ofrece una resistencia histórica y pendular a los permanentes intentos de colonización.
Una forma de resistencia permanente es sobre los conceptos de salud, enfermedad, cuidados y muerte. Es en esta pelea donde se puede abrevar para nutrirse de ideas que no son definiciones biológicas sino construcciones históricas, multiculturales, sociales y su relación con la naturaleza sobre el proceso de salud-enfermedad-atención-cuidado (PSEAC) y sobre la muerte.
La evolución histórica del concepto enfermedad, o mejor dicho, de la relación entre salud y enfermedad dependió no solo del progreso del conocimiento científico, de la investigación sino de los movimientos ideológicos, sociales, multiculturales y religiosos por los cuales fue avanzando la humanidad. Surgen así divisiones históricas de este concepto que tienen que ver con explicaciones mágicas, deidades, gérmenes, producción social y por último el reconocimiento de la multiculturalidad y de los saberes comunes o, lo que es lo mismo, comunitarios.
Esta evolución es asincrónica, ocurre de forma diferente en las distintas partes del mundo, adquiere características particulares que ubican a las comunidades en distintos tiempos civilizatorios y que se relacionan con la geografía y ecosistemas en que están radicadas dichas culturas o comunidades, lo cual permite o dificulta la utilización de la naturaleza, por ejemplo, en el empleo de plantas y otros vegetales para curar los procesos de enfermedad.
La salud y la enfermedad se han relacionado de distinta maneras a lo largo de la historia, primero enfrentándose, salud vs enfermedad, luego aceptándose como un continuo reducido, salud-enfermedad, más tarde ampliando ese continuo y agregándose la atención. Por último, como producto de la incorporación de las Ciencias Sociales a la medicina se comienza a plantear el proceso salud-enfermedad-atención-cuidado tanto individual como comunitario.
Según Michalewicz (2014) el cuidado en salud es un término polisémico que puede asociarse a la “dimensión vincular/afectiva de la prácticas de salud”, a “las prácticas no formales en salud”, “como el eje que orienta atención, centrándola en los usuarios” o “como sinónimo de atención”. El texto concluye y define, apoyándose en Ulloa, el cuidado como un lazo social tierno que aloja a la otra/otro, está destinado a sostener la calidad de vida, desde la empatía y el miramiento, es decir, desde el reconocimiento de la otredad.
Sin embargo, y como planteo hipotético, esta construcción estaría dejando cuestiones biológicas y culturales afuera y que tienen que ver con la evolución del PSEAC. Las personas que enferman pueden curarse, quedar con algún grado de discapacidad, secuela o morir. La muerte, entonces, debería formar parte del PSEAC como fenómeno individual y comunitario. “…la naturaleza social de la enfermedad no se verifica en el caso clínico sino en el modo característico de enfermar y morir de los grupos humanos” (Laurell, 1982).
Si la salud es un proceso, y no un estado, necesariamente se transforma en “… construcción histórica, social, cultural y subjetiva, de carácter multi-determinado, que ha variado a lo largo del tiempo y que, a la vez, varía y adquiere diferentes connotaciones y significados según distintos contextos y grupos sociales” (FLACSO, 2015).
Es en la vida cotidiana de las comunidades donde las personas transitan su enfermedad y donde la muerte deja de ser un fenómeno individual para transformarse en comunitario. Como plantea Michalewicz (2014) la salud no es solamente un campo de prácticas sino “… un terreno de luchas simbólicas acerca de las formas de aproximarse al modo en que las personas nacen, viven, enferman, padecen y mueren, y respecto a las respuestas sociales frente a tales procesos”.
A partir de este movimiento y de sus distintas voces se cuestiona, como se planteó más arriba, la relación entre la salud y la enfermedad arribando a definir la salud no ya como un estado sino como un proceso que comprende al cuidado con una connotación mucho más amplia e integral que la «atención”, al denotar relaciones horizontales, simétricas y participativas…reconociendo que buena parte de las acciones de salud suceden en las vidas cotidianas y en las prácticas de los conjuntos sociales y los sujetos (Stolkiner, 2012).
Es en la vida cotidiana de las comunidades donde las personas transitan su enfermedad y donde la muerte deja de ser un fenómeno individual para transformarse en comunitario.
Como plantea Michalewicz (2014) la salud no es solamente un campo de prácticas sino “… un terreno de luchas simbólicas acerca de las formas de aproximarse al modo en que las personas nacen, viven, enferman, padecen y mueren, y respecto a las respuestas sociales frente a tales procesos”.
El atravesamiento cultural-religioso/cristiano de nuestra sociedad por el festejo de la vida desdibujó probablemente el culto a la muerte la cual se toma como fin cuando en realidad es parte de la vida. En algunas comunidades originarias cuando se pregunta por una persona fallecida la respuesta sorprende, “es muerto” dicen, resignificando la vida y la muerte como presentes continuos.
Entonces y a modo de conclusión, dentro del PSEAC debería incorporarse la muerte desde la multiculturalidad y desde la integridad o historicidad del sujeto y de la comunidad.
La muerte es negación, miedo, tabú, silencio, y otros adjetivos. Sin embargo, como la vida y como la salud, la muerte es una construcción desde varios lugares. Algunos se nombraron como los culturales y los históricos, otros son los ideológicos, los que tienen que ver con los ambientes naturales y aun con los económicos.
Queda como propuesta no una solución sino una pregunta ¿cómo incorporar la muerte a un proceso como el de salud-enfermedad-atención-cuidado que no la niega pero tampoco la incluye? Quizá, como dice el Indio Solari en el epígrafe deberíamos “solo esperar cantando”.
Marcos Jaureguizar es médico generalista. MP: 81158
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