Golondrinas: la larga marcha del norte al principio del sur
De Tucumán al Alto Valle: el viaje como rito de supervivencia. Los cosecheros reeditan una ruta que la dictadura no pudo forzar y que el mercado vuelve hoy obligatoria. Dos mil kilómetros entre canciones de Gilda, TikTok y el recuerdo de los que se quedan. Miles de trabajadores "golondrina" cruzan el país buscando en la cosecha de peras y manzanas una redención. Una crónica íntima sobre la trashumancia, el desarraigo y la esperanza que resiste.
- enero 29, 2026
- Lectura: 3 minutos
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“Y cuando será el día
Pregunto cuándo
Que por la tierra estéril
Vengan sembrando
Todos los campesinos Desalojados”.
Armando Tejada Gómez
Desde temprano, varios pares de cuerpos se aprietan bajo el techo de un drugstore, frente al parque 9 de Julio. Así, evitan la lluvia que no cesa desde hace tres días. El cielo sobre San Miguel de Tucumán no es gris; lo cubre una inmensa nube negra. Despedidas, bolsos, cajas, muchas colchas y colores brillantes contrastan con ese cielo. Quedan adioses de ojos tristes.
Los viajeros son trabajadores estacionales y estivales; en su mayoría, cosecheros que migran del pago. Se trasladan desde Tucumán hacia la cuenca del Alto Valle de Neuquén y Río Negro para trabajar en la cosecha de peras y manzanas. Unas 350 mil personas migran internamente en Argentina para dedicarse al trabajo agrario. Pero aquí no hay triunfo empresario: viajan porque algo allá los espera; una aventura, un sueño, un misterio, un dolor.
Fabián Jiménez, director de Planes y Programas Especiales de Trabajo dentro de la Secretaría de Trabajo de Tucumán, explica que hay dos momentos importantes en el año: primero, lo que se denomina la raleada que va de octubre a fines de diciembre y por la que viajan alrededor de diez mil personas; y la temporada anual, de enero a marzo, que moviliza a más de treinta mil personas. Tucumán es la única provincia del país que cuenta con una ley provincial que les permite viajar a otras provincias a trabajar: cubre los gastos de ida. Además, insiste Jiménez, la mano de obra tucumana es la mejor calificada.
En diciembre de 1966, la dictadura de Onganía lanzó el Operativo Río Negro con el que planificó el traslado forzado de unos 10 mil trabajadores tucumanos —desempleados tras el cierre masivo de ingenios azucareros— hacia las chacras frutihortícolas del Alto Valle. El plan fracasó: viajaron menos de mil personas. Los obreros agrarios alertaron a los agentes de las dictaduras patagónicas ya que tenían prácticas sindicales mucho más fogueadas que en el resto del país. Lo que se quería exterminar en el Norte, germinaba en la Patagonia, por lo que fueron inmediatamente devueltos a la provincia.
El colectivo demora dos horas en arrancar y conspira contra la ansiedad general. Los más pibes se distraen con videojuegos de guerra; los grandes comparten mates. La banda sonora: una mezcla de cumbias clásicas tucumanas y cuartetos que escapan de los parlantes. Suenan Los Avelinos, Las Minifaldas, Sebastián. Más adelante, se escucha un recital evangelista a todo volumen desde otro celular. Quedan atrás Frías y Recreo, y el sol finalmente se hace visible. El tedio se combate con el scrolleo: TikTok es el nuevo zapping. Vencer el aburrimiento es un desafío transversal; nadie es inmune al celular.
La fuerte tormenta de afuera empieza a menguar, aunque el cielo mantiene una oscuridad apocalíptica. Es la tercera jornada completa de lluvias en la provincia; en solo veinticuatro horas cayó más agua de la que suele caer en un mes. Hay varias rutas provinciales cortadas, incluso destruidas. El colectivo se desvía y atraviesa la localidad de Manuel García Fernández. Al retomar una ruta transitable, el paisaje, normalmente sojero, se revela mutado en laguna. «Se quejaban de la sequía, vea ese campo cómo ha quedao», «Ni un fruto le va a dar el sembradío», resuena en el pasillo del colectivo.
Los territorios citrícolas se expanden sobre zonas protegidas por la Ley de Bosques Nativos. Los casos de desmonte y apropiación de cuencas hídricas para riego de monocultivos, principalmente de limón, se reproducen en Tucumán. En Burruyacu, dos diques privados de gran porte, sin medidas de seguridad, alteran el cauce de más de cinco arroyos en plena crisis hídrica del NOA, poniendo en riesgo a tres poblaciones de más de dos mil habitantes.
Algo similar tomó notoriedad pública en Lules con el desvío del río Chirimayo hacia un dique privado. Las consecuencias: pueblos anegados debido a la pérdida de yunga nativa que funcionaba como contención natural frente a la caída de agua. La práctica de desmonte no se realiza únicamente con fines agrarios. La especulación inmobiliaria y la proliferación de barrios privados son fenómenos que se expanden al ritmo de las desregulaciones e históricas cegueras de gestiones gubernamentales. La privatización avanza. No importa cuándo.
En este colectivo todo se comparte: las galletitas, el agua, los sanguchitos, las colchas, la coca pa’l acusi, las risas, los cargadores, las penas y la bronca. Contra el chofer, la policía y la gente que no mira a los ojos. En el piso de arriba, al fondo, viaja una familia con un niño, entre bultos y colchas atadas con soguitas. La escena se repite en otros colectivos. Las infancias que se criaron entre el abrazo afectivo de las jornaleras arrancan ahora su rito de paso, un viaje de iniciación a través de nuevos climas y paisajes extraños.
Raúl hace unos meses que se asentó en San Patricio del Chañar. No es cosechero. Se dedica a la construcción. Vive en una piecita que fue equipando de a poco. Viajó a Tucumán porque su vieja está enferma. Como la lluvia, se ha quedado más de la cuenta. Regresa con energías y sobre todo expectativas renovadas. “La jornada en el Valle se paga el doble que en Tucumán, además que aquí no hay nada. Está todo parado”. El valle está carísimo porque la actividad petrolera ha ido empujando los precios. La estrategia central de los desterrados se basa en trabajar y tratar de guardar y ahorrar gastando lo mínimo posible. “Ahora me gustaría aunque sea dejar algún contacto en el petróleo. Estoy terminando de armar el currículum. Mi primo es maquinista y es mucha la diferencia”, cuenta manos en los bolsillos. El sueño petroca es una tentación. Una promesa de salario por encima de la media. Pero este sueño no es nido de golondrinas.
Brian tiene 26 años. Es vendedor ambulante en Tucumán. Viaja a trabajar en un empaque de peras y manzanas en la ciudad de Neuquén. Hace 9 años que hace la travesía. Los dos primeros fue cosechero. Después ingresó a los galpones del clasificado de frutas. Antes de las fiestas pasó una temporada juntando ajos en Mendoza, con su excompañera. Juntos decidieron caminar hacia Tucumán. Demoraron dos días bajo intensos cielos de lluvia, soles y calores húmedos. Al llegar se separaron. Ella en medio del camino se dio cuenta de que estaba embarazada. “La cagada ya me la he mandado. Ahora quiero laburar para hacerme cargo. En Tucumán no hago nada, solo me drogo”, dice mirando la puesta del sol.
Diego cuenta con crudeza que quedó tirado la primera vez que viajó. Dormía en parques y plazas. Su viejita le mandó un boleto para que vuelva. Nunca más se va sin destino laboral fijo, dice y mira un incendio en un campo, haciendo visera con su mano reseca. Iba contento a trabajar y se encontró con una cantidad de rechazos.
Mientras brillan estrellas afuera, adentro suenan guarachas. Algunos cantan por lo bajo. Otros duermen tapados. “Si hay que esperar la esperanza, más vale esperar cantando”, grita la Negra Sosa en los versos de Zamba de los humildes. Las ventanillas empiezan a iluminarse con leds intermitentes que anuncian que estamos llegando a Córdoba. Las luces se encienden y el humor se levanta al ritmo de la música.
Pablo es de Las Termas, Santiago. Habla bajito, tímido, y la cara se le ilumina, como quien avizora una fantasía. Es golondrina primerizo. Primer vuelo. Aprieta fuerte su riñonera contra el pecho y pronuncia cada palabra con inocencia. Tiene 19 años. No hay fecha de retorno. No describe la imagen concreta sobre cómo debe ser el valle. Solo emociones en gestos del sueño de un peregrino.
Esto es una larga marcha del Norte al principio del Sur. Hay nostalgia en las miradas. De lo propio que se queda, del cuerpo que se aleja. Las ventanillas por momentos funcionan como fotogramas. La cinta corre una road movie repleta de paisajes que varían a lo largo de las horas. Por momentos los cristales mutan a espejos que devuelven escenas del viaje interior. Para muchos lo que viene ya es una rutina de vida. Para otros, más jóvenes, la promesa de algo diferente, algo nuevo: un trabajo, una familia, una redención.
Un manto de luz como resolana empieza a alumbrar el interior. Nadie hace el intento de despertar. El sol naranja brillante empieza a salir tras la estepa y va dibujando los cuerpos de los viajeros. Calienta las ventanillas y descubre las caras que ciñen las pestañas como protegiendo el último descanso. Merodean brazos, piernas, los dedos de Mariana que juega a rascarle la cara a Héctor. Puntos anaranjados bailan sobre las pieles marroncitas, pegan en las viseras y achinan más los ojos profundos trashumantes.
En la primera parada del día, en el estar del baño, Mariana sonríe y después de unos segundos explotan unas lágrimas contenidas. “No pensaba que esto iba a ser tan duro”, dice. Saltar, escapar, probar qué pasa lejos de los afectos desata miedos, dolores y angustias impensadas. Una mano, una escucha, unos frutitos secos y un poco de agua la abrazan. En esta parada no hay santitos ni cumbias festivas ni señas. Se apela al calor humano.
Es el segundo año en el que Moro viaja hacia Villa Regina junto a María y Ángel, sus hijos, y un vecino. Vienen del Mercofrut. Moro trabaja en la construcción, hace plomería, conexiones de red de gas y electricidad. La última vez volvió a Tucumán convencido de comprar un terrenito para irse a vivir al valle. Su misión esta vez es convencer a Deolinda, su esposa, que se quedó en el Norte. En realidad Moro viajó hace 27 años a la cosecha de la pera y manzana por primera vez con su papá y su hermano. Viajaron engañados por un colectivo que los regenteó por la zona de Taruca Pampa, Burruyacu. En Fiske Menuco (General Roca) trabajaron en una empresa de Sapag donde un capataz obediente les retuvo los documentos. Dormían como podían en el piso. Después de un mes y el cobro de un pago que no era el estipulado, Moro recuperó su documento y sacó un colectivo de línea destino Tucumán, jurándose todo el camino no volver.
Emiliano es también del barrio Mercofrut. Recibe con diversión la tarea de ayudar a hacer cámara con una handy. La toma con responsabilidad y le habla al video, al futuro espectador, con la simpatía de un cronista de streaming. Es la segunda vez que viaja a cosechar, esta vez acompañando a tres hermanos, amigos de su barrio.
En Tucumán existe una práctica represiva sistemática utilizada por la policía: el “trencito”. Consiste en raleos dirigidos a pibes de barrios periféricos, trabajadores ambulantes, de gorrita. Los amenazan, insultan, golpean y capturan sin ningún motivo. Emi fue víctima del trencito unas quince veces. Le roban lo recaudado. La última vez la policía lo persiguió hasta su casa. Entraron sin orden ni pedido de captura. Lo golpearon y le astillaron dos dientes. Fue encañonado y llevado a dar vueltas con destino a la Comisaría N° 13. Había salido a trabajar y sin querer terminó tratando de avisarle a su mamá que estaba vivo. Mientras cuenta, otros pibes muestran sus colecciones de moretones y cortes.
El mapa de la policía es una herramienta comunitaria que sirve para denunciar y sistematizar violencia policial. Lo integran organizaciones sociales, medios comunitarios, colectivos y militantes. En Tucumán fue implementado en diciembre y ya se encuentra disponible el formulario de denuncias online. La URL del sitio ya circula entre los viajeros y los amigos que se quedaron con la promesa de usarlo y difundirlo.
Brian dice por lo bajo que muchas veces también fue levantado por el trencito. “En el valle no nos joden”, asegura. Aunque existe un antecedente que retumba como legüero en la memoria colectiva de los norteños: la desaparición de Daniel Solano, el joven golondrina nacido en Tartagal, en el mismo Norte profundo del que ellos proceden. Su caso, ocurrido en 2011 en Choele Choel, donde había ido a cosechar para la empresa belga Expofrut, que aún opera, expone la amenaza de quienes se atreven a denunciar el robo de sus salarios y las condiciones infrahumanas de contratación. La violencia que lo desapareció aquella noche, fuera del boliche Macuba, no es un hecho aislado sino la expresión más brutal de un sistema que no termina de abolirse. Cada reivindicación de su lucha es también un gesto de rebeldía. Un reflejo del nunca más.
El colectivo detiene el andar. Enfrente hubo un accidente. Un auto embistió a un camión grande de combustible. No hay víctimas fatales pero el conductor quedó atrapado dentro del auto con un brazo quebrado que sale por su ventanilla. Los golondrinas se agolpan en las ventanillas, se tapan los ojos, murmuran, sacan fotos y filman. En 2010, desde el descubrimiento y posterior explotación y boom del fracking en la formación Vaca Muerta, el tránsito de camiones en estas rutas se intensificó, al lado de una nula planificación de arterias que descompriman.
Desfilan las cigüeñitas mecánicas y a lo lejos, bajo la barda, las alamedas anuncian que estamos en Catriel. “Río Negro. No veía las horas de leer ese cartel”, dicen entre risas. Dentro de poco van a empezar a repartir a las golondrinas. Al poco tiempo baja la familia con el niño que va haciendo despedidas de puño con puño con sus nuevos amigos a quienes posiblemente no vuelva a ver en menos de un año.
Cada momento casi desértico y silencioso sobre la siesta es buen momento para descansar. El paisaje se vuelve monótono antes de la próxima barda. La alameda que se divisará pronto va a remover todo en este micro. Lo que ahora es frecuencia monótona pronto serán sentimientos encontrados. Empezarán las despedidas. Pero en este ratito se cuidan el sueño. Afuera las jarillas perfuman el horizonte. Las acequias celestes abrazan hileras de manzanas y peras, algunas bajo el manto blanco de telas antigranizo. Los changos señalan empaques, grandes estructuras, galpones donde reposan cajones gigantes llenos de rojo o verde. Al lado de los canales de riego, familias sentadas en reposeras se refrescan del verano que marca 37 grados mientras en las paradas improvisadas los golondrina se van perdiendo entre las chacras de frutales.
El único que baja en Cipolletti con rumbo a Neuquén es Brian. Camina entre las rotondas y cruza el puente con una sonrisa brillante. Mira hacia el río, hacia el cielo y grita: “Aquí soy yo. Aquí no consumo paco y mi hermano, que llega pasado mañana, se emociona de verme así. Vengo para quedarme. Aquí soy yo”. Tras el puente encara hacia la izquierda y su huella se pierde rumbo a la piecita donde lo espera su cama para descansar y el anafe para preparar en dos días el guisito de bienvenida a su hermano. En cuatro días arranca el laburo. En el viaje su redención.
“Hay que dar vuelta todo
Como la taba
El que no cambia todo
No cambia nada”.
Armando Tejada Gomez
Gastón Bejas es realizador audiovisual (CONICET) en el Laboratorio de Investigación en Ciencias Humanas (LICH) de la UNSAM. Fotógrafo y documentalista.
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