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Erreway, 20 años después: adolescencia, nostalgia y la fuerza de los relatos

La banda nacida de la telenovela Rebelde Way volvió a los escenarios y despertó algo más que un simple fenómeno musical. El reencuentro con ese pasado plantea interrogantes sobre el lugar que ocupan los relatos culturales en la construcción de la identidad juvenil. ¿Qué cambió en estos 20 años?

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La banda nacida de la telenovela Rebelde Way, y como parte de un fenómeno más amplio que incluyó producciones como Chiquititas, Floricienta o Casi Ángeles, marcó a toda una generación de adolescentes. Los productos televisivos de Cris Morena fueron criticados por la hegemonía estética de sus protagonistas, por el carácter aspiracional de colegios y entornos alejados de la realidad social argentina y por la falta de regulación en la industria, con testimonios posteriores sobre malos tratos. Sin embargo, sería un error reducir el fenómeno solo a esas sombras. Estas producciones lograron algo decisivo: canalizar las emociones adolescentes y poner en escena problemáticas universales como la búsqueda de identidad sexual, los duelos familiares, los conflictos de amistad, los problemas alimenticios o la violencia intrafamiliar.

La adolescencia es un período de búsqueda de identidad y pertenencia, atravesado por una intensa vulnerabilidad emocional. En ese proceso, los relatos culturales cumplen un rol simbólico clave: funcionan como espejos en los que los jóvenes pueden reconocerse y organizar sus experiencias. En los años 1990 y 2000, las producciones de Cris Morena ofrecieron un relato colectivo, un espacio común que, con sus contradicciones, ayudó a millones de adolescentes a no sentirse solos en sus procesos vitales.

Si antes los adolescentes compartían un relato común, hoy las nuevas generaciones se desarrollan en un contexto de hiperfragmentación digital, dominado por redes sociales y algoritmos. Eso multiplica las opciones, pero también debilita la construcción de relatos colectivos y deja a muchos jóvenes más expuestos a la soledad.

 

Fenómenos como el regreso de Erreway reactivan emociones particulares: la nostalgia, mezcla de ternura y tristeza por lo vivido; los duelos simbólicos, que aparecen cuando se cierran etapas aunque no haya pérdidas definitivas; y la angustia existencial, ese vértigo frente al paso del tiempo y a la conciencia de que todo ciclo se cierra. A ello se suma un concepto cultural difícil de traducir pero muy preciso: la “saudade” portuguesa, entendida como la presencia de una ausencia, una forma de melancolía que duele pero también acaricia.

Si antes los adolescentes compartían un relato común, hoy las nuevas generaciones se desarrollan en un contexto de hiperfragmentación digital, dominado por redes sociales y algoritmos. Eso multiplica las opciones, pero también debilita la construcción de relatos colectivos y deja a muchos jóvenes más expuestos a la soledad. La cara más dura de esa vulnerabilidad se observa en la actualidad: adolescentes atrapados en dinámicas de violencia, narcotráfico o explotación sexual, donde la falta de contención y referentes se vuelve un factor de riesgo.

La vuelta de Erreway muestra que los relatos culturales de la adolescencia dejan huellas imborrables. Lo importante, hoy, no es solo recordar lo que esas ficciones significaron, sino preguntarnos qué relatos y espacios de pertenencia estamos ofreciendo a los adolescentes actuales. Porque lo que está en juego no es la nostalgia del pasado, sino el tipo de huella que queremos dejar en las nuevas generaciones.

*Psicólogo Clínico Cognitivo
Facebook / Instagram / YouTube: @marianoratopsicologo

 

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