Entre la ley y la práctica: la formación en salud mental en disputa
La Ley Nacional de Salud Mental no sólo regula prácticas: disputa sentidos. Como parte del dossier que 4Palabras está publicando sobre la ley de salud mental, esta nota indaga el papel de la formación profesional, las residencias y la transmisión ética en un escenario marcado por retrocesos, desfinanciamiento y conflictos de paradigma.
- febrero 12, 2026
- Lectura: 3 minutos
Compartir:
- febrero 12, 2026
- Lectura: 3 minutos
Compartir:
La Ley Nacional de Salud Mental volvió al centro de la discusión pública en un contexto de retrocesos, disputas y relecturas forzadas. Lo que durante años se creyó saldado en torno al modo de vivir, cuidar y formar en salud mental reaparece hoy atravesado por nuevas tensiones.
Sin embargo, la ley suele conocerse de manera fragmentaria o meramente declarativa. Esto vuelve necesario afirmar y visibilizar el valor que tiene para el campo de la salud mental, especialmente en un aspecto: la formación profesional.
Hablar de la formación de quienes comparten sus prácticas en el campo de la salud mental implica, inevitablemente, hablar de la Ley Nacional de Salud Mental. No sólo porque constituye el marco normativo que regula las prácticas, sino porque interpela de manera directa al sistema de salud mental que queremos y al que aspiramos, en un contexto donde las problemáticas de salud mental se caracterizan por su altísima complejidad.
Esta ley no es un texto aislado, sancionado entre gallos y medianoche, ni un efecto coercitivo de algunos ideólogos. Es la cristalización de compromisos internacionales y el resultado de un proceso de movimientos y luchas que sentaron las bases para una transformación profunda en el campo de la salud mental.
Este marco legal, alineado con documentos y principios internacionales, promueve un cambio de paradigma. Se distancia del modelo asilar, tutelar, paternalista, centrado en la enfermedad y sostenido por el discurso preponderantemente biomédico. Propone, desde una perspectiva de derechos, un enfoque inclusivo, integral, interdisciplinario e intersectorial, accesible y equitativo. Interroga el concepto de enfermedad mental como entidad aislada e inscribe a la Salud Mental dentro de la complejidad de los procesos de salud, atención y cuidado y las condiciones materiales de producción del sufrimiento / padecimiento mental.
Hablar de la formación de quienes comparten sus prácticas en el campo de la salud mental implica, inevitablemente, hablar de la Ley Nacional de Salud Mental. No sólo porque constituye el marco normativo que regula las prácticas, sino porque interpela de manera directa al sistema de salud mental que queremos y al que aspiramos, en un contexto donde las problemáticas de salud mental se caracterizan por su altísima complejidad.
No es sólo una norma jurídica. Tiene la potencia de constituirse en un verdadero marco formativo. Más allá del énfasis explícito en la capacitación de recursos humanos (Art. 33), representa un desafío para quienes estamos a cargo de programas de residencias.
Así la residencia, como sistema formativo, es por definición un territorio de transmisión. El entorno real en el que se insertan residentes constituye un espacio de producción y circulación de saberes. Allí se aprenden saberes clínicos, modos de intervenir, estilos de trabajo, actitudes frente al sufrimiento del otro y formas de vincularse con los usuarios del sistema de salud.
La ley no desestima la clínica ni desconoce desarrollos conceptuales alcanzados. Lo que hace es redefinir sus condiciones éticas, institucionales y políticas. Para quienes se forman en residencias, esto implica aprender a decidir de otro modo: escuchar la palabra del usuario, trabajar en equipo, justificar las prácticas, favorecer las redes de cuidados.
La ley introduce tempranamente el enfoque de derechos, obliga a revisar prácticas históricamente naturalizadas (como internaciones prolongadas, decisiones unipersonales, etc.); y habilita una lectura crítica del saber experto y del lugar del profesional en el complejo campo de la salud mental.
Ahora bien, el reconocimiento de estas fortalezas no puede ocultar una realidad ampliamente compartida: la distancia entre el marco normativo y las condiciones concretas en que se despliegan las prácticas.
La brecha entre la ley y las prácticas no es un accidente ni un problema técnico: es el resultado de decisiones políticas sostenidas que han optado por desfinanciar, demorar o vaciar los dispositivos necesarios para hacer efectivo el derecho a la salud mental.
Muchos de los obstáculos no provienen de los principios de la ley, sino de decisiones de políticas públicas concretas que han debilitado su implementación. La falta de recursos, la escasez de dispositivos intermedios y comunitarios impactan también en la poca disponibilidad de escenarios para que se formen los profesionales en la red de cuidados progresivos. Pero, además, en gran parte de los formadores que adhieren al paradigma de la ley, aún persiste la influencia del modelo hospitalocéntrico, con hegemonía del discurso bio- médico, sostenido por algunos actores (muchos con poder de decisión). Esta coexistencia entre enfoques divergentes, impacta en la práctica diaria generando una convivencia problemática.
La formación en residencias no ocurre en el vacío. Está atravesada por rasgos de época: la inmediatez, la lógica del rendimiento, la fragmentación del saber, la precarización institucional. Estas condiciones afectan tanto a residentes como a formadores. En este contexto, lo que podemos llamar “modelo gerencial” de gestión sanitaria aparece como una amenaza para la formación de calidad. La dificultad para sostener procesos, la demanda de respuestas rápidas a problemas estructurales y el desgaste institucional generan un terreno fértil para el “cinismo formativo”: cumplir la ley en el papel, pero no en la práctica.
Sin embargo, la cotidianeidad en la que se forman los jóvenes profesionales y las marcas de la época pueden convertirse en límites a la intencionalidad o pueden ser tensiones con las que es posible maniobrar en la gestión formativa.
Nos inclinamos por esta segunda opción: asumir esas tensiones como parte del desafío de formar profesionales responsables y comprometidos con los valores y la ética, esenciales en el campo de la Salud Mental. Nuestra apuesta es, entonces, reducir la brecha entre la intención formativa y el contexto real de las prácticas de aprendizaje.
La formación en salud mental hoy no se juega solo en el conocimiento de la ley. Se juega, sobre todo, en la posibilidad de transmitir una ética del cuidado en instituciones atravesadas por tensiones generacionales, disputas de poder y profundas transformaciones culturales.
Defender la Ley de Salud Mental no es sólo sostener un marco normativo: es animarse a revisar cómo formamos, quiénes forman y en qué condiciones se transmiten hoy las prácticas del cuidado.
Verónica Roma es licenciada en Psicología
4Palabras
Compartir:
Temas relacionados
Comentarios Cancelar la respuesta
Más leídas
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad
Suscríbete a nuestro boletín para mantenerte actualizado
Publicidades
Más información
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad



