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“El pueblo unido jamás será vencido” suena en las calles de Minneapolis

Protestas contra la ofensiva migratoria de Trump reactivan un himno chileno convirtiéndose en símbolo de resistencia: no detiene por sí solo las redadas, pero vuelve visible una memoria común y organiza una resistencia cultural que cruza fronteras.“El pueblo unido jamás será vencido” está asociado al conjunto chileno Quilapayún, y su autoría es de Sergio Ortega. Se cantó por primera vez en 1973 y hoy se entona en las protestas de los migrantes en Estados Unidos.

Por Aníbal Pastor N., desde Chile

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Mineapolis ICE out now

En Minneapolis el termómetro puede estar bajo cero, pero lo más helado es la naturalización de la crueldad como método. Frente a ese frío, una canción no es una solución técnica; es una forma de compañía y de memoria activa.

Por eso su “efectividad” no se mide en cantidad de deportaciones frenadas, sino por su capacidad de sostener a una comunidad y de recordarle al poder que la historia no empezó ayer. Que en Estados Unidos se cante en español una consigna nacida en el Chile en 1973, no es un detalle pintoresco: es la señal de que la resistencia también viaja, aprende y vuelve.

Y cuando la resistencia canta, lo que está diciendo —sin necesidad de largas explicaciones— es esto: no estamos solos. Veamos:

La ofensiva Trump

En enero de 2026, Minneapolis volvió a ocupar titulares globales, pero no por un hecho aislado sino por un patrón: una ofensiva migratoria de alto impacto desplegada por el gobierno federal en ciudades gobernadas por demócratas. Reportajes de Reuters describen que, desde diciembre, miles de agentes federales —ICE y Patrulla Fronteriza— fueron enviados al área de Minneapolis–St. Paul para operativos de detención y deportación, alimentando una escalada diaria de tensión en barrios y espacios públicos.

En ese contexto, la muerte de Alex Pretti, un enfermero de 37 años y ciudadano estadounidense, abatido por un agente federal en Minneapolis, se convirtió en un punto de quiebre. Medios como The Washington Post y Business Insider han informado que existen videos del episodio y controversia pública sobre el uso de la fuerza y sobre el momento exacto en que se produjeron los disparos. La discusión no se reduce a un caso: revela cómo una política de “mano dura” tiende a empujar el límite de lo tolerable, incluso cuando quien termina en el suelo no es un migrante, sino un testigo con un teléfono en la mano.

La noche del 25 de enero, la tensión se desplazó a un hotel cercano a la Universidad de Minnesota (Home2 Suites), donde manifestantes creían que se alojaban agentes federales. Según The Guardian, la protesta derivó en daños a la propiedad y el uso de irritantes químicos para dispersar a la multitud, en una escena que dejó al descubierto un conflicto de jurisdicciones y de legitimidad: autoridades estatales alegaron falta de coordinación, mientras el gobierno federal defendió sus tácticas. No es un detalle: cuando la política migratoria se implementa como “operación”, la ciudad entera —sus calles, sus escuelas, su vida cotidiana— queda convertida en escenario de fuerza y escarmiento.

La fractura del relato oficial

La secuencia de Minneapolis suma un elemento especialmente corrosivo: en enero último también murió Renee Nicole Good, otra ciudadana estadounidense, en el marco de un operativo federal. La prensa ha informado que funcionarios de la administración Trump defendieron la actuación del agente involucrado, mientras activistas y organizaciones denunciaron una escalada de prácticas agresivas, incluida la dispersión con gas lacrimógeno o el uso de armas largas en contextos urbanos.

Más allá de las versiones oficiales, el problema político es que hay una estrategia comunicacional que busca convertir la migración en teatro de soberanía que, por su propia naturaleza, alcanza una “alta visibilidad” y en consecuencia incrementa el riesgo de confrontación en la calle. Cuando el Estado decide “mostrar” poder —más que ejercerlo con prudencia—, el conflicto se vuelve casi inevitable y el costo se distribuye sobre los cuerpos de quienes están más expuestos: migrantes, vecinos, observadores, trabajadores y estudiantes.

“El pueblo unido” en la calle

En ese clima aparece un dato que, visto desde América Latina, tiene un peso simbólico inmediato: en protestas vinculadas a estas redadas medios de comunicación han señalado que se ha escuchado, en español, el canto “El pueblo unido jamás será vencido”, a distintas experiencias de protestas en América Latina. 

Más allá de las versiones oficiales, el problema político es que hay una estrategia comunicacional que busca convertir la migración en teatro de soberanía que, por su propia naturaleza, alcanza una “alta visibilidad” y en consecuencia incrementa el riesgo de confrontación en la calle. Cuando el Estado decide “mostrar” poder —más que ejercerlo con prudencia—, el conflicto se vuelve casi inevitable y el costo se distribuye sobre los cuerpos de quienes están más expuestos: migrantes, vecinos, observadores, trabajadores y estudiantes.

Su origen data del 12 de junio de 1973, cuando el conjunto Quilapayún lo interpretó por primera vez en una manifestación de mujeres partidarias del Gobierno popular, en Santiago.  Y luego se grabó en el Primer Festival de la Canción Popular poco antes del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.

Este tema hoy es cantado en distintos lugares de Estados Unidos. Un medio local de Georgia registró que manifestantes la corearon en Savannah al protestar por la muerte de Renee Good. Registros audiovisuales difundidos por PBS NewsHour muestran la consigna en movilizaciones contra el endurecimiento migratorio. Y el Chicago Sun‑Times (en su edición La Voz) ya había recogido su uso en acciones de “patrullas vecinales” frente a hoteles donde se alojaban agentes federales.

Este dato no es folclor. Cuando una multitud en Estados Unidos canta en español —y lo hace con un canto nacido en la historia política latinoamericana— se produce un desplazamiento cultural: el “problema migratorio” deja de ser solo un expediente policial y entra en el terreno de la memoria, la identidad y la dignidad. En una época donde se busca volver sospechoso el acento, el idioma y el cuerpo migrante, el español en la calle se vuelve una afirmación pública de existencia. Y una canción, de pronto, se transforma en un modo de decir: “aquí estamos, nos reconocemos, no aceptamos el miedo como normalidad”.

De Santiago a Minneapolis

Conviene precisar el origen: “El pueblo unido jamás será vencido” está asociado al conjunto chileno Quilapayún, y su autoría es de Sergio Ortega y del propio conjunto en 1973. Fuentes chilenas especializadas señalan la centralidad de Ortega en la creación de este himno. Estudios recientes, además, describen su expansión global: no solo como canción, sino como consigna capaz de adaptarse a idiomas, ritmos y coyunturas, con decenas de versiones registradas a lo largo de décadas.

Por eso no “aparece” en Estados Unidos como una rareza importada: llega porque ya era parte de un archivo vivo de la protesta contemporánea. Para comunidades latinoamericanas, no es un sonido neutro: es una clave de memoria. Para quienes no comparten esa historia, funciona como una invitación: si la política oficial pretende aislar al migrante, la canción lo reintegra a un “nosotros” más amplio.

En el repertorio de las movilizaciones, esta consigna cumple un papel específico: no es un programa de gobierno, sino una disciplina afectiva. Ordena el miedo. Vuelve comunidad lo que el poder intenta fragmentar en casos aislados. En tiempos de redadas, eso es políticamente decisivo.

Lo que una canción puede lograr

Ciertamente, cantar no detiene por sí solo una deportación. Y la evidencia reciente muestra que la ofensiva federal continúa. Los medios informan que el gobierno se prepara para invertir sumas millonarias en expansión del aparato de control migratorio y en contratación acelerada de nuevos agentes, lo que ha abierto dudas sobre estándares de entrenamiento y supervisión.

En el repertorio de las movilizaciones, esta consigna cumple un papel específico: no es un programa de gobierno, sino una disciplina afectiva. Ordena el miedo. Vuelve comunidad lo que el poder intenta fragmentar en casos aislados. En tiempos de redadas, eso es políticamente decisivo.

También se disputa el terreno judicial. En Minneapolis, un juez federal había ordenado límites a detenciones y uso de gas lacrimógeno contra manifestantes pacíficos; pero un tribunal de apelaciones levantó de manera temporal esas restricciones mientras revisa el caso, según Reuters. Dicho de otra forma: incluso el derecho a observar, registrar y protestar se está volviendo un campo de batalla.

Entonces, ¿dónde está la “eficacia” del canto? En el relato público y en la capacidad de sostener comunidad. Una canción puede no doblarle la mano al ICE hoy; pero sí puede disputar el sentido de lo que está pasando. En particular, puede desarmar dos piezas centrales de la narrativa trumpista: la deshumanización del migrante y la criminalización automática de quien protesta u observa.

Además, la consigna opera como puente generacional y transnacional. Vincula la experiencia latinoamericana —golpes, exilios, luchas por los derechos humanos— con la experiencia contemporánea de comunidades migrantes en Estados Unidos. En una “guerra cultural” de derechas, donde se persigue el idioma y se penaliza la empatía, esa conexión es una forma concreta de resistencia.

Trump, Milei y el laboratorio del miedo

La escena de Minneapolis también interpela a América Latina porque muestra, en tiempo real, un laboratorio político: securitización, excepcionalidad, enemigo interno, desprecio por los derechos de las personas y por mediaciones institucionales. El miedo se vuelve política pública, y el aparato estatal aprende a operar con una pedagogía de intimidación.

En Argentina, bajo Milei, el vocabulario de la “guerra cultural” se ha convertido en eje de gobierno y de disputa social. No se trata de decir que Estados Unidos “se parece” a Argentina, sino de advertir una circulación de métodos: se instala un relato donde el adversario no es un competidor democrático, sino una amenaza que debe ser neutralizada; y donde la diferencia (migrante, pobre, disidente) se transforma en sospecha.

Por eso, Minneapolis funciona como advertencia. Cuando una sociedad admite que el poder opere a rostro cubierto y sin control social efectivo, la excepcionalidad tiende a expandirse. La resistencia cultural —incluida la música— no reemplaza la política, pero puede marcar el límite moral que la política institucional a veces negocia.

 

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