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Chile: el amago de incendio y el uso político de la niñez haitiana
Niños y niñas haitianos que llegaron a Chile en un proceso de reunificación familiar fueron reportados como desaparecidos, sin referencia sobre sus paraderos y actividades. Los niños fueron localizados y ahora la denuncia se centra en el uso político del caso, más allá de que se comprueben fallas en cuanto al procesamiento de la información y la documentación.
Por Aníbal Pastor (desde Santiago de Chile)
- junio 23, 2026
- Lectura: 4 minutos
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- junio 23, 2026
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La reciente crisis por el paradero de menores haitianos en Chile permite ensayar una hipótesis política más descarnada, aunque no por ello desproporcionada: en la política, los más vulnerables suelen terminar convertidos en carne de cañón. Y cuando se trata de migrantes —más aún, de niñas, niños y adolescentes— la pregunta no puede limitarse a qué ocurrió. También se debe indagar quién gana cuando una falla estatal se transforma en incendio nacional.
¿Por qué una administración dejaría crecer, filtraría o magnificaría información incompleta sobre menores que debieran estar localizados junto a sus familias o adultos responsables? Formulada como hipótesis, la pregunta ilumina el episodio de otro modo: como quien aviva las brasas con un soplador y luego corre a posar con la manguera. Extraño, sí. Pero no inverosímil.
El incendio comenzó a arder ante la opinión pública tras la revelación de un preinforme de la Contraloría General de la República. El documento expuso graves fallas de trazabilidad en el ingreso y seguimiento de niñas, niños y adolescentes haitianos que llegaron al país por el aeropuerto de Santiago, en el marco de procesos de reunificación familiar.
Así se instaló en la agenda el ingreso masivo de menores haitianos mediante vuelos chárter, bajo una figura de sentido humanitario, pero con controles administrativos deficientes, documentos discutidos y domicilios que no siempre permitieron ubicar a los niños en una primera verificación. La discusión pública se concentró, además, en la flexibilización de requisitos aplicada en 2024 por razones humanitarias, en medio de la grave crisis que vive Haití.
La alarma máxima se encendió cuando los medios recibieron antecedentes que hablaban de más de 200 menores sin ubicación clara, Aquí, en 4Palabras informamos oportunamente de este hecho. La cifra abrió la puerta a especulaciones sobre redes de trata o tráfico de personas, aunque varias voces llamaron a no convertir una hipótesis investigativa en condena anticipada. Pero, para entonces, la escena pública ya estaba tomada por el miedo.
Justo cuando las llamas del escándalo dominaban la agenda, el oficialismo apareció con traje de rescatista. El gobierno del presidente José Antonio Kast convocó a los poderes del Estado, encargó coordinaciones interministeriales y, luego, la Cancillería designó al diplomático de carrera Marco Antonio Aguayo como embajador en misión especial en Haití, con el encargo de coordinar acciones y apoyar la búsqueda de información sobre los menores cuyo paradero seguía sin claridad.
La puesta en escena fue eficaz: un Estado que se muestra urgente, severo y resolutivo. Sin embargo, al mismo tiempo, distintos municipios y comunidades comenzaron a entregar información que obligaba a matizar el relato inicial.
Algunos de esos niños no estaban perdidos en un agujero negro criminal: asistían a colegios, vivían con familiares o aparecían vinculados a servicios locales. Es decir, podían estar fuera del domicilio registrado sin estar necesariamente desaparecidos.
La trabajadora social y activista por los derechos de las personas migrantes Michel-Ange Joseph, en declaraciones a The Clinic, bajó la temperatura de la alarma con un dato relevante: desde su experiencia comunitaria y jurídica, no existirían denuncias de familias haitianas por la desaparición de menores. Su frase fue directa: “La niñez haitiana está siendo utilizada como un juguete en una pelea política”.
Transformar direcciones desactualizadas en un apocalipsis de niños perdidos permite dos operaciones simultáneas: desplazar el foco desde la falla institucional hacia el miedo social y exhibir, luego, una acción heroica del poder. El migrante deja de ser persona y se convierte en prueba, amenaza, cifra, expediente, recurso retórico. Y si además es niño, el efecto emocional se multiplica.
La advertencia no debe llevar a minimizar las irregularidades. Si hubo documentos falsos, adultos que ingresaron reiteradamente con menores, controles deficientes o eventuales delitos, corresponde investigarlo con todo el rigor del Estado. Pero una cosa es investigar para proteger a la niñez y otra muy distinta es construir una escena de amenaza colectiva donde la comunidad haitiana aparece, otra vez, bajo sospecha.
Ahí asoma la imagen incómoda del bombero pirómano. El caos burocrático del propio Estado —bases de datos que no conversan, domicilios no actualizados, responsabilidades repartidas entre Migraciones, PDI, Cancillería, municipios y organismos de infancia— termina siendo utilizado para instalar un relato de crisis extrema. Y ese relato calza demasiado bien con un gobierno que ha querido definirse como “de emergencia” y con una derecha que ha hecho de la migración irregular uno de sus principales combustibles políticos.
Transformar direcciones desactualizadas en un apocalipsis de niños perdidos permite dos operaciones simultáneas: desplazar el foco desde la falla institucional hacia el miedo social y exhibir, luego, una acción heroica del poder. El migrante deja de ser persona y se convierte en prueba, amenaza, cifra, expediente, recurso retórico. Y si además es niño, el efecto emocional se multiplica.
La pregunta de fondo no es si el Estado debe buscar a esos menores. Debe hacerlo, sin demora y con todos los resguardos. La pregunta es si esa búsqueda se hará para protegerlos o para convertirlos en argumento de campaña permanente. Porque cuando la infancia migrante es tratada como combustible de una disputa política, el incendio no lo sufren quienes aparecen con la manguera. Lo sufren los de siempre. Los migrantes.
Esta vez, es peor: niñas y niños.
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