Argentina / 3 febrero 2026

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Centro sur de Chile bajo fuego

Un escenario muy similar al que se observa en el sur argentino. Una emergencia que expone fragilidades estructurales. Dudas sobre el modelo de desarrollo forestal predominante en el centro-sur de Chile y la protección de las comunidades. El mensaje del arzobispo católico de Concepción: solidaridad con las víctimas y alerta sobre las consecuencias a mediano plazo.

Por Aníbal Pastor N., desde Chile

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Incendios forestales en Chile

La Región del Biobío -ubicada a 500 kilómetros al sur de Santiago- enfrenta una nueva ola de incendios forestales de gran magnitud que vuelve a tensionar al límite sus capacidades de respuesta y deja al descubierto problemas estructurales no resueltos

Las llamas han avanzado con rapidez sobre sectores rurales y periurbanos, destruyendo viviendas, afectando infraestructura comunitaria y provocando 16 víctimas fatales, en un escenario marcado por altas temperaturas, vientos intensos y una prolongada sequía que ya no puede considerarse excepcional. Más de 50 mil personas han sido evacuadas y se han destruido dos ciudades pequeñas cerca de Concepción.

El impacto de los incendios no es homogéneo. Las zonas más afectadas concentran altos niveles de vulnerabilidad social, con familias que habitan en condiciones precarias, escaso acceso a seguros y limitada capacidad de reconstrucción autónoma. 

La pérdida de una vivienda en estos contextos no es solo material: implica quiebre de redes, interrupción de trayectorias laborales y educativas, y un aumento significativo del riesgo de empobrecimiento. 

A ello se suma el daño a equipamientos comunitarios —escuelas, sedes vecinales, espacios de encuentro— que cumplen un rol clave en la cohesión territorial. También algunos templos han sido completamente destruidos por el fuego.

Más allá de la emergencia inmediata, los incendios vuelven a instalar preguntas de fondo sobre el modelo de desarrollo forestal predominante en el centro-sur de Chile, la planificación del uso de suelo y la protección efectiva de las comunidades. 

La alta concentración de monocultivos forestales, la cercanía de zonas habitadas a áreas de alto riesgo y las brechas en prevención y cortafuegos son factores ampliamente conocidos, pero insuficientemente abordados con políticas de largo plazo.

La respuesta estatal y municipal, aunque activa en la contención y el combate del fuego, enfrenta límites evidentes cuando las catástrofes se repiten con esta intensidad. 

Una vez controladas las llamas, el desafío se desplaza hacia la reconstrucción, la atención psicosocial de las personas afectadas y la definición de medidas que eviten que la historia vuelva a repetirse el próximo verano.

Más allá de la emergencia inmediata, los incendios vuelven a instalar preguntas de fondo sobre el modelo de desarrollo forestal predominante. La alta concentración de monocultivos forestales, la cercanía de zonas habitadas a áreas de alto riesgo y las brechas en prevención y cortafuegos son factores ampliamente conocidos, pero insuficientemente abordados con políticas de largo plazo.

 

Lo que ocurre hoy en el Biobío no es un hecho aislado ni un accidente imprevisible. Es parte de una crisis climática y territorial que exige decisiones estructurales, coordinación interinstitucional y una mirada que ponga en el centro la vida de las personas y la sostenibilidad de los territorios. Sin ese giro, los incendios seguirán siendo una tragedia anunciada.

En este contexto, las palabras del arzobispo de Concepción, Sergio Pérez de Arce, animó a las comunidades víctimas. Su mensaje se distinguió por tres rasgos poco frecuentes en contextos de emergencia: una palabra situada en las víctimas concretas —con nombres, comunidades y pérdidas reales—, un llamado a la organización de la ayuda más allá del gesto simbólico y una mirada de mediano plazo que reconoce que la crisis no termina cuando se apagan las llamas. 

Y junto con el llamado a la solidaridad inmediata, el arzobispo enfatizó en una acción sostenida y en el acompañamiento posterior a la emergencia. Así, sus declaraciones no solo son valoradas por las comunidades víctimas sino que aportan también densidad pública y sentido práctico, incluso para lectores no creyentes, al recordar que las catástrofes también se enfrentan con responsabilidad social, coordinación y presencia real en los territorios afectados.

 

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