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“Borges piensa desde el Sur, sin complejos de inferioridad, y ese es un aporte extraordinario”

El periodista y sociólogo Néstor Gabriel Leone publicó “Código Borges”, su monumental análisis sobre la obra del autor de “El libro de arena”. En la entrevista, desmantela la imagen de escritor “difícil” y revela un Borges más legible, popular y clave para entender la cultura argentina.

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Jorge Luis Borges es una figura cumbre de la literatura universal. Influencia reconocible para otros escritores, pero también para cineastas, músicos, arquitectos, matemáticos. Para muchos, sin embargo, es un creador distante, casi inaccesible, envuelto en un aura de erudición tan vasta como intimidante.

El sociólogo, escritor y periodista Néstor Gabriel Leone se propuso analizar la obra del autor argentino en su reciente libro, Código Borges, un trabajo monumental de 500 páginas que nació de una lectura sistemática e intensa durante la pandemia.

Publicado por el Grupo Editorial Sur, la obra invita a despojar a Borges de los prejuicios, los políticos y los estilísticos, para encontrar a un escritor radicalmente “más legible y ameno”, cuya literatura está a contramano de muchas de las provocaciones de su personaje público. Desde su vínculo temprano con el anarquismo y el escepticismo, hasta su relación con el peronismo y su postura de pensar el mundo desde la periferia sin complejos de inferioridad, Código Borges ofrece nuevas claves para leer al autor de El Aleph y entender por qué, a más de medio siglo, sigue siendo inagotable y esencial para pensar la complejidad de nuestro presente.

 

¿Cómo fue el proceso de “codificación” de Borges? ¿Cómo se dio el pasaje de leer a escribir sobre Borges? 

Borges siempre había estado dando vueltas. Lecturas tempranas, intermitentes y amateurs. Hasta la pandemia. Ahí, con algo más de tiempo, lo empecé a leer de manera sistemática, a partir de algunos criterios que me interesaba pensar desde sus textos. Lo popular, por ejemplo. O lo periférico. O la idea de totalidad. Lectura con lápiz en mano y atento a lo que esos textos me podían disparar. Pero no me imaginé que iba a estar cuatro años metido ahí, ni que el resultado podía ser un libro de 500 páginas. La clave, creo, estuvo en no dejarse paralizar por la pregunta atendible respecto a qué nuevo podía decirse sobre un escritor del que tanto se publicó y del que parece que ya se dijo todo. Porque Borges resulta inagotable. Su literatura permite infinitas apropiaciones y, además, resulta clave para pensar la complejidad del mundo actual, desde la lógica algorítmica a nuestro lugar en el mundo.

¿Por qué en el libro señalás la presencia de una suerte de gran mal entendido? Es decir, que ante la construcción de un Borges lejano,  críptico, “difícil”, vos encontrás un escritor “más legible y ameno”.

El libro es una invitación a leer sus textos despojados de prejuicios, ya sean políticos o estilísticos. Prejuicios y malentendidos que el propio Borges contribuyó a difundir con el personaje público que construyó, simpático en algunas entrevistas, y provocador en otras. En el libro no se dice que Borges no haya sido el conservador que fue, sino que su literatura está en tensión o, incluso, a contramano de muchas de las provocaciones con las que gustaba regodearse. Tampoco se dice que sea una lectura necesariamente fácil, pero sí que resulta accesible, en la mayoría de los casos, a partir de algunas pocas claves de ingreso. Existe también una imagen de escritor encerrado en su torre de marfil, elitista, anti-argentino o anti-popular que para nada se condice con su literatura. Diría más bien lo contrario. Su literatura parte de un diálogo sensible con lo popular y es tan universal como argentina. 

¿Por dónde comenzar a leerlo? O, para quienes lo leyeron en instancias de escolarización o porque “había que leerlo”, ¿cuáles serían las mejores obras o métodos para volver a leer a Borges y disfrutarlo?

No hay respuesta estándar para dar. Puedo contar por dónde ingresé yo: por los libros de poemas de la década de 1920. Hoy tengo en claro que están lejos de ser lo mejor de Borges, pero fue una lectura amena, que me sirvió. Recuerdo cuánto me sorprendió el contraste entre aquella imagen de escritor aburrido, antipopular o antiargentino y lo que yo veía en esos poemas. Algo parecido me pasó con El informe de Brodie, un libro extraordinario, de cuentos breves, de relativamente fácil lectura y redondos en su resolución que me atraparon. La secuencia de cuentos de “Artificios”, el segundo apartado de Ficciones, también me parece un buen ingreso a su obra. Cuentos como “El Sur”, “El fin”, “Temas del traidor y del héroe” o “La forma de la espada” son muy atractivos y bastante accesibles. Lo mismo me sucede con poemas como “La lluvia”, “Poema conjetural” o “1964”, un poema enorme sobre el desengaño amoroso.

En el libro no se dice que Borges no haya sido el conservador que fue, sino que su literatura está en tensión o, incluso, a contramano de muchas de las provocaciones con las que gustaba regodearse.

Se analiza el vínculo temprano con el anarquismo y la izquierda. ¿Qué elementos se mantienen en su obra de esos acercamientos tempranos?

Es cierto, Borges tuvo, en su juventud, un breve e intenso entusiasmo por la revolución bolchevique y por el anarco-comunismo, con un libro de poemas incluido, que prontamente desechó y que mucho hizo para que no se volviera a publicar. Ese anarquismo era una herencia de su padre y de Macedonio Fernández. Pero no fue un momento de excepción o una rareza, como se puede suponer, dentro de un itinerario ideológico opuesto. Tuvo su continuidad, de alguna manera, en su persistente escepticismo como método de análisis y en una especie de individualismo que lo alejaba de las ideas de Nación o de Estado. No obstante, aquel anarquismo de Borges o ese escepticismo están muy lejos del anarco-capitalismo o las formas engañosamente libertarias de hoy. Era un anarquismo donde los lazos fraternos, de amistad, de experiencias compartidas o de afectos tenían un lugar importante. 

En el libro también abordás la relación con el peronismo. Además de sus declaraciones y cuentos como “La fiesta del monstruo”, ¿hay espacios para los matices o miradas más complejas?

Hay algunas provocaciones en ese sentido. Por un lado, se dice que varios de los mejores lectores de Borges fueron (o son) peronistas. O de izquierdas. La derecha, tanto la liberal como la nacionalista, tuvo y tiene lecturas muy fosilizadas y poco productivas de Borges. Por el otro, se dice que no existe nada más borgeano que el peronismo. Los gauchos o los orilleros eran su otro popular aceptado, y con ellos construye varias de las mejores piezas de su literatura. El problema irrumpe cuando esos sectores adquieren movimiento real en el peronismo, como profecía autocumplida. De alguna manera, el peronismo es la encarnación política del doble borgeano. Es una especie de reverso de su propia operación literaria. Y eso lo enfurece. Sin vuelta atrás. De una vez y para siempre. 

En esta línea, una de las tesis centrales de tu Código Borges -tal vez la central- pasa por entender a Borges como un intelectual que mira al mundo desde la periferia, pero no desde un lugar de inferioridad. ¿Cómo se construyó esa mirada borgeana? Y, al mismo tiempo, ¿esa forma de partir desde “lo argentino” para pensar lo universal no lo emparenta con el peronismo? 

Borges piensa desde el Sur, sin complejos de inferioridad, y ese es un aporte extraordinario. Incluso en términos geopolítico, para pensar incluso nuestro lugar en el mundo como país periférico, dependiente, marginal y endeudado. Desde esa periferia erige un centro desde el que lee la literatura universal. Y es un modo muy irreverente de leer: traduce, copia, reescribe, falsifica, inventa. De alguna manera es un ejercicio de resistencia periférica, pero que piensa alejado de cualquier tipo de nacionalismo, porque el nacionalismo para Borges no era más que una ideología extranjera. Lo nacional, en Borges, no está en los temas sino en las formas y en los modos de leer desde esa periferia. Esta cuestión es parte de la discusión explícita con el peronismo, aunque es cierto que también aquí existe una especie de sensibilidad en consonancia.

Otro aspecto muy abordado en estudios previos se refiere a la postura de Borges con relación a la última dictadura. ¿Qué contradicciones o cambios encontraste en tu investigación?

En el libro utilizo el concepto de politicidad para decir que su literatura está en tensión o a contramano de sus intervenciones públicas más reprobables. O aquellas que más nos cuesta digerir a muchos de sus lectores. Por ejemplo, el apoyo explícito a varias dictaduras, entre ellas las de Videla o de Pinochet. Y para decir que esas posturas en nada hacen mella su literatura. Ese Borges también fue el mismo que poco después se opuse al conato de conflicto por el Beagle, el que firmó las primeras solicitadas pidiendo por los desaparecidos, el que recibió a algunas Madres, el que se opuso a la guerra de Malvinas o el que participó en una audiencia del Juicio a las Juntas. Son hechos y gestos que no lo exculpan ni lo redimen. Forman parte de su itinerario. Hay que consignarlos y buscar explicaciones posibles. Pero su obra está en otro lado.

Hoy la literatura argentina volvió a ocupar un lugar de mucho reconocimiento a nivel global, en especial con autoras como Enríquez, Schweblin, Almada, Harwicz o Hernán Díaz. ¿Se pueden detectar influencias de Borges en sus obras?

Es imposible pensar la literatura contemporánea, en general, y la argentina, en particular, sin remitirse a Borges. Aun no queriéndolo, aun negándolo. Y es un sello con dos riesgos: la mera imitación o el gesto deliberado por diferenciarse. La cultura argentina es una especie de milagro permanente que incluye e implica a Borges, pero que también lo excede. Los casos que mencionás (y podemos mencionar otros tantos) son ejemplos diversos y virtuosos de que esto es así, por más contexto adverso que exista. O como forma de resistencia creativa a tantos contextos adversos acumulados.

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