Argentina / 23 marzo 2026

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La historia de Fátima Cabrera: “Trataban de aniquilarte de mil maneras, la organización nos permitió sobrevivir”

Fue una de las primeras catequistas de la Villa 31 bajo el ala del padre Carlos Mugica y forjó su identidad entre la fe y la militancia política. Secuestrada en 1976 sobrevivió al centro clandestino Garage Azopardo de detención y luego a la cárcel de Devoto. En esta entrevista con 4Palabras Fátima Cabrera rescata la gran riqueza del movimiento: la organización. Y cómo los lazos colectivos fueron la única barrera frente al intento de aniquilamiento de la dictadura.

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En octubre de 1976, la Policía Federal Argentina secuestró a Fátima Cabrera y a su pareja, Patricio Rice. Tras pasar más de un mes desaparecidos en los centros clandestinos de detención y exterminio «Garage Azopardo» y «Coordinación Federal», la presión del gobierno irlandés —país de origen de Rice— forzó a la dictadura a «legalizarlos». Patricio fue trasladado al Penal de La Plata y Fátima a la cárcel de Villa Devoto, donde permaneció hasta enero de 1978.

Después le otorgaron la libertad vigilada, y debió mantenerse en el radio de la Capital Federal. Eso implicaba no poder visitar a su abuela que vivía en Montegrande, no participar de ninguna reunión, no ver a casi nadie, no ir al cine, entre otras cosas. «Estaba presa en la ciudad; y tenía que ir a firmar todos los días a la comisaría donde me habían llevado cuando me secuestraron”, relata.

Su historia con el territorio y la fe venía de mucho antes. Tenía solo 13 años cuando se convirtió en la primera catequista de la Villa 31, bajo el ala del padre Carlos Mugica, a quien conoció en su temprana juventud. Sus abuelos habían llegado desde Tucumán tras el cierre de los ingenios azucareros y se asentaron en Retiro, resistiendo hasta lograr un pedazo de tierra donde levantar su hogar. Fátima y sus cinco hermanos crecieron en esa casa de puertas siempre abiertas, donde Mugica, después de las misas, compartía empanadas y largas sobremesas en las que el fútbol y la política eran los temas centrales.

Tras un viaje a Europa en 1968, Mugica fundó la capilla Cristo Obrero en el barrio Comunicaciones, el lugar donde hoy descansan sus restos. Para Fátima, la vida transcurría entre la fe y el compromiso social: “Nuestras salidas eran ir a la capilla o a una marcha, no había otra posibilidad; mi mamá estaba sola con cinco hijos y no nos dejaba ir a ningún lado”, recuerda. En ese entorno, la capilla funcionaba como el pulso del barrio: allí se procesaba la realidad política y social.

Aunque desde niña había acompañado a su madre en reclamos por la vivienda y condiciones dignas para el barrio, el 20 de junio de 1973 marcó un quiebre. Aquel día, durante el regreso de Perón al país, Fátima vivió su primera gran movilización. Fue el bautismo de fuego que la llevó a la militancia activa, primero en la Juventud Peronista y luego en el Movimiento Villero Peronista.

 

¿Cómo eran las misas de Mugica? 

Las misas eran impresionantes, muy intensas. Fuertes. Eran a la tardecita porque la villa estaba conformada por trabajadores. Entonces era típico que la gente volviera del trabajo con un bolsito. Los domingos se llenaba también, mucho más, porque venía gente de otros lugares. Y había mucha participación, pero además Carlos denunciaba todo lo que sucedía y se generaba un ida y vuelta. Por eso venía la policía montada, y se les paraban en la puerta de la capilla. Era realmente una provocación. Tenías cuatro de la montada ahí, escuchando la misa. Me acuerdo una vez, en un momento se produjo una situación en la que casi atropellan a un niño. Carlos sale, les reclama, y la gente lo primero que hizo fue levantar una piedra, porque eran calles de tierra, y ahí Carlos, no sé cómo, en un instante, frenó a la gente. Pero eran puras provocaciones. De vez en cuando los gobiernos militares hacían razias, cada día la policía se llevaba a todos los hombres, o sea, al otro día no podían ir a trabajar. Y nadie salía. 

 

Había un dispositivo de militancia alrededor de Carlos, ¿cómo era la organización?

Siempre reivindicamos mucho a los militantes y dirigentes que hubo en Retiro. Más allá de la figura de Carlos, tan mediática y tan clara. De hecho a Carlos lo veo con la gente y producto también de lo que fue esa época. Había dirigentes de mucha coherencia. Capaz que en ese momento ni te dabas cuenta, pero de alguna manera fueron grandes referentes. Carlos estaba cerca de José, por ejemplo, que era un hombre que venía de la resistencia peronista de Tucumán. Era gastronómico, y venía de su trabajo con el bolsito, después de las cinco salía casa por casa a hablar con los vecinos. Vivía dedicado a las mejoras o las cosas que se podían hacer en el barrio, que todo era sumamente precario. Lo que se veía en ese momento en la villa era mucha organización. Y por otro lado, era una precariedad tremenda. Porque el agua se buscaba de las canillas, había que hacer cola, no había luz en las casas, y se producían grandes incendios porque la gente se alumbraba con vela. Las condiciones de vida eran muy duras, pero la organización que había era de una gran riqueza. Y se fueron consiguiendo muchas cosas. Por ejemplo, frente de la misma capilla, había un dispensario médico al que muchos doctores venían a colaborar ad honorem, había abogados que hacían todo el asesoramiento jurídico a trabajadores del puerto por los distintos accidentes que había, problemas laborales. Carlos después abrió una especie de proveeduría donde se conseguían alimentos más económicos. Pero en la época en la que era catequista, me acuerdo que empezó a implementar algo que comentaban que lo hacían en Chile, cuando estuvo Allende, que era dar un litro de leche y un huevo por cada niño.

 

¿En qué momento empiezan a complicarse las cosas?

El asesinato de Carlos se produce en el ’74. Fue el primer golpe, durísimo. Terrible. Después nos erradican en el ’75, nos trasladan a Soldati a unos, a Ciudadela, a otros. Voy a militar a Ciudadela porque como militantes seguíamos dentro de lo que era el movimiento de villa. Y allí me relaciono con un grupo de curas de la zona y comienzo otra vez a juntar las dos cosas: la militancia, pero también relacionada a la Iglesia de Bases. De ese grupo tenemos varios compañeros desaparecidos, curas. Carlos Bustos fue uno, Mauricio Silva, «el cura Barrendero». También otro compañero en Lugano, Juan Carlos Martínez. En ese momento se desmembró Retiro. Me secuestraron junto a Patricio Rice, mi marido, que en ese momento era sacerdote. Y me encontré con él después de ocho años.

 

Estuviste en un centro clandestino de detención y después a disposición del Ejecutivo, ¿sentís que las expresas políticas se sintieron “habilitadas” a contar sus padecimientos mucho tiempo después?

La gran diferencia, tal vez, es que los que vinimos de estos lugares terribles de tortura y que después pasamos por la cárcel, tuvimos un recorrido distinto. Más allá de eso, esa organización que hubo dentro de la cárcel también fue producto de que hubo compañeras que venían adquiriendo una experiencia de antes, que benefició a todas. Cuando llegué a Devoto lo único que hacía era dormir. Me acuerdo de las compañeras que me animaban. Cuando salías de los centros clandestinos quedabas muy mal. Por eso siempre agradezco esa organización dentro de la cárcel. Nos permitió después sobrevivir de otra manera. Personalmente siento que la cárcel fue un aporte, más allá de los días. Esos lazos que había entre nosotras eran impresionantes. No sé qué hubiéramos hecho, porque ellos trataban de aniquilarte de mil maneras. Se empieza a hablar de presas políticas mucho tiempo después, porque ni siquiera nos consideraban presas políticas: éramos subversivas, terroristas. Para la familia fue muy duro. Aún hoy me sigo encontrando con gente que me conoce de esa época, de mi barrio, que decía: «Pero no puede ser que esté presa». Porque la asociación que hacían era “por algo es», y en un barrio popular, podían pensar que estaba presa por prostituta. Lo he llegado a escuchar y me lo llegaron a decir. 

 

-¿Cuántas vidas sentís que viviste?

-Una vez una compañera, una docente muy joven, me escuchaba hablar cerca del 24 de marzo, cuando fuimos pudiendo sacar algo de todo esto, y me preguntó: «Fátima, ¿vos cuántos años tenés?». Sí, son muchas vidas vividas. 

 

4Palabras



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