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Alejandro Horowicz: “Nadie nombra a los beneficiarios reales de la dictadura”
A 50 años del golpe, el ensayista lanza una edición conmemorativa de su libro “Las dictaduras argentinas”. En esta entrevista, sostiene que el terrorismo de Estado no fue un paréntesis, sino un proceso de reorganización económica que llega hasta hoy. Entre el “botín de guerra” empresarial, la fuga de capitales y el fenómeno Milei, una disección cruda sobre la herencia que no cesa.
- marzo 22, 2026
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A 50 años del último golpe de Estado, la editorial Edhasa lanzó una edición conmemorativa de un texto fundamental para entender la arquitectura del presente: Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional. Su autor, el ensayista y doctor en Ciencias Sociales Alejandro Horowicz, propone una tesis que incomoda: la dictadura no fue solo un paréntesis de horror, sino un proceso de reorganización económica estructural que sigue operando bajo la piel de la democracia actual.
Publicado originalmente en 2012, el libro disecciona cómo el “Rodrigazo” de 1975 y el plan de José Alfredo Martínez de Hoz mutaron el ADN del país: de una Argentina productiva y con mercado interno a una nación signada por la reprimarización, el endeudamiento externo cíclico y la fuga de capitales.
En esta entrevista con 4Palabras, Horowicz desmantela las consignas vacías y pone el foco en los verdaderos ganadores del terrorismo de Estado: un bloque de clases dominantes que transformó el Estado en un “botín de guerra”.
Una de las tesis centrales del libro plantea que el verdadero objetivo (y el resultado) de la última dictadura fue implantar un proceso de concentración económica muy fuerte. ¿Cómo podría ilustrar eso?
En 1986 salió un trabajo de Miguel Khavisse, Eduardo Basualdo y Daniel Aspiazu llamado El nuevo poder económico en la Argentina de los ochenta, donde quedaba claro que 30 grupos transnacionalizados gobernaban el 70% del producto del país. Pero estamos ante un país que, no solo con este nivel de concentración, sino que tiene además un sistema de exportación continua de capitales al que denominamos “fuga”. Cuando uno quiere entender por qué la Argentina tiene una sociedad empobrecida es porque el bloque de clases dominantes transfiere al sistema financiero internacional una parte muy importante del excedente que obtiene el país.
Uno de los personajes fundamentales que analizás es Martínez de Hoz. Incluso hay una cita suya que habla de que la dictadura, principalmente, impulsó un “cambio de mentalidad”. ¿Cuáles son las ideas que vino a erradicar?
Lo que a mí me resulta muy claro es qué se hizo con el 76 y qué no se hizo. Entre las muchas cosas que no se hicieron, en un país tan preocupado por la corrupción, es que el botín de guerra de aquellos que se beneficiaron con el saqueo militar directo no fue confiscado una sola vez. Jamás nadie se ocupó de semejante cosa.
La noción de “botín de guerra” es la que transformó la sociedad argentina, porque las sociedades no son los valores que se proclaman de modo abstracto sino los valores que se practican. Eso representa que puedo chorear todo lo que puedo chorear y que no tengo ningún obstáculo en hacerlo. Esta es la noción central que se derramó desde el bloque de clases dominantes. Y se ve todo el tiempo en las cosas más pequeñas y en las más grandes también. El botín de guerra es tomar todo aquello que yo pueda quedarme, no importa el modo, ya sea a través de un método como $Libra o con un control monopólico de un negocio.
También estudiás las experiencias de democracia sindical previas a 1976 y señalás que uno de los primeros actos de la dictadura es la represión a obreros en Acindar. ¿Por qué es tan emblemático?
La primera vez que la Unión Obrera Metalúrgica perdió un sindicato a manos de trabajadores socialistas fue en Villa Constitución: donde está la planta de Acindar. Alberto Piccinini era un militante de la organización comunista Poder Obrero y encabezó esa patriada con otras organizaciones, como Montoneros, el PRT y distintas corrientes. Martínez de Hoz es el presidente de la compañía Acindar. No cabe la menor duda de que ésta fue una de las decisiones clave para abandonar el viejo programa de sustitución de importaciones porque quedaba muy claro para el bloque de clases dominantes que sustituir importaciones era potenciar la clase obrera argentina y que esto podía ser altamente peligroso.
El 19 y 20 de diciembre de 2001 muchos pensaron que era el fin de la dictadura. ¿Qué pasó con eso? ¿Seguimos en la posdictadura?
El 19 y 20 de diciembre la consigna fue “que se vayan todos”. No solo no se fueron sino que hoy gobiernan los peores de la casta que en ese momento la explosión hizo irse a su casa por un rato. Y a quienes se les impedía caminar por la calle. Fue la comprensión –que la sociedad argentina tuvo durante un rato– que todo esto era un continuo que había comenzado ni más ni menos que con Martínez de Hoz y con el Rodrigazo un rato antes. Porque la dictadura burguesa terrorista de 1976 lo que hace es estabilizar las condiciones del Rodrigazo y modificar la estructura financiera argentina de manera definitiva a través de la nueva ley de entidades financieras que se dicta en 1977 y que sigue vigente. De modo que el hilo de continuidad es estructural. El problema es que la productividad social del trabajo en la Argentina es muchísimo más baja que en todas las ramas del mercado mundial salvo contadísimas excepciones. Es decir, como no podemos porque no invertimos; y no invertimos porque no tenemos la escala suficiente. El resultado está a la vista de todos y lo que se hace hoy no es más que una repetición con un discurso mucho más explícito y cruel de lo que antes se llamaba sencillamente “el ajuste”. Ahora bien, este ajuste gozó hasta este momento de consenso político, que empieza a diluirse. Pero hay que tener en cuenta que el resultado de esta democracia es Milei. En consecuencia, lo que se está viendo es cómo se produce una ampliación del espacio político de la derecha, simplemente porque la que se supone que no es la derecha no hace nada demasiado distinto que la que se supone que sí es la derecha. Cuando le decís “vienen por tu derechos” a un pibe que trabaja en un Rappi, te mira y te responde: “De qué estás hablando, cretino, yo no tengo derechos hace un rato muy largo”. Entonces, la nueva ley laboral blanquea la práctica realmente existente. Dicho de otro modo: hay una ruptura entre las palabras y las cosas. En estas condiciones, un mamerto como Milei es el que habla en serio; los otros hablan en serie para un auditorio cada vez más pequeño. Ya no se trata de lo que dicen, se trata de que nadie les cree, digan lo que digan.
El 19 y 20 de diciembre la consigna fue “que se vayan todos”. No solo no se fueron sino que hoy gobiernan los peores de la casta que en ese momento la explosión hizo irse a su casa por un rato. Y a quienes se les impedía caminar por la calle.
¿Cómo se logran revertir esos legados de la dictadura, cómo se logra salir de esta etapa de post dictadura permanente?
Con el optimismo de la voluntad podemos decir que lo que no tenemos es un balance de la derrota. Y como no tenemos un balance de la derrota compartido, no tenemos de ninguna manera una respuesta posible. A 50 años de 1976, ninguna corriente de las denominadas “izquierdas” sostiene que esta fue una dictadura burguesa terrorista. Hablan del “golpe de 1976”, de la “dictadura del 76”, de la “dictadura cívico militar”. Es decir: los beneficiarios reales de esa dictadura desaparecen, nadie los nombra. Cuando ni siquiera ese balance tiene estatuto público, la posibilidad de hablar en serio no existe. Y un balance sobre lo que pasó incluye al arco de partidos políticos parlamentarios en su conjunto.
¿Por eso en la Justicia en el plano que menos se avanzó es en el juzgamiento de la responsabilidad empresaria en la dictadura?
Cada vez que se intentó llegar a ese punto y se llegó por ejemplo a Blaquier, que era el dueño del Ledesma, el juicio se prorrogó tanto que Blaquier se murió a los noventa y pico en la cama sin ninguna clase de inconveniente. Y cuando se murió, las necrológicas en el diario La Nación te hacían saber que no era un señor suelto; que el bloque de clases dominantes despedía a uno de los suyos.
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