Andrés Di Tella: “La memoria no es algo cerrado, es algo vivo que todavía nos cuestiona”
El director de cine presenta su novela “Prueba de cámara”, donde indaga en una infancia londinense rodeada de vanguardia. La reaparición de un viejo amigo dispara reflexiones sobre el racismo, las grietas de la memoria y el avance de las ultraderechas. Una entrevista sobre el arte de no dar nada por sentado.
- marzo 11, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Hay algo en la obra de Andrés Di Tella que siempre parece estar ocurriendo por primera vez, aunque se trate de la memoria más lejana. Documentalista, fundador del BAFICI, pasó décadas explorando la historia familiar y colectiva de la Argentina. En el libro Prueba de cámara (Entropía), decidió dejar la lente a un lado —o quizás encontrar otro canal para volcar su mirada cinematográfica— para sumergirse en la literatura.
La novela funciona como relato del fin de una época –la infancia– y se ubica en la Londres de los años 60, en una casa que era, en sí misma, una embajada de la vanguardia. Bajo la mirada de sus padres —el sociólogo Torcuato Di Tella y la psicoterapeuta Kamala Apparao—, Andrés compartía la vida con figuras que hoy son mitos: desde Marta Minujín y el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso hasta Caetano Veloso y Gilberto Gil.
El detonante es un mensaje: un viejo amigo de la infancia reaparece y, con él, regresan las grietas de una época que se transforma en espejo de la nuestra. El racismo, la xenofobia y el avance de las ultraderechas en Occidente se entrelazan con el pasaje de la niñez a la adolescencia.
“Este es el primer libro que me propuse como tal”, señala Di Tella en diálogo con 4Palabras. Antes había publicado Hachazos (2011), que era parte de un proyecto multifacético tejido junto al cineasta experimental Claudio Caldini; y Cuadernos (2011), que fusionaba memoria autobiográfica, ensayos y perfiles de figuras influyentes. “Ahora estoy más envalentonado, me estoy descubriendo como escritor. De hecho, estoy terminando otro libro”, anticipa.
A este tipo de novelas se las suele llamar como coming of age o relato de iniciación, pero entiendo a Prueba de cámara como el relato del fin de una época, como el quebrantamiento de la infancia.
A veces uno no sabe qué es lo que escribió… porque escribís casi como si fueras una especie de taquígrafo y vas registrando las cosas que aparecen a través de la memoria, las asociaciones. Pero sí, es un poco el fin de la infancia, de una amistad. También está detrás el fin del matrimonio de mis padres, inclusive uno podría decir el fin de la época de los años 60 y 70, con todas sus esperanzas, ilusiones.
En esa ruptura de la infancia aparece el descubrimiento del racismo, de que un amigo te ve “como una otredad”, y eso es una suerte de magma del avance actual de las ultraderechas.
Me impresionó mucho esa especie de sorpresa que me trae mi amigo Georges-Henri, es un anticipo increíble de la actualidad. Así que está el recuerdo de todo lo que encarnaba este amigo, la amistad, la confianza, la aventura de hacer cosas y descubrir el mundo juntos. Y que esa misma persona tan cercana podía encarnar un nivel de hostilidad inesperado, y que esa hostilidad –que parecía algo del pasado– iba a triunfar en el mundo actual.
Y que ese recuerdo no era algo puramente individual.
Algo que parecía una locura de este personaje, resultó que no estaba solo. Germán García, psicoanalista argentino, decía que si hay alguien que te escucha, no estás solo. Este amigo, que creí que estaba loco, no estaba solo. Había muchos que lo escucharon o que escuchaban lo mismo.
“Es como si fuera un ensayo sobre la memoria, aunque está encarnado en una historia muy concreta. Hay una capa que es la reflexión sobre lo que es escribir una novela autobiográfica”.
Algo interesante de la novela es que, ante esa posición del amigo que solo tiene certezas, el protagonista duda acerca de sus recuerdos.
Se ve obligado a dudar porque se encuentra con un amigo que también fue testigo de un momento clave cuando pasó todo esto, y que tiene un recuerdo distinto, casi opuesto al mío. Entonces entra la duda porque a veces los recuerdos están teñidos por las emociones. Y esas emociones nos pueden engañar, y lo que pensamos que sucedió, no estamos seguros si sucedió. Pero a la vez tenemos el sentimiento de que sucedió, entonces algo tiene que haber sucedido. Esa es un poco la esencia del libro. Es como si fuera un ensayo sobre la memoria, aunque está encarnado en una historia muy concreta. Hay una capa que es la reflexión sobre lo que es escribir una novela autobiográfica.
Esa relación con tu amigo, ¿estaba en el centro desde el inicio, o querías escribir sobre tu infancia y se despertó ese recuerdo?
Las dos cosas. Hace rato tenía ganas de tratar de indagar en esa época. Ya lo había hecho un poco en la película Fotografías, pero quería bucear más. Aunque tenía miedo de no recordarlo. Pero de pronto apareció esto de la realidad, un e-mail reenviado por la Universidad de Pittsburgh, de este amigo, Georges-Henri, y la idea de que no sabía qué contestarle porque había pasado algo traumático en el pasado. Eso me hizo pensar, acá hay una historia. ¿Qué le pasó a Georges-Henri? ¿Cómo puedo entender a Georges-Henri? Ahí se metió todo lo demás.
El apellido de Di Tella está asociado al desarrollo industrial, pero la novela arranca con un “tour sociológico” en Pittsburgh, que describe una sociedad donde todo el aparato productivo fue desmantelado.
Mi película, La televisión y yo, tiene un momento en el que vamos con mi viejo Torcuato a la vieja planta de Siam Di Tella en Sarandí. Es como una especie de ruina de un pasado industrial. Es fuerte sentir que eso, que es una historia personal, familiar, también es una historia de lo que pasó en el país. No lo había pensado, pero sin duda ese comienzo del libro no es casual. Y no es casual que quien me lleva a ese recorrido es un tipo que conocía a mi viejo.
A 50 años del golpe, en el libro también está presente la memoria acerca del terrorismo de Estado en la Argentina.
Tenía 17 años cuando fue el golpe. Y de pronto un amigo desaparecía. Hay algo de tragedia personal que es al mismo tiempo algo que le está pasando al país. Toda esta historia de mi viejo y mi tío, a quienes secuestraron el 24 de marzo… Estabas viendo un partido de fútbol y venía tu mamá a decirte que secuestraron a tu papá. Es parte de la vida argentina. Pero yo no sé hasta qué punto era consciente de lo que pasaba, a pesar de tener tan cerca… me estaba desapareciendo un amigo, el secuestro de mi propio padre. Quien no vivió esa época, no se puede imaginar que había una vida cotidiana que seguía.
“Es como una especie de ruina de un pasado industrial. Es fuerte sentir que eso, que es una historia personal, familiar, también es una historia de lo que pasó en el país”.
Hay muchas voces negacionistas y hasta reivindicadoras de la dictadura y de cuestiones más globales como el exterminio del otro. ¿Cómo generar una memoria que no esté anquilosada, que escape a la consigna, que logre resonar en las nuevas generaciones?
Es una cuestión que siempre me planteé. Mi primera película, Montoneros (una historia), era justamente un intento de hacer eso, de encontrar lo singular, la experiencia directa, que no fuera fácilmente resumible. Quería que la gente se pusiera en los zapatos de Ana, la protagonista. Ella aceptaba las contradicciones. Y esa es una forma de mantener la memoria como algo interesante. No como algo cerrado, “esto fue así, ya está, está resuelto”. Sino como algo abierto, algo vivo, que nos cuestione todavía. O sea que los chicos jóvenes se pregunten: ¿qué haría yo en la dictadura, en circunstancias difíciles? En este libro, también me planteo esos usos de la memoria, el no dar las cosas por sentadas.
4Palabras
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