Argentina / 7 marzo 2026

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Joan Manuel Serrat y la Argentina: el rayo que no cesa

De los carnavales suburbanos con el guardaespaldas “Peligro” al compromiso inquebrantable con los derechos humanos: Serrat es mucho más que un cantautor en Argentina. A medio siglo del golpe de 1976 y tras su histórico regreso en 1983, la autora de “Serrat en la Argentina” reconstruye la huella de un artista que se convirtió en oráculo, refugio y banda sonora de nuestra historia. Y que ahora regresa para recibir el doctorado honoris causa de la Universidad Nacional de Cuyo.

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Serrat en Argentina en 1970

Habrá sido la mirada o el porte. Quizás la quijada o la altura. Pero el guardaespaldas se apodaba “Peligro”. El hombre buscaba la recaudación de su patrón, Alfredo Capalbo –su representante en Argentina–, en las fundas de los platillos del baterista; y así de Ensenada a Berisso, de Tigre a Avellaneda, de San Miguel a Banfield, subidos a un auto que los llevaba de salto en salto hasta el fin de la madrugada. “Cuando abría la heladera y veía la luz, yo me ponía a cantar”, reconoció alguna vez Joan Manuel Serrat. No eran las épocas de apps, de transferencias bancarias, PayPal o Mercado Pago. Porque digamos todo: Bad Bunny no fue el único que actuó y recorrió Pinar de Rocha antes de volverse famoso: más de cincuenta años antes, un catalán, con dos lunares en una mejilla y unos ojos negros de película, se subía a los tablados de los carnavales de todos los clubes y las barriadas de la Buenos Aires suburbana.  

Quizás por esos comienzos, desde abajo, rasgando los acordes con una guitarra, tras la estela de Alberto Córtez, Camilo Sesto o Paco Ibáñez, más los álbumes de Odeón que llegaban del otro lado del Atlántico por los exiliados españoles, en su saco de terciopelo negro (que no le temía al calor de esos febreros), Joan Manuel Serrat parece para la Argentina, a esta altura, el héroe que siempre estuvo, el oráculo al que le preguntan desde cómo está Boca en la tabla para ganar la Libertadores, los aumentos para los salarios docentes o la inflación pronosticada para este año. Incluso, ahora –un poco jubilado de los escenarios—, cuando llega a recibir premios y homenajes, como la próxima semana, con la entrega del doctorado honoris causa por la Universidad Nacional de Cuyo en Mendoza, seguramente no eludirá la respuesta que, como un vigía, se sigue escuchando tanto.

Pero, ¿por qué Argentina? ¿Es, acaso, ese mismo Serrat que cantaba “Romance de Curro y el Palmo” y que donaba su dinero a los presos políticos? ¿Es el mismo que llegó a este puerto con un disco-homenaje, Antonio Machado poeta, o las diez canciones invencibles de un álbum, Mediterráneo, que aún hoy –más de medio siglo después— se escucha con la piel erizada? ¿El que auspiciaba la llegada de Héctor Cámpora, en 1973, a la presidencia de la mano de una juventud gloriosa? ¿El que ayudaba a los chicos de Pelota de Trapo en Avellaneda o a los hijos de los detenidos-desaparecidos en el Taller Julio Cortázar en la Córdoba de los 80? ¿Por qué, a esta altura, las y los argentinos lo consideran un prócer? ¿Por qué otros lo bajaron de su pedestal “progre”? 

¿Es el mismo Serrat que nunca grabó una canción titulada “La Montonera”? ¿Cómo comenzó esta locura que desata cada vez que pisa Rosario, Córdoba, Mendoza o Buenos Aires? ¿En qué se transformaba, durante las madrugadas, con la Vieja Guardia del Tango, el whisky, las chicas de las clases altas? ¿El que acunaba a los secuestrados de los centros clandestinos cuando tarareaban “Pueblo blanco” o las embarazadas, en cautiverio, que bordaban en sus pañuelos “De parto”? Después del golpe de Estado de 1976 –ahora que faltan pocos días para que se cumpla medio siglo—, Serrat no regresó a tocar a la Argentina: todos los años de dictadura fueron de ahogo, de escuchar álbumes a escondidas, de la confiscación de sus discos, de censura en las radios. 

Serrat y la Argentina serán (siempre) esas canciones que tarareamos desde la infancia y a las que buscamos rendirles, sutil, un pequeño tributo, las marchas donde nos cruzamos, las redes y lazos que tejimos solidarios, las luchas que nos interpelaron.

Sobre las mesas de las redacciones estaban las listas negras con las prohibiciones que pesaban sobre los artistas –en algunos casos obligados a partir hacia el exilio, como fueron Mercedes Sosa o Nacha Guevara–. Incluso, hay testimonios que, en los centros clandestinos de detención, mientras se torturaba a los secuestrados, les hacían oír sus discos, con la clara –y perversa– certeza de que era la música que escuchaban esos jóvenes. Después de ocho o nueve años, cuando finalmente regresó al país, a mediados de 1983, a poco de las elecciones nacionales que marcaron el regreso de la democracia, su arribo fue una verdadera fiesta. Hay decenas de historias sobre esos conciertos, las largas colas frente al Luna Park o el Gran Rex, quizás porque los medios públicos, como la agencia de noticias Télam o la televisora pública, Canal 7, prohibieron que se hablara de su figura, y sin embargo, arrasó de todos modos. 

Estuvo con hijos de desaparecidos, visitó las cárceles, se organizó un concierto para los inundados, en fin, pareció que no le dijo que “no” a nada. Ese compromiso que marcó su regreso, cuando todavía estaban los militares en el poder y faltaban unos meses para la asunción de Alfonsín, y su vinculación desde entonces con los movimientos de derechos humanos o su involucramiento con los problemas políticos locales, le dio también una impronta diferente frente a otros cantautores. No fue el único, claro, pero fue muy importante. Lo mismo ocurrió en los noventa, más adelante, con su presencia en la Carpa Blanca –una de las protestas de maestros más emblemáticas y extensas durante el gobierno neoliberal de Carlos Menem— o con los recitales a precios populares para colaborar en la compra de la primera casa para las Madres de Plaza de Mayo. Su persistencia, durante este medio siglo, arriba y abajo del escenario, fue muy trascendente. Eso hizo, además, que su figura trasvase a diferentes generaciones más allá de los álbumes o las composiciones. ¿Qué habrá de decirnos hoy de estos gobiernos de señores de la guerra, millonarios, de la ultraderecha?

Quizás, como dijo Eduardo Galeano en alguna ocasión, porque “aquí, en estas tierras, hasta las piedras tararean a Serrat”. Sus canciones, en estos cincuenta años, no solo popularizaron las voz de los poetas –sus álbumes basados en Antonio Machado, Miguel Hernández o León Felipe hicieron más que toda la Real Academia española en su historia— si no también, como dice Diego Manrique, bautizaron a niños y niñas de, por lo menos, cuatro generaciones: “Si algún día después de amar, amé, fue por tu amor, Lucía”. No hay una sola biografía que abarque una existencia: los datos pueden ser más o menos certeros, rigurosos, pero una vida es otra cosa. Habrá fechas, recortes, películas, documentos. Y, sin embargo, Serrat y la Argentina serán (siempre) esas canciones que tarareamos desde la infancia y a las que buscamos rendirles, sutil, un pequeño tributo, las marchas donde nos cruzamos, las redes y lazos que tejimos solidarios, las luchas que nos interpelaron. Quizás porque como dice Johnny Cash: “Podía envolverme en el cálido capullo de una canción e ir a cualquier parte”. 

Casi, casi como volver al principio: quizás con “Peligro” a otros carnavales

 

*Periodista y escritora, autora del libro “Serrat en la Argentina. 50 años de amor y aventuras”, de Editorial Planeta.

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