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Ansiedad con wifi: el síntoma de una generación en línea 

Hay adolescentes que no encuentran las palabras exactas para decir lo que sienten, pero saben que algo no está bien. Ese malestar no es una excepción, es el eco de una generación marcada por la hiperconexión, el cansancio emocional y la urgencia de ser escuchada. Hoy, la angustia ya no se esconde, se sube al feed.

Pablo Castillo, Psicólogo, Magister en Planificación de Procesos Comunicacionales

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“Me pasa que me levanto cansada, como si ya hubiese vivido todo el día”, dice Martina, 16 años, estudiante secundaria en un colegio público en Villa Urquiza. “Tengo la cabeza llena, pero no sé de qué”, agrega. Nunca fue a un psicólogo, pero dice que los videos de Tik-tok la ayudaron a ponerle nombre a algunas cosas: ansiedad, sobrepensamiento, bloqueo emocional.

En los últimos tres años, el término ansiedad se volvió parte del habla cotidiana adolescente. Se escucha en el aula, en los chats, en las letras de muchas canciones que comparten pibes y pibas. También aparece en memes y en posteos virales. Es un significante que se multiplica, muchas veces difuso, pero no por eso menos real. Las adolescencias nombran su malestar. Se buscan, se diagnostican, se dicen. Lo hacen con lo que tienen a mano: redes sociales, test online, influencers que mezclan humor con discursos de autoayuda. 

La inquietud no es solo local, en otros países también se encienden alertas sobre este nuevo lenguaje del malestar adolescente. Esta semana, el diario británico The Sun -de línea conservadora, pero con gran llegada a sectores populares- alertó sobre la TikTokificación” de la salud mental: videos virales de 15 segundos donde se listan síntomas vagos para autodiagnosticarse ansiedad, Trastornos por déficit de atención o síntomas depresivos. El artículo advertía que muchos adolescentes cuando consultan a un profesional solo lo hacen para confirmar lo que ya creen saber por las redes.



“El malestar está. No lo inventan. Lo que pasa es que hoy tienen acceso a un lenguaje para nombrarlo, aunque ese lenguaje esté atravesado por el algoritmo y no necesariamente por la clínica”, explica Daniel Tiferes, psicólogo del Servicio de Salud Mental del Hospital Piñero. A diferencia de otras generaciones, las adolescencias actuales nacieron conectadas.

Pero el problema no es que las adolescencias hablen de salud mental, sino que los adultos muchas veces no sabemos cómo acompañarlos.

Según un relevamiento de UNICEF en Argentina (#MunaTeEscucha), 6 de cada 10 adolescentes mencionan depresión o ansiedad como parte de sus problemas de salud mental.  Y, a nivel global, UNICEF estima que aproximadamente 1 de cada 7 adolescentes padece un trastorno mental, siendo la ansiedad y la depresión los más comunes.

 “El malestar está. No lo inventan. Lo que pasa es que hoy tienen acceso a un lenguaje para nombrarlo, aunque ese lenguaje esté atravesado por el algoritmo y no necesariamente por la clínica”, explica Daniel Tiferes, psicólogo del Servicio de Salud Mental del Hospital Piñero. 

A diferencia de otras generaciones, las adolescencias actuales nacieron conectadas. No conocen un mundo sin pantallas, sin notificaciones constantes ni sobreexposición. Viven inmersos en un entorno que exhibe todo, lo compara todo, lo valida o lo cancela todo, al instante. Esto sucede mientras atraviesan una crisis económica, climática y política que hace que el futuro ya no parezca un destino deseado, sino una pregunta abierta.

“El problema no es Tik-tok. Es que vivimos en una cultura que demanda rendimiento constante y presencia total, incluso cuando se duerme”, apunta Gabriel Brener, ex subsecretario de Equidad y Calidad Educativa del Ministerio de Salud de la Nación (2013-2015). 

La ansiedad es el síntoma de una subjetividad exigida.

Nombrar lo que duele no es una moda. Es una forma de resistir el silencio. Aunque muchos diagnósticos circulen sin rigor clínico, también lo hacen como una forma de apropiarse de una angustia que no siempre se presenta como un ataque de llanto o una crisis visible. A veces se manifiesta sigilosamente, en el desgano, en el insomnio, en el “me pasa algo, pero no sé qué”. Puede alojarse en el cuerpo, en los vínculos, en los modos de estar en el mundo. La verdadera pregunta que debiera hacerse el mundo adulto es qué hacemos con la forma en que las adolescencias están diciendo: ‘esto me pasa’”.

Porque si los adultos seguimos sin escuchar, el algoritmo va a seguir haciéndolo.
Y el algoritmo no abraza. Te acaricia con scrolls y solo te muestra lo que quiere venderte.



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