Argentina / 3 marzo 2026

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No es Venezuela, es un continente a tiro de bombardeo

La movilización militar de EE. UU. en el Caribe Sur hacia Venezuela se basa en pretextos e intereses turbios. La farsa de legalidad tras la amenaza. El desprecio al derecho internacional y el uso de etiquetas como "Cartel de los Soles" para justificar un despliegue que amenaza a toda América latina.

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La trama de intereses que explica la masiva movilización de fuerzas militares de EE.UU. en el Caribe Sur es tan intrincada y los actores involucrados son tan grotescamente corruptos que la más disparatada teoría conspirativa parece verosímil comparada con la realidad. Ello obliga a que todo intento de entender cómo Venezuela terminó bajo amenaza de ataque militar estadounidense se base en la prudencia y parta de constataciones incontrovertibles, no de aseveraciones opinables.

Primero, lo más obvio (y lo más omitido en la cobertura de noticias): los Estados deben regirse por el derecho internacional. Al firmar la Carta de las Naciones Unidas, los países firmantes se obligan a abstenerse “de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. Ningún país del mundo está, entonces, autorizado a imponer una forma de gobierno a otro. Tampoco tiene ninguna base legal para hundir embarcaciones y asesinar a sus ocupantes ni dentro ni (mucho menos) fuera de sus aguas territoriales.

Aunque suene ingenua, la mención del derecho internacional es indispensable: dejarlo de lado implica aceptar que la fuerza es argumento suficiente. Esto no implica ignorar que ese marco legal ha sucumbido en innumerables ocasiones frente al poder desnudo. Sin embargo, al menos desde la adopción de la mencionada Carta, las acciones militares de las grandes potencias invocaron siempre algún principio legal. Incluso cuando inventaron falsos pretextos (como antes de la invasión a Irak, en 2003), no se ignoró por completo la existencia de una estructura normativa aceptada en el papel. La escalada de Trump debe ser vista, pues, como algo que va mucho más allá de una amenaza a un país particular.

Los pretextos, cuando se trata de la cuestión venezolana, están a la orden del día, pero no van dirigidos ya a intentar engañar al Consejo de Seguridad de la ONU, sino a urdir un relato para convencer a la audiencia doméstica y que pueda ser reproducido por los gobiernos de Estados vasallos a la hora de manifestar aquiescencia a cualquier cosa que Trump decida hacer.

La condición corrupta del régimen dictatorial venezolano le da verosimilitud a cualquier acusación, sea fundada o inventada. De esos ingredientes nace la denominación de “Cartel de los Soles” para referirse a las redes de connivencia que unen a militares venezolanos en actividad con los narcotraficantes colombianos que controlan las rutas del narcotráfico que atraviesan Venezuela para embarcar droga por el Caribe y el Atlántico. Esas redes distan de ser una organización permanente y jerárquica, un cartel como los de Colombia y México, pero agruparlas bajo una etiqueta sirve para construir un enemigo y para precisar contra quién se libra una nueva batalla de la guerra contra las drogas. El modus operandi trumpiano se reitera: a los disidentes políticos domésticos se los denomina “Antifa”, una entidad fantasmagórica que se puede luego criminalizar.

Si eso va a resultar o no en un intento de magnicidio, en un bombardeo o en una incursión terrestre en Venezuela, la postura siempre zigzagueante de Trump impide adivinarlo. Lo que ya sabemos es que todos los habitantes del hemisferio (no ya simplemente el “patio trasero” de América Central y el Caribe) estamos a tiro de la visita sin invitación de los tropas del pretor estadounidense.

Una vez bautizado el objetivo, se considera legitimado retroactivamente el accionar violento de la Marina estadounidense en el Caribe Sur. Los asesinatos de tripulantes de lanchas en esas aguas, que suman 87 al momento en que esto se escribe, comenzaron el 2 de septiembre. Ahora son revestidos de una pátina de legalidad con la designación por el Departamento de Estado del “Cartel de los Soles” como organización terrorista extranjera, a partir del 24 de noviembre de 2025. Antes de ese anuncio en Washington, el ventrílocuo estadounidense ya había hecho realizar anuncios idénticos a los gobiernos de Perú, Ecuador, Paraguay, República Dominicana, Costa Rica y (¡por supuesto!) Argentina.

Poco importa que la propia Administración para el Control de Drogas (DEA) de EE.UU. señale en uno de sus informes más recientes que un magro 8% de toda la cocaína contrabandeada hacia ese país proviene de Venezuela, ni que el Departamento de Estado sostenga en su Informe de Estrategia Internacional de Control de Narcóticos de marzo de este año que México es la única fuente significativa de fentanilo ingresado ilícitamente. Lo que está en acto no son acciones punitivas con un objetivo puntual, sino un despliegue selectivo de los que menciona la Estrategia de Seguridad Nacional promulgada por Trump el 4 de diciembre. En ella, EE.UU. se autoriza a sí mismo al “uso de fuerza letal para reemplazar la fallida estrategia de aplicación exclusiva de la ley de las últimas décadas” en todo el continente americano, desde el Ártico canadiense hasta Tierra del Fuego.

Si eso va a resultar o no en un intento de magnicidio, en un bombardeo o en una incursión terrestre en Venezuela, la postura siempre zigzagueante de Trump impide adivinarlo. Lo que ya sabemos es que todos los habitantes del hemisferio (no ya simplemente el “patio trasero” de América Central y el Caribe) estamos a tiro de la visita sin invitación de los tropas del pretor estadounidense.



Gabriel Puricelli para 4Palabras

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