Argentina / 3 febrero 2026

temperature icon 29°C
Edit Template

Cuando apostar deja de ser un juego

Hoy, el juego vive en el bolsillo: apps 24 horas, notificaciones y la promesa de ganar. El problema es la necesidad de sentir algo que llene vacíos profundos. Cómo el refuerzo intermitente y los atajos mentales crean una tormenta perfecta. La pregunta clave: ¿puedo frenar?

Picture of Mariano Rato

Mariano Rato

Compartir:

Compartir:

unnamed (1)

 En los últimos años, hablar de apuestas dejó de ser sinónimo de ruletas, tragamonedas y casinos. Hoy el juego vive en el bolsillo: aplicaciones abiertas las 24 horas, bonos de bienvenida, notificaciones constantes y la promesa de ganar “un poquito más” con solo tocar la pantalla. Lo que antes implicaba un viaje, una ficha o una mesa, ahora sucede en silencio, en cualquier casa, en cualquier horario y a cualquier edad.

El problema no es el juego en sí. Desde siempre jugamos: apostamos, competimos, buscamos desafíos. El juego formó parte de nuestra historia como especie. El problema aparece cuando la búsqueda de adrenalina se vuelve una forma de escapar, cuando el juego ya no es entretenimiento sino un intento desesperado de llenar vacíos más profundos: aburrimiento, soledad, dolor emocional o ansiedad.

Muchas personas que desarrollan una relación problemática con las apuestas no lo hacen buscando dinero, sino buscando sentir algo. En un mundo que nos exige estar conectados todo el tiempo, donde no hay espacio para el silencio ni para el descanso mental, ganar se vuelve una forma rápida de obtener una descarga de intensidad. Y esa sensación, aunque dure apenas segundos, puede volverse adictiva.

Desde la psicología entendemos que las apuestas tienen un componente muy fuerte: el refuerzo intermitente. A veces se gana, otras se pierde. Y esa mezcla es la más peligrosa. El cerebro libera dopamina no sólo cuando acierta, sino también cuando “casi gana”. Es la promesa, más que el resultado, lo que engancha. Por eso muchas personas pueden pasar horas apostando sin darse cuenta de cuánto tiempo ha pasado o cuánto han perdido realmente.

A esto se suman los sesgos cognitivos, atajos mentales que distorsionan la forma en que interpretamos lo que está pasando. Por ejemplo:

 

  • La ilusión de control: creer que uno puede influir en un resultado que es puro azar.
    • La falacia del jugador: pensar que “ya tocaba ganar” porque venimos perdiendo.
    • El pensamiento mágico: amuletos, rituales o patrones que prometen suerte.
    • El “perseguir pérdidas”: apostar más para recuperar lo perdido, y terminar perdiendo mucho más.
    • El sesgo de confirmación: recordar solo las veces que gané e ignorar todas las que perdí.

 

Estos mecanismos, combinados con la inmediatez de las apps y la accesibilidad total, generan una tormenta perfecta.

Pero hay algo más profundo: la imposibilidad de detenerse. Hoy cuesta parar en casi todos los ámbitos. Cuesta dejar de hacer scroll, cuesta no mirar el celular, cuesta desconectar. Vivimos con la sensación permanente de que podríamos estar perdiéndonos algo. Y en ese contexto, las apuestas se vuelven una vía rápida para escapar de emociones incómodas.

Al final, la decisión verdaderamente valiosa hoy no es apostar: es frenar. Frenar para mirarse, para preguntarse qué está pasando, para recuperar presencia. Y, sobre todo, para volver a elegir una vida que no dependa de una notificación ni de una promesa de suerte pasajera.

La pregunta importante no es “¿cuánto perdí?”, si no “¿puedo frenar?”. Cuando la respuesta es no, cuando el juego interfiere con el sueño, el trabajo, la familia o la salud emocional, ahí deja de ser un pasatiempo y empieza a convertirse en un problema.

Es fundamental que dejemos de pensar que pedir ayuda es un signo de debilidad. Al contrario: reconocer que algo nos supera es un acto de enorme responsabilidad y valentía. Las personas que consultan a tiempo suelen mejorar notablemente. Hay tratamientos, herramientas concretas y abordajes integrales que funcionan.

También necesitamos hablar más de esto en nuestras casas, con nuestros hijos y con nuestros amigos. La cultura del “todo ya” y “un poquito más” no va a desaparecer. Pero sí podemos aprender a poner límites, a reconocer nuestras emociones y a frenar antes de que la situación se vuelva inmanejable.

Al final, la decisión verdaderamente valiosa hoy no es apostar: es frenar. Frenar para mirarse, para preguntarse qué está pasando, para recuperar presencia. Y, sobre todo, para volver a elegir una vida que no dependa de una notificación ni de una promesa de suerte pasajera.

Si estás atravesando algo de esto —o alguien cercano a vos—, buscá acompañamiento. Nunca es tarde para cambiar de rumbo y recuperar lo que de verdad importa: la libertad, la salud emocional y el sentido.

 

*Psicólogo Clínico Cognitivo
Facebook / Instagram / YouTube: @marianoratopsicologo

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Temas relacionados

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a nuestro boletín para mantenerte actualizado

Publicidades

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: