Argentina / 3 febrero 2026

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Crecen igual: adolescencias en tiempos de crisis

La juventud argentina avanza con la brújula astillada. "Yo no espero nada", dice una piba de 16, reflejando el presente extendido y la precariedad. Sin garantías, inventan estrategias y exigen ser mirados sin el mandato de "estar bien". Crecer es construir un futuro compartido, no una herencia.

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“Yo no espero nada”. La frase no cae, se incrusta, abre un surco, deja marca. 

La dice una piba de 16 años con los auriculares puestos, mirando el celular, mientras espera su turno en un centro de salud de Villa Lugano, al sur de la Ciudad de Buenos Aires. No lo dice con rabia ni con tristeza. Lo dice como quien comenta que va a llover.

Crecer siempre fue un salto sin red, pero ahora parece serlo también sin destino.

La juventud argentina -esa categoría amplia, atravesada por clases, territorios e historias- vive en modo presente extendido. Todo es ahora. Todo es ya. Lo que no se puede nombrar, se siente.

El mundo adulto la mira, pero rara vez la entiende. Les cuesta proyectarse más allá. Entonces arman pequeñas estrategias -mínimas, a veces invisibles- para sostenerse.

“El futuro ya no se piensa como proyecto. Se negocia día tras día. El presente se volvió más denso, más complejo, más habitado”, dice el sociólogo Pablo Semán.

El cuerpo habla cuando las palabras no alcanzan: mandíbulas apretadas, espaldas tensas, corazones urgidos por la exigencia de estar siempre bien. Un mandato disfrazado de bienestar, empaquetado en frases de autoayuda y esa alegría performativa, retocada como una selfie.

Durante décadas, la adolescencia se pensó como un pasaje. Una transición hacia una adultez que, al menos en el discurso, ofrecía algo: trabajo, casa, familia, cierta estabilidad.



La juventud argentina -esa categoría amplia, atravesada por clases, territorios e historias- vive en modo presente extendido. Todo es ahora. Todo es ya. Lo que no se puede nombrar, se siente.

Pero llegó el siglo XXI, y los dueños de Blockbuster bajaron las persianas y encendieron las computadoras. El tiempo dejó de ser una línea recta. Se volvió circular. Agotador. El futuro, un rumor que no se concreta.

La pandemia barrió lo poco que quedaba de esa promesa. La crisis económica hizo lo suyo. La política los nombra poco y escucha menos. El mundo adulto, ocupado en su propio naufragio, muchas veces ni los ve.

Y, sin embargo, ahí están. Creciendo igual. A su modo. Sin mapa. Sin garantías. Con la brújula astillada. Algunos se repliegan. Se apagan. Otros se multiplican en redes, como si mostrarse pudiera calmar algo la angustia. Y muchos -quizás demasiados-sobreviven con lo justo, inventando rutinas para no caer.

Entre la desilusión y la bronca, hay algo que no se rinde. Un gesto. Una mirada. Una pregunta. A veces se transforma en arte. Otras, en militancia. Muchas veces, en una obstinación silenciosa por seguir, aunque nadie les garantice nada.

Y eso también es político.

Porque habla de una generación que no se suicida en masa -como algunos temían-, pero que tampoco quiere vivir como se espera que vivan.

“Los jóvenes crecieron en un contexto de precarización laboral, trabajos fragmentarios, informalidad. Sin la estabilidad que conocieron sus padres. Eso transformó su relación con el trabajo, con el Estado, con el futuro”, apunta Semán.

¿Y si la pregunta no es cuándo empieza la vida, sino cómo puede empezar una vida cuando el futuro dejó de ser una promesa? ¿Dónde queda el deseo, en un mundo que solo devuelve precariedad? ¿Qué lugar ocupa la sociedad adulta en este desencanto ya tan naturalizado?

Tal vez no se trate de devolverles esperanza. Quizás se trate de construirla desde otro lugar. Más cercano. Escuchando más. Alojando la fragilidad.

Porque si algo piden -aunque no lo digan así- es que alguien los mire sin apuro. Que no se les exija estar bien todo el tiempo. Que esta vez el porvenir no sea herencia sino construcción compartida.

Crecer sin promesas es duro. Pero, aun así, crecen. Con sus modos. Con sus preguntas. Con sus restos.

Y ahí -donde cruje el piso y nada parece firme- también puede empezar otra historia. Una que no se anuncie con slogans, pero que igual prenda.

Aunque sea más lentamente.

 

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