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Trump, rechazado en un referéndum que él mismo buscó
Los demócratas lograron una victoria histórica en las elecciones de medio término al revertir la estrategia oficialista y hacer que el electorado mirara la realidad: la inflación y la guerra con Irán. El descontento económico y la defensa de la democracia fueron los motores de un contundente voto castigo que restaura el poder del Congreso para frenar al Ejecutivo.
- noviembre 5, 2026
- Lectura: 3 minutos
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“Yes, look up!” Podría haber sido la consigna de la campaña que llevó a los demócratas a propinarle a Donald Trump una derrota de dimensiones épicas, como no se veía hace medio siglo. En Don’t Look Up, la película de Adam McKay la película de las élites le pedían a la ciudadanía que no mirara hacia arriba y dejara que la vida siguiera como si nada mientras se aproximaba a la Tierra un meteorito catastrófico; los demócratas hicieron ingeniería inversa de esa fórmula y se ocuparon de que el electorado creyera a sus ojos. Lo que los ojos veían era un galón de nafta que superó los cuatro dólares, guerras interminables, entre las cuales una guerra de elección contra Irán, y deportaciones masivas indiscriminadas de inmigrantes con estatus legal irregular o pendiente de resolución.
Los números son contundentes. Los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes, pasando de 214 bancas a al menos 242, 28 más de las necesarias para tener quórum propio (falta escrutar 43 distritos). Recuperaron también el Senado: al menos 54 bancas, con Alaska y Mississippi (¡!) todavía sin definir. Siete escaños republicanos cambiaron de manos: Texas, Iowa, Kansas, Ohio, Maine y las dos Carolinas. Kansas eligió a un senador demócrata por primera vez desde 1932. En Texas, James Talarico ganó el Senado, Gina Hinojosa la gobernación y el partido rompió una sequía de 32 años. La ventaja demócrata en el voto popular rondará los 13 o 14 puntos porcentuales, la mayor desde 1974, la primera elección posterior al escándalo de Watergate que forzó la renuncia de Richard Nixon.
Trump hizo campaña mientras las encuestas cantaban que la desaprobación de su gestión superaba en 20 puntos porcentuales su aprobación. Así y todo, hizo algo contraintuitivo: quiso que fuera un plebiscito sobre sí mismo. El 21 de agosto, en Myrtle Beach, pidió a sus seguidores que hicieran de cuenta que era su nombre el que estaba en la boleta de cada elección. Con los resultados en la mano es evidente que, como señaló alguien agudamente, los electores le tomaron la palabra. En Carolina del Sur, donde pronunció esa frase, la banca senatorial pasó a manos demócratas con Annie Andrews; Ken Paxton, el candidato que él había respaldado en Texas, cayó ante Talarico. Mientras esto se escribe, el escrutinio parcial indica que el estado de Misisipi está por mandar un demócrata a Washington por primera vez en 44 años. Para más datos, un afroamericano, algo que no sucede desde el siglo XIX.
Los demócratas detentarán ahora el poder de citación a funcionarios del Ejecutivo para investigar la administración y un Senado desde el cual frenar nominaciones de jueces y altos dirigentes de agencias gubernamentales.
Las urnas suscitaron sentimientos parecidos a los que los votantes experimentan cada vez que se sirven nafta de un surtidor. Encuestas realizadas el día de la elección indican que entre 88% y 89% de los sufragantes consideró el costo de vida un factor decisivo o importante; 74%, mencionó la guerra con Irán, un 62% cree que Trump se equivocó al iniciarla y un 57% que sus acciones migratorias fueron demasiado lejos. Con todo, inmigración fue el único tema en el que los republicanos conservaron ventaja: parece haberse castigado las acciones percibidas como excesivas más que el control migratorio en sí.
Hay además un dato que ordena el resto: después de la economía (39%), el estado de la democracia fue la preocupación principal de 32% de los votantes, por encima de la inmigración (14%) y la salud (8%). Lo puso en clave comparada la politóloga de Harvard Pippa Norris: “Brasil. Serbia. Israel (quizás). Estados Unidos. La resiliencia autocorrectiva de la democracia. Lleva tiempo, es cierto. Pero es el testimonio de que los votantes comunes defienden la democracia. Protegidas por los tribunales, las elecciones importan. Un baño de realidad para los líderes autoritarios”.
El derrumbe es vistoso en los números, pero la ruina es total en lo cualitativo. Según datos preliminares, los votantes rurales y de pequeñas ciudades, que en 2024 se habían corrido 15 puntos porcentuales hacia los republicanos, devolvieron 11: el campo sigue inclinándose hacia ellos, pero la sangría que sufrieron es decisiva. Los latinos, que se habían corrido 27 puntos porcentuales hacia los republicanos, devolvieron 20. Uno de cada tres votaron por candidatos demócratas a la Cámara. También se replegaron de su adhesión republicana los votantes sin título universitario y los hogares de ingresos medios. La fuga alcanzó el llamado cinturón del óxido: los demócratas se llevaron el Senado y la gobernación de Ohio, tres bancas de Michigan, dos de Wisconsin y tres de las cuatro de Iowa. Triunfaron candidatos que enfatizaron en sus plataformas la ampliación de las prestaciones de salud del Medicare, la regulación de los centros de datos y los límites al financiamiento de la guerra. Florida, donde pesa el voto de origen cubano y venezolano, es la excepción que confirma la regla: allí los republicanos resistieron por márgenes mínimos en varios distritos. Escombros deja Trump.
Un héroe anónimo de esta jornada es el senador socialista de Vermont Bernie Sanders, que entendió hace mucho tiempo cómo se les puede ganar a los republicanos: haciendo campaña en su propio terreno. Con la gira Fighting Oligarchy, que arrancó en febrero de 2025, llevó multitudes a Idaho, Utah y Montana con un discurso populist que no dio por perdidos a los votantes redneck ni a los trabajadores manuales, y se dedicó a reclutar y promover candidatos con parecidos de familia a esos sectores. El balance es destacable. Abdul El-Sayed, que hizo campaña con Sanders y propuso Medicare para todos y prohibir el dinero corporativo en las campañas políticas, ganó Michigan. Troy Jackson, que fue clave en las campañas presidenciales de Sanders en 2016 y 2020, derrotó a Susan Collins en Maine, aunque llegó a la boleta porque Graham Platner, el candidato originalmente respaldado por Sanders, se bajó en julio tras una serie de escándalos. Lo que funcionó, como lo viene sosteniendo el anciano senador, fue un mensaje de clase enunciado por gente que se parece a su electorado.
En cualquier caso, conviene no pasarse de rosca. Los votantes tienen una opinión más desfavorable que favorable de ambos partidos, y el giro latino puede resultar pasajero si ese electorado no recibe respuestas concretas sobre el costo de vida. Los demócratas detentarán ahora el poder de citación a funcionarios del Ejecutivo para investigar la administración y un Senado desde el cual frenar nominaciones de jueces y altos dirigentes de agencias gubernamentales. La autocorrección por la que aboga Norris no es automática: hizo falta que alguien hablara de asequibilidad, de nafta, de salud y de guerra, y que los votantes lo registraran. Los demócratas ganaron porque gran parte de la ciudadanía alzó la vista y creyó sus ojos. Falta saber si, con las llaves del Congreso en la mano, ellos mismos se animarán a seguir mirando hacia arriba.
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