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Malvinas, la pancarta de Delia y la trampa de “los argentinos de bien”
A más cuatro décadas del gesto con el que la Abuela de Plaza de Mayo Delia Giovanola unió la causa de Malvinas y los derechos humanos, su mensaje recobra urgencia. Frente a un discurso oficial que pretende dividir al país, la defensa del territorio y de la dignidad humana emergen como batallas indivisibles para sostener la democracia.
- septiembre 26, 2026
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Hace más de cuatro décadas, en el marco de una de las históricas rondas de los jueves en la Plaza de Mayo, Delia Giovanola, abuela fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, sostenía entre sus manos un cartelito, pequeño y casero, que llevaba inscrita una consigna tan contundente como acertada: “Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también”. Transcurrían las primeras semanas de la guerra de Malvinas y la efervescencia por la soberanía nacional bullía por todos lados. En aquel contexto, la dictadura pretendía utilizar una causa justa como forma de buscar legitimación y sobreponerse a la crisis económica y la presión sobre las violaciones a los derechos humanos, entre otras tantas causas. Es decir, un desesperado manotazo de ahogado para sostenerse en el poder y encubrir sus atrocidades. Sin embargo, era cuestión de semanas para que la inminente derrota militar terminara de deslegitimar por completo a un régimen ilegal, ilegítimo y sustentado bajo el terrorismo de Estado. Mientras la denuncia por las violaciones a los derechos humanos cobraban cada vez más fuerza, siendo la situación de los desaparecidos el triste pero poderoso emblema de la lucha por los derechos humanos en nuestro país, que iba de la mano de la recuperación de la democracia.
Aquel gesto artesanal, sereno y profundamente valiente de la abuela Delia no constituía un hecho aislado ni una coincidencia coyuntural; representaba un acto dictado por un imperativo ético de oposición contundente y confrontación frente al discurso oficial del terrorismo de Estado. En medio del clima bélico y de la manipulación del sentimiento popular llevado adelante por el gobierno militar, Delia logró exponer con pasmosa lucidez una falsa dicotomía entre la causa nacional por la soberanía de las Islas y los derechos humanos. Esa simple, no tan simple, imagen nos dice tanto como nos muestra: todos somos argentinos ¿todos somos argentinos?
Hoy, en tiempos donde el seguidismo ciego a las estrategias e ideas de Donald Trump vuelve a poner en el centro de la agenda pública y política el histórico y legítimo reclamo argentino por la soberanía de las islas Malvinas, la imagen de la abuela Delia toma una vigencia que nos permite dar lugar a algunas reflexiones. Asistimos a un escenario nacional dominado por la sobreactuación y por giros discursivos contradictorios que se desmienten a la vuelta de la esquina, donde la política exterior, sustentada por una política personal, oscila arbitrariamente entre el alarde chauvinista y simplista y la sumisión a otro país. En este complejo presente, volver a pensar en la imagen de la abuela Delia y en su cartelito casero nos permite hacer una pausa necesaria para volver a pensar y reflexionar sobre quiénes son realmente los argentinos para el mundo cultural y político del universo libertario. ¿Quiénes son esos denominados “argentinos de bien” a los que constantemente y de manera tajante hace referencia el presidente en sus apariciones públicas y en redes sociales?
En medio del clima bélico por Malvinas y de la manipulación del sentimiento popular llevado adelante por la dictadura, Delia logró exponer con pasmosa lucidez la falsa dicotomía entre la causa nacional por la soberanía de las Islas y los derechos humanos.
Está claro que en esa definición arbitraria y excluyente no entran aquellos que mantienen vivo el reclamo irrenunciable de memoria, verdad y justicia, sistemáticamente atacados y descalificados por el relato oficial. Tampoco lo son aquellos ciudadanos que reclaman por los derechos de las personas con discapacidad y por la urgente restitución de las prestaciones básicas para llevar una vida digna. Mucho menos pertenecen a esa categoría los jubilados que son rutinariamente reprimidos todos los miércoles frente al Congreso de la Nación —como tampoco lo son aquellos que, atemorizados, agotados o desilusionados, prefieren quedarse en sus casas—. Establecer institucional y discursivamente que existen “argentinos de bien” implica, en esa misma acción, establecer que existe un grupo –¿mayoritario? ¿minoritario?– de argentinos que no son de bien: una base de excluidos que se intenta despojar de pertenencia, que quedan fuera la promesa futura del paraíso libertario, esa utopía dogmática que no se ha realizado ni se encuentra en vías de comenzar a realizarse.
Del mismo modo que el Estado nacional tiene la obligación irrenunciable de reclamar por la soberanía de las islas —un reclamo que pareció olvidado y ninguneado hasta hace tan solo unos pocos días en el mundo libertario—, también tiene la responsabilidad insustituible de proteger, garantizar y promover los derechos de todos los ciudadanos, y esto incluye, desde ya, a los derechos humanos. Lejos de ser dos situaciones o hechos que se contrapongan o compitan entre sí en una estéril contienda, la integridad territorial y el respeto a la dignidad humana son parte indispensable de la complejidad y de las múltiples dimensiones que constituyen y hacen a una sociedad.
En esta línea, estos tiempos y la coyuntura nos permite hacernos una pregunta que vuelve a interpelarnos con fuerza: las Malvinas son argentinas, ¿pero de todos los argentinos o solo de los argentinos de bien? La exclusión deliberada de un sector de la sociedad, de nuestra propia comunidad, es el inicio de un camino hacia la deshumanización de un grupo de individuos. Es un camino largo, es cierto, pero que como todo proceso de degradación social y democrática tiene un punto de comienzo. La violencia discursiva, desprecio hacia el otro y la identificación del adversario como un enemigo plausible de ser eliminado, podrían identificarse como ese punto de partida. La negación de la idea de derechos en general, y la de los derechos humanos en particular, que convergen peligrosamente con la desestimación de la democracia como el mejor sistema político posible y deseable, son sin dudas señales de alerta que no deben ser desatendidas en modo alguno. Deben ser analizadas y consideradas en toda su gravedad, complejidad y potencialidad, comprendiendo que la defensa de la democracia y la defensa de los derechos humanos son causas indivisibles que sostienen desde la propia sociedad civil y sus organizaciones, que incluye desde ya a todo el arco político democrático. Esto se hace más necesario en tiempos donde el Estado queda en manos de actores que desestiman a la democracia.
*Leonardo Kordon es docente e investigador de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). También dirige la Diplomatura Ciudadanías Digitales con enfoque en Derechos Humanos de la Universidad Nacional del Comahue.
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