Argentina / 19 agosto 2026

temperature icon 9°C
Edit Template

La brecha digital también es una brecha social

No se trata solo de “problemas técnicos”, sino de decisiones políticas que trasladan y profundizan las desigualdades del mundo físico al virtual. Frente al avance de la IA y el riesgo de que el desarrollo sea el privilegio de unos pocos, disputar el sentido y el acceso en los ecosistemas digitales se vuelve una batalla urgente.

Por Ayelén Caffarena*

Compartir:

Compartir:

Esta imagen muestra a alumnos de una escuela utilizando netbooks del programa de inclusión digital en un aula escolar.

La historia del mundo está atravesada por injusticias, desigualdades, narrativas que convalidan la realidad que conocemos como el despliegue natural de la propia inteligencia y el crecimiento exponencial de unos pocos asociado a la “supervivencia de los más aptos”. A este escenario, que de manera intencional propone brechas como modo de apropiación de recursos que se convierten en privilegios, se le suma el despliegue de nuevas tecnologías que abren infinitas posibilidades de amplificar las diferencias o mitigarlas para alcanzar un desarrollo más equitativo y justo.
El problema real es que la brecha digital se convierte en una nueva forma de brecha social, donde múltiples factores interceptan el despliegue de las capacidades humanas de determinadas poblaciones, quedando abandonados a la merced de su suerte. 

La brecha digital es una transición de las disparidades del mundo físico al mundo virtual, compuesta por múltiples dimensiones que en conjunto conforman una nueva forma de amplificar las distancias necesarias para hacer operativa la igualdad de oportunidades y la movilidad social ascendente. 

La Inteligencia Artificial generativa y las nuevas herramientas que se desarrollan por miles de manera diaria hacen que el mundo esté a un clic de distancia, solo si se tiene el clic y si se es parte del ecosistema digital que está reconfigurando todas las relaciones de poder y de saber. Algunos optimistas le asignan un rol igualador, como un “gran agente” desprovisto de sesgos y ambición de poder, que funciona como una herramienta que administra igualdad de oportunidades y, por lo tanto, también de desarrollo. Otros, con una mirada más tecnófoba, plantean la destrucción de las capacidades humanas y la monopolización de la dimensión de producir y crear valor, subyugando al ser humano a los dueños de los grandes sistemas que, en apariencia, dominarán el futuro.

Se trata de miradas extremas que no tienen en cuenta la intervención inteligente del hombre en su mundo, que lo hace capaz de disputar sentido, valor y la posibilidad de ser el artífice de su destino y en caso de no lograrlo, de intentarlo. 

Cuando se habla de brecha digital, no se trata solo de la ausencia de dotación de recursos, sino también de la falta de calidad de estos cuando efectivamente son proporcionados a las poblaciones, de la carencia de desarrollo del dominio técnico de los dispositivos, de la omisión de la apertura mental suficiente para vislumbrar modos diferentes de operar el mundo y las riquezas que en él se pueden producir. 

Se puede concebir como una brecha que aumenta por la omisión de acción, pero ¿por parte de quién? 

Cuando no hay una visión estratégica o esta última se orienta a conservar privilegios, profundizar desigualdades y aumentar la cantidad de sujetos “dejados atrás”, entonces la IA se convierte en una herramienta que, lejos de integrar, expulsa.

Las tecnologías de la información y la comunicación no son consecuencias del desarrollo, sino más bien una condición necesaria y previa para que este suceda. Entonces ¿bajo qué dominio debe operar su existencia? 

Los gobiernos tienen una tarea indelegable que es la de generar ecosistemas institucionales que proyecten a quienes habitan en su suelo, al pleno despliegue de sus facultades proponiendo como base la igualdad de oportunidades, que no es necesariamente, igualdad de resultados. 

No obstante, cuando no hay una visión estratégica o esta última se orienta a conservar privilegios, profundizar desigualdades y aumentar la cantidad de sujetos “dejados atrás”, entonces la IA se convierte en una herramienta que, lejos de integrar, expulsa, siendo su uso meramente instrumental, pero desprovisto de una utilización con pericia y, por tanto, deficiente como método de democratización.

Son problemas que están tan a la vista que acaban por ser invisibilizados. Obsolescencia tecnológica de los equipos entregados; formación educativa de menor calidad y con falencias primarias que vacían de proyección a la escuela como institución igualadora y con una función de motorizar el crecimiento; falta de continuidad en diversas iniciativas a lo largo del tiempo; cambio de gobernantes que reinician de forma constante procesos que solo avanzan cuando lo hace su historicidad; carencia de recursos.

Algunas brechas, como la digital, responden al desprecio del bien jurídico tutelado: la vida de las personas que habitan en un determinado territorio. Cuando se premia la “eficiencia” numérica por sobre la dignidad humana, cuando se interrumpen procesos de democratización de herramientas digitales, cuando se pondera el resultado sin tener en cuenta los contextos en los que las personas están sumergidas, cuando emergen nuevos sistemas y son solo algunos los que entienden y pueden usufructuarlos como aliados estratégicos, entonces la brecha digital se convierte en la expresión de una decisión política que profundiza las diferencias existentes, con el fin de que recorrer las distancias para determinadas poblaciones sea cada vez más complejo y, en el camino, la mayoría termine abandonando, incluso si lo hacen utilizando herramientas digitales, pero de manera marginal y sin una visión acabada de cómo hacerse del mundo del siglo XXI.

¿Y si las oportunidades fueran para unos pocos? La brecha digital emerge como una subcategoría de la brecha social, que facilita el exilio en el universo virtual que compone la nueva realidad bidimensional de las personas. 

Disputar sentido, pertenencia y saberes en los ecosistemas digitales se convirtió en una batalla que es necesaria dar para recuperar la construcción de oportunidades, para acortar distancias y para que desarrollarse no sea un privilegio reservado de unos pocos. 

 

*Ayelén Caffarena es abogada especialista en políticas públicas e Inteligencia Artificial.

 

 4Palabras

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: