Carta al padre
La despedida íntima de Lionel Messi a su papá. Los grandes textos de Kafka, Auster y Rosencoff: cuando la muerte irrumpe, la palabra escrita se convierte en el único puente para nombrar lo imposible.
- agosto 12, 2026
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El vínculo de un hijo con su padre es uno de los más difíciles de desentrañar. A lo largo de la historia, la literatura, la psicología, la sociedad civil intentó nombrar esa zona compleja donde se cruzan la admiración, los mandatos, el amor incondicional y la pérdida. Cuando la muerte irrumpe, la palabra escrita puede convertirse en el único canal posible para la catarsis: una conversación, un mensaje pendiente, un despido.
Leo Messi, la leyenda, acaba de escribir una carta pública a su padre, en la que muestra su lado más vulnerable: el de un hijo que perdió a su papá, a su representante, y a su amigo. La persona que lo vio antes que nadie y que insistió en la adversidad para que su hijo estuviera en el lugar correcto, en el momento exacto. Messi explica y cuenta lo que no le debe a nadie y lo que siempre le negó a los micrófonos, y muestra cómo en la vida, el ejemplo y la confianza de un padre a su hijo puede torcer la historia.
“Pa, todavía no puedo creer que te hayas ido. No caigo, o mejor dicho, no quiero caer. Se me hace muy difícil imaginarme que ya no te voy a ver más, que no vamos a hablar más. Sé que estabas sufriendo y que es lo mejor, pero te fuiste muy pronto. Todavía nos quedaba mucho por disfrutar juntos”, escribe Messi, y narra cómo vivió el último Mundial mientras la salud de su padre empeoraba a la distancia.
“Tanto me pedías que juegue el último Mundial y días antes de empezar fue cuando peor te pusiste”, recuerda sobre ese momento. “Cada vez que terminaba un partido esperaba y extrañaba tu mensaje. Ahí me di cuenta de que la situación era fea de verdad. Así y todo, no dejaba de pensar en llegar lo más lejos posible, para darte tiempo y que vieras un partido. Llegamos a la final y no pudiste estar. Quería ganarla para llevártela y mostrarte una nueva. No pude, las piernas no me daban más”.
Confiesa además que la partida de quien fue guía y sostén desde la infancia no le permite visibilizar su futuro futbolístico: “No sé qué voy a hacer sin vos, no sé cómo seguir. Yo solo jugaba al fútbol y ahora tengo bastantes dudas de que vaya a seguir haciéndolo por mucho tiempo más… Estuviste al lado mío desde el principio, faltaba tan poquito para el final. ¿Por qué no aguantaste ese poquito más y terminábamos juntos?”. Y al repasar el rol que desempeñó en cada etapa de su vida, agrega: “Fuiste papá, amigo y representante. Siempre eras la persona que tenías que ser en cada momento y nunca te equivocaste en nada. Más allá de algunos reproches o peleas, siempre tenías razón”.
“Pa, todavía no puedo creer que te hayas ido. No caigo, o mejor dicho, no quiero caer. Se me hace muy difícil imaginarme que ya no te voy a ver más, que no vamos a hablar más. Sé que estabas sufriendo y que es lo mejor, pero te fuiste muy pronto. Todavía nos quedaba mucho por disfrutar juntos”, le escribe Messi a su padre.
Hay sobrados ejemplos en la literatura latinoamericana y del resto del mundo de cómo esos vínculos afectan directamente el curso de una vida. La icónica Carta al padre de Franz Kafka es, sin duda, la correspondencia más famosa de la literatura dirigida a un progenitor. Aunque nunca llegó a manos de su destinatario, fue concebida para ser leída y publicada posteriormente: un ajuste de cuentas psicológico, desgarrador, sobre el abuso emocional, el autoritarismo paterno y la sombra aplastante que ejerció sobre la vida y obra del autor.
O podemos pensar en La invención de la soledad, de Paul Auster, quien tras la muerte repentina de su padre escribe la primera parte del libro (Retrato de un hombre invisible) a modo de evocación y examen público. Allí explora la distancia emocional, el misterio y la incalculable frialdad de su progenitor, tratando de reconstruir quién era a través de los objetos y recuerdos que dejó.
Más cerca, en Uruguay, Mauricio Rosencof conecta su propio cautiverio en los calabozos de la dictadura con el trauma original de su padre, que había sobrevivido al Holocausto. El texto es un intento desesperado de decirle a su padre que él también resistía y que el hilo de la memoria familiar no se había roto. Como no tenía dónde escribir, componía los poemas y fragmentos de memoria y los repetía mentalmente a diario para no olvidarlos. Años después, tras la restitución de la democracia en 1985 y su liberación, volcó esos versos en el libro Las cartas que no llegaron (publicado en 2000). El título del libro alude a una doble ausencia: las cartas que la familia en Europa nunca llegó a enviar porque fue exterminada en los campos de concentración, y las cartas que Rosencoff no podía enviar a su padre desde la prisión clandestina del régimen uruguayo.
La pregunta frente al desamparo final sigue siendo transversal a la humanidad. Messi le habla a su padre en presente, en un gesto de memoria y gratitud desordenado por la pérdida: “Te voy a extrañar mucho, pero siempre vas a estar presente, y sobre todo en la educación de mis hijos, porque les enseño y los educo como ustedes lo hicieron conmigo. Descansá en paz y cuidanos desde arriba como lo hacías acá. Gracias por todo. Te amo, pa».
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