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Historias de nunca acabar: guerra regional e inflación global
La guerra en Medio Oriente se expande hacia Egipto e Irak, atrapando a la región en un conflicto de desgaste sin final claro. Aunque Estados Unidos ostenta su superioridad militar, Irán impone las reglas del juego asimétrico mientras consolida el poder interno de su ala más dura. La crisis energética global y los costos políticos amenazan a Washington.
- julio 30, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Los últimos días de la guerra en Medio Oriente incorporaron dos territorios más al escenario bélico: Egipto e Irak. La tregua tras la firma del memorándum de entendimiento que debía llevar en 60 días a un acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán resultó efímera y está dando lugar a una dinámica de guerra sin fin de media intensidad. Los hechos se revelan paradójicos: la superpotencia demuestra en cada acción su superioridad militar, pero, desde el reinicio de las hostilidades el 7 de julio, el juego se desarrolla bajo los términos que propone Irán.
Incluso cuando se lanza a cortar otros tentáculos de la hidra iraní, Estados Unidos parece seguir el guión escrito por la Guardia Revolucionaria Islámica iraní. El ataque estadounidense contra Mosul, dirigido a las Fuerzas de Movilización Popular iraquíes, pareció inicialmente sumarle apoyos a Irán, tras la fuerte reacción del gobierno de ese país. El ataque de Arabia Saudita contra territorio yemení controlado por el Consejo Político Supremo de los hutíes incorpora abiertamente al conflicto al régimen liderado de hecho por Mohamed Bin Salman, dejando en evidencia que los aliados de EE.UU. no pueden ya guarecerse pasivamente bajo un paraguas. Lo mismo cabe señalar del ataque exitoso de drones iraníes contra buques petroleros en Egipto: ningún aliado estadounidense dentro del radio de alcance de los vehículos no tripulados iraníes puede evitar ser atraído hacia el conflicto o esquivar sus esquirlas. Agregar a esto que el Estrecho de Ormuz sigue cerrado es a esta altura una obviedad.
El incendio bélico, como vemos, extiende su fuego desde el Índico hasta el Mediterráneo, mientras la mancha de aceite de la crisis energética cubre de nuevo todo el globo. Si se descarta (y con Trump no es razonable hacerlo) la hipótesis de una hecatombe, la estrategia de salida de Washington se hace menos discernible cada día que pasa. Al mismo tiempo, el secretario de Defensa Pete Hegseth se ocupa de dejar a la vista de todos una debilidad que se sospechaba cuando se firmó el memorándum y que él confirma al mendigarle al Congreso la rápida aprobación de presupuestos para reaprovisionar las carísimas defensas antimisiles. Mientras tanto, los pasdarán iraníes se regocijan en lo mal que su adversario es capaz de jugar una mano de cartas machazas y se reaprovisiona de tiempo para su guerra asimétrica de desgaste.
La reorientación de prioridades presupuestarias hacia una guerra de nunca acabar igualita a aquellas cuya responsabilidad Trump endilgaba a sus predecesores, regala cuantiosa munición a la oposición demócrata, debilitando aún más la ya frágil posición de los republicanos de cara a las elecciones de medio término de noviembre próximo.
El endurecimiento del régimen iraní
Aunque siga siendo el único actor que enfrenta una amenaza existencial en este conflicto, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica parece ser también el único que lo encuentra nutritivo. De los múltiples, cambiantes y contradictorios objetivos que Donald Trump enunció para intentar justificar esta guerra de elección, el que más parece habérsele alejado es el cambio de régimen en Teherán. Por el contrario, todo indica (dicho esto con extrema prudencia, dada la opacidad de la teocracia iraní) que a la facción más dura del poder estatal le viene como anillo al dedo que el nuevo líder supremo sea el hasta hoy invisible Mojtaba Khamenei. Es bastante evidente que los ventrílocuos detrás del heredero son los guardianes de la revolución, que pueden instrumentalizar a alguien que se formó como uno de los suyos y que no construyó una autoridad propia como la que tuvo su difunto padre, basada en dosis parejas de represión brutal y prestigio por el liderazgo en la reconstrucción del país tras la deletérea guerra contra Irak.
Al asumir el control de rutas en el Estrecho de Ormuz y coordinar respuestas con actores no estatales en Irak y Yemen, los pasdarán no solo demuestran capacidad de respuesta asimétrica, sino que reafirman su hegemonía interna. El estado de confrontación, además, le permite al aparato de seguridad justificar el disciplinamiento político doméstico y una economía de guerra donde antes hubo inflación, devaluación y una de las protestas sociales más vigorosas desde 1979. Cuando hablan los cañones, salen de escena el presidente Masud Pezeshkián, electo a disgusto del finado ayatolá, y todos quienes abogaron por el desescalamiento diplomático que hizo posible la firma del también finado memorándum.
En el plano estrictamente táctico, EE.UU. y sus aliados han demostrado una notable efectividad en la interceptación de las salvas balísticas lanzadas hacia instalaciones estratégicas en Jordania y el Golfo Pérsico. Sin embargo, esta efectividad no oculta una vulnerabilidad logística crucial: la difícil sostenibilidad de costos e inventarios. El uso intensivo de interceptores de alta tecnología para neutralizar vectores iraníes (ya mayormente agotados) y drones de bajo costo (que se siguen produciendo a ritmo cada vez más frenético) genera una tasa de desgaste acelerada en los arsenales.
Para el Pentágono, la reposición de estos sistemas de defensa aérea no es inmediata ni políticamente sencilla. La continuidad de ataques iraníes, por un lado, pone a prueba la capacidad industrial militar de Washington y fuerza una asignación de recursos que compromete su presencia en otros teatros globales, causando ansiedad en tierras tan lejanas como Japón y Corea. Por el otro, la reorientación de prioridades presupuestarias hacia una guerra de nunca acabar igualita a aquellas cuya responsabilidad Trump endilgaba a sus predecesores, regala cuantiosa munición a la oposición demócrata, debilitando aún más la ya frágil posición de los republicanos de cara a las elecciones de medio término de noviembre próximo.
Aunque no haya nada que a Trump lo preocupe menos que el déficit fiscal, ha dejado traslucir que lo gana la ansiedad presupuestaria: ya en abril inmortalizó una declaración sobre la que los demócratas percutirán sin cesar hasta el día de la elección venidera: “Estamos librando una guerra; no podemos encargarnos de las guarderías, de Medicaid, de Medicare; tenemos que ocuparnos de una sola cosa: de la protección militar”.
Onda expansiva: esquirlas en el Norte de África e inflación global
La inestabilidad extendida hacia el Mar Rojo, primero por la disrupción provocada por los hutíes en el estrecho de Bab el-Mandeb y ahora por los drones iraníes en el otro extremo de esa vía, impacta sobre Egipto, cuya economía padece la drástica caída de ingresos por el peaje del Canal de Suez, a raíz de la reorientación de un tráfico marítimo global que se desvía hacia el sur de África. La combinación entre el bloqueo del Estrecho de Ormuz y la imprevisibilidad en Bab el-Mandeb amenaza con arrastrar a todo el Norte de África a una espiral de fragilidad económica.
En el plano global, el ataque a instalaciones energéticas en Arabia Saudita (que también ve ahorcado el transporte de crudo por oleoducto hacia el Mar Rojo) y el apresamiento de buques petroleros reencendieron la volatilidad de las materias primas. El repunte del crudo hacia la franja de los 85 dólares por barril reaviva unas presiones inflacionarias que apenas habían cedido en todo el orbe.
En el corto plazo, el escenario más probable excluye tanto una resolución diplomática abarcadora como un enfrentamiento directo total que amenace la supervivencia del régimen iraní. La hipótesis más prudente apunta a una consolidación de la guerra de desgaste de baja intensidad, caracterizada por pulsos intermitentes de escalada táctica, consistentes en ataques “de precisión” y represalias proporcionadas para fijar posiciones sin cruzar los umbrales de un conflicto abierto más generalizado aún.
En el mediano plazo, y como un efecto perdurable independiente del desenlace que tenga (si lo tiene) el conflicto, podremos ver desplegarse una mayor autonomía de los hoy aliados de EE.UU., ante la percepción de sus limitaciones tácticas y sus distracciones políticas.
El verdadero riesgo de los próximos meses no reside en la planificación deliberada de una gran guerra mundial, sino en el margen de error inherente a la fricción táctica permanente, donde un error de cálculo derive en un conflicto incontrolable en su alcance geográfico y duración.
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