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Estampar nuevas manos en nuestra cueva interior
En tiempos de algoritmos que estandarizan nuestros modos de vida y consumo y de pantallas que nos dispersan, los libros de papel proponen un riesgo: salir de uno mismo, habitar el desconcierto y volver a mirar con nuevos ojos, “con esos que traeremos de los textos, lo que antes no alcanzábamos a ver”. Un paralelismo con la Cueva de las Manos, cuyo acceso fue privatizado.
- julio 2, 2026
- Lectura: 5 minutos
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Leer nunca es un acto individual. Cuando leo estoy con otros. No sólo con quien firma como autor, sino también con aquellos a los que pone en escena y a los que a su vez leyó.
La lectura, por otra parte, ejerce la misma suspensión del tiempo y el espacio reales que la escritura. Me saca de mí y de donde estoy. Detiene el regodeo circular y repetitivo de la mente que nunca cesa de decir cualquier cosa, sin relación alguna: que debería poner el lavarropas, que extraño a X, que cuando tenía ocho años, que cómo B me iba a decir tal cosa, que yo responderé blá cuando lo encuentre y etcéteras infinitos que son difíciles de silenciar.
Bajo estados anímicos desagradables, contra toda voluntad, a veces decido leer; fácil es la lectura cuando la vida es plácida y calma, cuando el día se mantiene en un equilibrio casi perfecto, aunque probablemente sea efecto de ciertas omisiones. Pero no lo es cuando el mundo, la existencia propia y de los otros caminan por la cornisa.
La lectura propone antes que nada un salirse de sí. Es un riesgo y a la vez siempre una novedad. No sólo la lectura de novelas, cuentos, poemas, ensayos, hojas impresas. La lectura está en todas partes: en las escenas de una película, en los gestos de la gente que vemos a lo lejos, en el paisaje. Leemos todo, todo el tiempo. La lectura no es una actividad quieta y apaciguada en la que recibimos como un vaso el agua que sale de una canilla.
Tenemos sed de historias desde el principio de los tiempos. La tuvieron los primeros habitantes de la zona de las Cuevas de las Manos, al noroeste de la hoy Provincia de Santa Cruz. Las pinturas, realizadas por cazadores y recolectores que habitaron aquella zona hace entre el 13000 y 9000 años, muestran la impresión de 800 manos de habitantes de aquellos años y de otros posteriores, representan guanacos, escenas de cacería y más. Son prueba irrefutable de que siempre quisimos dejar nota sobre nuestra impresión del mundo, nuestro paso por la vida. Y de que siempre volvimos a leer aquello.
¿Qué habrán pensado esos hombres, mujeres y niños mientras estampaban sobre las paredes de las cuevas sus manos? ¿Qué habrán imaginado mientras se acercaban uno y otro siglo hacia acá cuando posaban sus ojos sobre aquellas paredes? ¿Cuándo empezaron a contarse los mitos y leyendas que giran en torno de la Cueva de las Manos? ¿Qué creían que sucedía al entrelazar una a una las manos con otras? ¿Qué comunidad creaban en las piedras?
La Cueva de las Manos pasó a formar parte de territorios privados. En 2020 fueron recuperados por la provincia de Santa Cruz, que creó el Parque Provincial Cueva de las Manos. El manejo de esas hectáreas por intereses privados sesgó el acceso a las Cuevas y con ello al patrimonio cultural y a la memoria.
La Cueva de las Manos pasó a formar parte de territorios privados. En 2020 fueron recuperados por la provincia de Santa Cruz, que creó el Parque Provincial Cueva de las Manos. El manejo de esas hectáreas por intereses privados sesgó el acceso a las Cuevas y con ello al patrimonio cultural y a la memoria.
Hoy, bajo los mandatos de la tecnocracia, la dependencia a los algoritmos, no parece diferente. El acceso a los bienes culturales queda bajo el mando de estos poderes económicos por fuera del alcance de la mayor parte de la población y su acceso “libre” depende de un monto a pagar. Sus formas gratuitas son limitadas. Funcionan como un tamiz donde qué información dar y qué dejar afuera no tiene ningún razonamiento más que algoritmos. Se prensan los datos. Se los acoplan, superponen, mixturan.
El papel encarecido y los salarios precarizados imposibilitan que accedamos a libros y ya tenemos que elegir si comprar uno o pagar una plataforma para acceder a películas, series, música, etc. Siempre, claro, padeciendo el mandato de qué debemos consumir según el algoritmo.
En ellas, los relatos cinematográficos, por dar un ejemplo, no sólo repiten temas y géneros, sino recursos narrativos, tratamientos de la imagen y sonidos. Las películas y series calificadas como “ominosas” o apocalípticas, los Thrillers y las comedias corroen hasta el hartazgo al espectador, que ya no se sienta a mirar sino que come mientras mira, charla mientras mira, scrollea mientras mira. Lo mismo con la música: suena de fondo mientras se hace algo más y muchas se parecen. Podrían ser el sonido de fondo de la sala de espera del dentista.
Con la lectura de libros de papel pasa otra cosa. O se lee o no se lee. Es claro que si mientras leemos la mente se va a pensamientos intrusivos, inevitablemente tarde o temprano tendremos que volver a leer las páginas que no atendimos porque el sentido cae. A menos que estemos leyendo textos escritos con tal liviandad y encorsetados en estructuras reiteradas que no exijan nada al lector. Y el lector pase a ser el vaso sobre el que cae el agua de la canilla.
Algunos lectores tenemos sed de historias, sed de textos que nos conmuevan, no nos contentamos con el vaso lleno y queremos beberlo hasta saciar la sed. Pero nuestra sed se parece a la de quien atraviesa el desierto.
Algunos lectores no nos satisfacemos con historias que confirmen nuestra posición en el mundo, nuestro modo de pensar y de sentir, sino que queremos que los textos nos interpelen y nos conmuevan.
Algunos lectores queremos que los textos nos desestabilicen de tal manera que defendamos al asesino aunque no quisiéramos matar a una mosca cuando leemos Crimen y Castigo de Dostoievsky o “El candelabro de plata” de Castillo, que no sepamos dónde señalar moralmente cuando leemos a Lorrie Moore, que nos conmovamos hasta las lágrimas cuando vamos por los textos de Clarice Lispector o Margaritte Duras, que nos paralice la tensión cuando leemos Schweblin.
Porque después de todo volveremos a las horas reloj, a los días laborales, a las obligaciones diarias y podremos ver con otros ojos, con esos que traeremos de los textos, lo que antes no alcanzábamos a ver: al otro, a la comunidad de la que forma parte y de la que nosotros también formamos parte. Como si todo lo leído fuera estampando en nuestra cueva interior nuevas manos.
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