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Ariel Goldstein: “La crisis democrática es una disputa civilizatoria entre modelos de poder”

“La nueva oligarquía tecnológica. Poder sin límites en la posdemocracia” es el nuevo libro de Ariel Goldstein, editado por Marea, donde indaga cómo algunos de estos multimillonarios de la nueva oligarquía tecnológica tejen alianzas con los Estados y acumulan poder y capitales sin límites.

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Este libro titulado "La nueva oligarquía tecnológica: Poder sin límites en la posdemocracia" fue escrito por Ariel Goldstein y publicado en 2026 por la editorial Marea.

Los apellidos tradicionales, de alcurnia y prosapia, ligados a la derecha vernácula, quedaron atrás: Elon Musk, Jeff Bezos, Peter Thiel, Jensen Huang, Sam Altman, Mark Zuckerberg o Alex Karp parecen ser los nuevos nombres –y hombres— de la oligarquía tecnológica en esta nueva fase de la posdemocracia a escala global. 

La nueva oligarquía tecnológica. Poder sin límites en la posdemocracia es el nuevo libro de Ariel Goldstein, editado por Marea, en el que se plantea indagar cómo algunos de estos multimillonarios de la nueva oligarquía tejen alianzas con los Estados y acumulan poder y capitales sin límites, en  una dominación política que no está basada –de manera exclusiva— en partidos, en ideologías o en instituciones representativas.

El libro propone comprender esta nueva oligarquía que ejerce su influencia sobre todo el planeta a través de sus empresas globales. Goldstein, doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires e investigador adjunto del CONICET en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe, ya había estudiado el fenómeno de los evangelistas y la ultraderecha con trabajos como Bolsonaro. La democracia de Brasil en peligro (Marea, 2019), Poder evangélico (Marea, 2020) y La cuarta ola (Marea, 2024). Aquí nos acerca una tipología de roles de este nuevo régimen.

En tu nuevo libro mencionás que las transformaciones políticas del siglo XXI no pueden comprenderse solo a partir del ascenso electoral de la extrema derecha ni de la crisis de las democracias liberales, ¿por qué parece que hoy una oligarquía tecnológica dirige los destinos de la humanidad?

En el libro trabajo sobre lo que denominamos ‘un régimen tecnopolítico’, que es un sistema híbrido, es decir, no es una dictadura ni tampoco una democracia, ni siquiera la democracia liberal del siglo XX: es un vaciamiento de su sustancia. La idea del gobierno del pueblo, de la división de poderes, está siendo vaciada con la emergencia de esta oligarquía tecnológica. También, por todo eso, hablo de cómo funciona esta dinámica en el centro y en la periferia, por este vaciamiento, por la captura de esta asociación entre oligarcas tecnológicos y extrema derecha que se da sobre todo en los Estados Unidos pero que se extendió ahora también a América latina.  

El desprecio por el Estado, los beneficios que les otorgan ciertos gobiernos (Estados Unidos, Israel, etcétera), los discursos de libertad, una fe irrestricta en el poder del mercado, el autoritarismo, aparecen como señas de un proyecto político radicalizado. ¿Cuáles son las características que tienen en común estos tecnócratas?

En este punto trato de diferenciar lo que llamo ‘los arquitectos del régimen’, como Peter Thiel o Alex Karp, que son los que diseñan un poco estas características. Son filósofos, diseñan sus propios modelos, además tienen la coerción con empresas como Palantir que están integradas en la seguridad del Estado norteamericano. También están ‘los operadores carismáticos’ como Elon Musk, que buscan polarizar, construir carisma, mediados por dispositivos algorítmicos. Entonces el modelo de Musk es polarizar, no es doctrinario. En cambio Thiel o Karp diseñan la racionalidad del régimen, Musk la operativiza junto con Donald Trump. Después están los ‘traductores periféricos’ como Milei, Novoa o Bukele, que implementan estos modelos o los aceleran en sus propios países.     

Me llama la atención el caso de Peter Thiel en Argentina. ¿Cómo operan estos nuevos mercaderes, lo hacen a la luz, entre las sombras, cuál es el entramado para moverse con sus influencias para obtener negocios, poder, capitales? ¿Por qué recala hoy aquí? 

El caso de Thiel en Argentina tiene que ver con eso que mencionaba antes: un espacio para llevar adelante su experimento anarcocapitalista. La desregulación total para la inteligencia artificial, por ejemplo, lleva a eso: que la Argentina se transforme en un lugar ideal para experimentar y acelerar este régimen. Esto también lo dijo en una entrevista uno de los asesores de Thiel en la que mencionó que ven a la Argentina como un reservorio de la vieja Europa en decadencia frente al tema de lo que ellos llaman ‘el apocalipsis’.   

En el caso de Marcos Galperín, quien ahora también aparece como posible candidato en 2027, a diferencia de los millonarios de antes que solían mantener un perfil bajo ahora dan a conocer sus pensamientos, su ideología, confrontan todo el tiempo desde la tribuna pública de X, ¿por qué se dio este cambio de paradigma?  

En el libro señalo justamente a Galperín como una especie dentro de los denominados ‘administradores periféricos’: de hecho es el dueño de Mercado Libre. Porque justamente estos ‘administradores’ son los que garantizan la continuidad del régimen. No son profundamente ideológicos como Milei o Trump pero dejan fuertes infraestructuras y, además, se alinean con ellos. Son ‘tipos ideales’, como dice Weber, no son totalmente puros en la realidad, pero Galperín se erige como un administrador del régimen en la periferia, que está aliado con Milei porque encuentra en la desregulación total un espacio posible para la expansión de sus negocios y del régimen tecnopolítico.  

“La regulación solo puede ejecutarse o implementarse si se hace a escala global, a través de instituciones como la ONU, que ahora está muy atacada por la extrema derecha (creo que precisamente por estos motivos). La ONU es uno de los pocos organismos globales que podría promover este tipo de acuerdos”.

Mencionás además que la promesa fundacional del capitalismo meritocrático está erosionada estructuralmente. ¿Qué cambios produjo la IA en ese sentido donde hay profesiones que fueron desplazadas? ¿Por qué las regulaciones y su uso hacen también a este entramado ideológico, por ejemplo, en la guerra comercial entre Estados Unidos y China? 

En esa guerra hay dos modelos en pugna: por un lado, el trumpismo que se autocratiza a nivel interno, esto es, se vuelve más autoritario en la alianza con los oligarcas tecnológicos para superar a China en la guerra tecnológica. Esto es lo que dicen, incluso en un documento enviado a la Casa Blanca, que tienen que permitir una mayor desregulación para poder ganarle a la IA autoritaria encarnada por China pero paradójicamente, para eso, tienen que conllevar adelante una mayor autocrización interna. En el modelo estadounidense parece que son los oligarcas los que dominan las instituciones, los que las capturan y las definen. El modelo chino, que quizás está más atrasado tecnológicamente –por ahora— aparentemente plantea ser un espacio donde es el Partido Comunista Chino quien disciplina a los oligarcas. Es el caso de Ali Baba, como un modelo menos capturado por las corporaciones, aunque conserve rasgos de autoritarismo o centralización. Xi Jinping definió en la Constitución la importancia de la cuestión tecnológica y lo mismo hizo Estados Unidos en un documento del Departamento de Estado.

 

En ese sentido, es plausible pensar que estos nuevos referentes de la oligarquía controlan la infraestructura, organizan la información, el pensamiento y hasta la política, ¿cómo se recupera ese control? 

En primer lugar tiene que haber regulaciones que moderen esto. Por otro lado, esas regulaciones deben distinguir el sur y el norte, porque eso nos permite entender que el régimen quiere cosas distintas en el centro y en la periferia. Por lo tanto, la regulación que debe realizarse para cada uno de estos escenarios es distinta. Sin embargo, esa regulación solo puede ejecutarse o implementarse si se hace a escala global, a través de instituciones como la ONU, que ahora está muy atacada por la extrema derecha (creo que precisamente por estos motivos). La ONU es uno de los pocos organismos globales que podría promover este tipo de acuerdos. Además digo “globales” y no “globalistas”, que es una palabra inventada por la extrema derecha que nadie sabe qué quiere decir, que son distorsiones del lenguaje para fabricar teorías conspirativas. 

El libro se pregunta si hay un espacio de resistencia, una alternativa posible a esta posdemocracia que estamos viviendo, ¿será posible que emerja algo distinto? ¿O cómo se construye?

Es evidente que la democracia ya no se puede defender solamente a escala nacional porque estas empresas operan de forma global. La única forma de introducir una regulación para recuperar un espacio para la democracia es justamente entonces a escala global, con la distinción de sur y norte en el mundo. Al mismo tiempo, prolifera la ambigüedad de estos desarrollos tecnológicos: si bien son datos y datos que están concentrados en pocas manos y eso genera una crisis democrática, también habilita nuevas formas cognitivas en el desarrollo del conocimiento, que pueden servir para ampliar espacios democráticos o cuestionamientos de jerarquías, con modelos de lenguaje, que tienen una utilidad, pero el problema es que están siendo apropiados por esta oligarquía tecnológica.   

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