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La memoria que rueda junto a la pelota: el Mundial de los que faltan en México

En el mismo contexto donde el fervor del fútbol acapara las miradas de todo el mundo, los familiares de personas desaparecidas en México transforman los espacios públicos en canchas de resistencia. Una postal de dolor y memoria que revive los históricos reclamos nacidos bajo el Mundial 78.

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Familiares de personas desaparecidas juegan fútbol durante una manifestación este domingo, en Ciudad de México (México). EFE/Mario Guzmán

Mientras los focos de los medios apuntan hacia el césped y las tribunas se llenan de cotillón oficial, en las inmediaciones de los estadios a veces se juega otro partido. No hay copas en juego, sino la necesidad de arrancar del olvido a los que faltan. En la Ciudad de México, el paisaje de la Glorieta de las y los Desaparecidos amaneció distinto el último domingo: organismos de derechos humanos y familiares de desaparecidos transformaron el espacio público en una cancha de resistencia, armando un picadito por la memoria y una nueva jornada de pegatinas, para reclamar dónde están las más de 134 mil personas desaparecidas en las últimas décadas.

El domingo, la rotonda sobre el Paseo de la Reforma se tiñó con los rostros y los datos de las víctimas. Los familiares apelaron a la estética del torneo: diseñaron afiches con la forma de las clásicas figuritas del Mundial, con fondo azul y camiseta verde, pero coronadas por un grito unánime: ¡Hasta encontrarles! Sobre el asfalto, el escudo de la selección local fue intervenido: en el centro, en lugar de los emblemas tradicionales, estamparon una pala, la herramienta que las propias familias empuñan ante la inacción del Estado. “México campeón en desapariciones” y “¿Dónde están? +133 mil personas desaparecidas”, eran algunas consignas que podían encontrarse en las camisetas que se usaron en el partido.

Estas actividades dieron continuidad a las protestas realizadas durante la semana de apertura del Mundial. En ese momento, miles de personas intentaron llegar al estadio Azteca, sede del partido inaugural, pero fueron reprimidas por un operativo policial. 

El domingo, la rotonda sobre el Paseo de la Reforma se tiñó con los rostros y los datos de las víctimas. Los familiares apelaron a la estética del torneo: diseñaron afiches con la forma de las clásicas figuritas del Mundial, con fondo azul y camiseta verde, pero coronadas por un grito unánime: ¡Hasta encontrarles!

Detrás de cada papel hay una historia particular. El diario La Jornada de México cuenta la historia de Reyna Karina San Román Aguilar, desaparecida en diciembre de 2012 en Tlalnepantla. Su madre, Claudia, denunció que la causa judicial estuvo “perdida” durante una década en la fiscalía. Cuando logró recuperar el expediente, se encontró con una burla: un bibliorato que solo contenía copias de su propio documento y los folletos de búsqueda. No había declaraciones, no había peritajes, no había nada.

También Claudia y su esposo, Jesús García, asistieron a la jornada vestidos con la camiseta de la selección, pero con la cara de su hija estampada en el pecho. Denunciaron que, en los primeros años, los propios agentes policiales les exigieron plata con la falsa promesa de mover el caso. Hoy, la causa sigue en foja cero, sin una sola línea de investigación activa. 

 

El antecedente: resistir bajo los gritos de gol en el ’78

Esta postal de fútbol, vallas y dolor no es nueva en el continente. El 14 de junio de 1978, al mediodía, Graciela Palacio de Lois apuraba el paso sobre la Avenida del Libertador en Buenos Aires. Ese día jugaba la selección argentina en Rosario, pero ella, junto a Ángela “Lita” Paolín de Boitano y Liliana de Cristófaro, caminaba con el cuerpo cargado de miedo y de papeles. Llevaban panfletos y obleas autoadhesivas ocultas entre la ropa para denunciar que, detrás de la fiesta del Mundial de la dictadura cívico-militar, en la Argentina se torturaba y se desaparecía. Se mezclaron con la marea humana que iba al Monumental a ver Italia-Alemania con un solo objetivo: entrar, pegar los volantes en los baños y salir vivas.

Graciela buscaba a su esposo Ricardo, militante de la Juventud Universitaria Peronista secuestrado en 1976, cuyo destino final fue la ESMA, a pocas cuadras de la cancha de River. Lita buscaba a sus dos hijos, Miguel Ángel y Adriana, ambos chupados por las fuerzas represivas. Mientras el país se anestesiaba con el fervor nacionalista y los goles albiceleste, ellas caminaban a contramano. El día que Argentina salió campeón, Lita caminó sola y llorando por la Avenida Santa Fe, asfixiada por una algarabía ajena, intentando descifrar si alguien más sentía el vacío de los que faltaban. Hoy, décadas después y a miles de kilómetros, las canchas cambian de nombre pero las palas y los botines siguen disputando el mismo partido contra el olvido.

 

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