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Picada cultural: inyecciones de memoria y futuro en tiempos de desánimo

Una charla con Lucrecia Martel que nos recuerda que el cine, la educación pública y las calles son refugios colectivos indispensables para ganarle al silencio. La potencia de las marchas del 3 de junio. El legado eterno y ritual del Indio Solari. Un recorrido por los acontecimientos y las memorias populares que permiten construir un destino común.

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Este grupo posa con un pañuelo de Abuelas de Plaza de Mayo en la Casa por la Identidad.

Qué alegría es: la de caminar por el medio de las avenidas, sentir que se abren las grandes alamedas, que las calles vuelven a ser el lugar de lo que tenemos en común. Ir: con la frente marchita. Volver: con la frente florecida, aunque las nieves del tiempo hayan plateado –en el mejor de los casos– mi sien. Ahí, la luna rodando por Callao, los pies sobre el asfalto, junto a miles de otros, avanzando, yendo, volviendo, en esa marcha potente del 3 de junio. Saber que nada será tan fácil, pero que el espacio público nos pertenece (y el futuro también).

Dobla un colectivo por Corrientes, me apeo, hay asientos libres, tomo el libro de la mochila. Leo: “Las únicas maneras de romper ese tubo de continuidad de clase son, primero, asistir a la universidad pública, para mí eso es fundamental, y la otra es caminar por la calle. Por suerte son cosas baratas. La Universidad de Buenos Aires todavía es gratuita y caminar por la calle también”. El libro es Un destino común, que reúne intervenciones públicas y conversaciones de Lucrecia Martel y publicó Caja Negra Editora algunos meses atrás. 

 

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El cine no es solo lo que se proyecta en una pantalla. A veces, son los cuerpos que se ponen para que las cosas no queden en el olvido. La Casa por la Identidad, de Abuelas de Plaza de Mayo, en el Espacio Memoria, en la ex ESMA, fue el territorio donde Lucrecia Martel presentó su película, Nuestra tierra, el documental que tiene como punto de partida el juicio histórico por el asesinato de Javier Chocobar y los derechos territoriales de la comunidad chuschagasta en la provincia de Tucumán. 

“Estar acá es como una inyección de fuerza”, dijo Martel en la entrevista que tuvimos ante el público presente. “Desde muy chica, cuando veía a las Abuelas y a las Madres marchando, una entendía, entiende, que ese es el refugio, es decir: existe el heroísmo, existe la potencia frente a lo luctuoso”, recordó.  

Para ella, la militancia audiovisual hoy pasa por un lugar clave: la construcción de archivos populares para ganarle al silencio. “El cine no es solo la película, sino todas las instancias donde nuestros conciudadanos nos ven trabajar y dicen: ‘Ah, debe estar pasando algo importante’. Una señala con su presencia”, explicó. En esa línea, Martel contó que, durante el juicio, la defensa de los acusados cuestionó la cantidad de cámaras en la sala. Su respuesta fue contundente: “Este es un juicio histórico y si queda filmado solo por las cámaras de seguridad del tribunal, no vamos a tener suficiente registro de lo que está pasando. Necesitamos que este archivo exista para el futuro”. Para la cineasta, el hecho de explicitar ante los magistrados la relevancia histórica del caso funcionó como un “llamado de atención, aunque pienso que cada día de un juez debería ser que sienta el peso de la historia”.  

En un contexto de profunda crisis y desfinanciamiento de las instituciones culturales y de la memoria, Martel instó a sus colegas del sector audiovisual a abandonar la parálisis y el desánimo. “Hay una militancia que tenemos que asumir quienes trabajamos con la imagen y el sonido: generar archivo de las comunidades, de los barrios, de los clubes, de todo. El archivo es un paso muy importante. ¿O acaso hacemos cine solo cuando hay plata?”, enfatizó. Y agregó: “Un archivo es hablar con gente, juntar fotografías, testimonios, ordenarlos. Esa tarea la tenemos por delante porque este país es una bomba de belleza, de historias excepcionales y de complejidad”. Por eso, reivindicó al cine como una herramienta comunitaria que excede por completo la lógica del mercado: “Ahora sí entiendo qué quiero hacer con el cine. Tenemos que estar disponibles para la comunidad. Cuántos trabajos hay que otorguen sentido a la vida. Este es un trabajo muy hermoso, muy poderoso, y en los momentos difíciles hay que hacerse cargo del presente y salir adelante. No tenemos que caer en la trampa del ‘no se puede’, ¡confiemos en la belleza!”. (Si quieren ver Nuestra tierra, está en Netflix) 



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Hay acontecimientos que parecen congelar el tiempo. Que lo ocupan todo. La muerte de un ídolo popular como el Indio Solari es uno de esos momentos. Es lógico: él ha sido un organizador del tiempo para muchas personas desde hace ya un par de décadas. Son cientos de miles quienes ordenaban su calendario en base a sus shows. O su música, con esa continuidad que le dieron Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Solari no solo les regalaba herramientas explicativas para entender el presente, para aprender del pasado, sino también les ayudaba a proyectarse a futuro. Encajar los días de vacaciones laborales para que coincidieran con el recital, conocer lugares, reencontrarse con una comunidad de forma ritual. Fundar un espacio común. Que ya ha trascendido la presencia de ese líder. Porque el verdadero ritual es encontrarse con esos otras y otras. Saberse parte de un destino común. No es poco. Tal vez es la gran cosa.

 

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Vimos Amarga Navidad de Pedro Almódovar (si quieren ahondar sobre el mundo de las migrañas lean los diarios que escribió Martina Dentella en 4Palabras) y la deliciosa Padre madre hermana hermano de Jim Jarmusch, que está en MUBI. También leímos la novela La forma del derrumbe de Laura Cukierman (en la semana publicaremos una entrevista). Pero esto es todo por hoy. Feliz día a quienes abrazan el periodismo, ese oficio que podría servir –y a veces lo hace– para salir al encuentro de otras y otros. Para ser otros. Hasta la semana próxima. Saludos cordiales de este redactor.

 

4Palabras 

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