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El costo invisible del gobierno de Milei
El ajuste económico y la entrega de soberanía en la Argentina de Milei impactan de lleno en la salud mental de la población. La fragmentación de la oposición peronista. Una dirigencia que mira para otro lado. Una ciudadanía parece atrapada en la resignación. La necesidad de romper el aislamiento y recuperar el compromiso colectivo.
- junio 28, 2026
- Lectura: 5 minutos
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Casi nadie quiere escuchar hablar de los males que nos aquejan. ¿Para qué?, si ya los estamos padeciendo en carne propia. En especial, no quiero que me digan que no llego a fin de mes, que tengo más deudas cada día, que debo achicarme en los gastos, que uso menos la estufa o el aire acondicionado para que la garrafa o la tarifa de luz no se me disparen, o que sólo almuerzo porque el presupuesto me da para una sola comida al día. Así podría seguir enumerando mayores restricciones autoimpuestas en una Argentina gobernada por Javier Milei y sus socios.
Todo esto, aunque no nos demos cuenta, está profundamente relacionado con la salud física y mental y, en última instancia, con la posibilidad de tener una vida digna, sin padecimientos.
Pero desde la política se está mirando para otro lado, y no es de ahora. Es un fenómeno que se ha profundizado en los últimos 20 años y ha dejado a la ciudadanía a la intemperie y paralizada, salvo en contadas oportunidades sobre las que ya hemos escrito en anteriores entregas, como en Ni Una Menos, el financiamiento universitario, el 24 de Marzo, la muerte del Indio Solari, etc.
Pero para resolver derechos y cosas cotidianas como la defensa del trabajo o el precio del transporte —que tiene una incidencia enorme en el salario de los trabajadores—, entre otras cuestiones, la población está mansa, desmovilizada.
¿Qué ven los votantes y por qué Milei puede tener posibilidades en 2027? La población está mansa porque las herramientas que proponen la democracia y la república no sirven, se vulneran y se pisotean. La dirigencia política y la judicial miran para otro lado. Si la política y la justicia no pueden hacer nada, ¿qué esperan que hagamos los ciudadanos de a pie?
Es difícil mantener la cordura cuando te dicen que estamos creciendo y ves cómo se desmorona la vida propia y la de tus allegados a pasos agigantados. Decir que estamos en manos de psicópatas queda chico.
Ante tanta frustración, la paciencia se acorta y se cae en un estado de depresión, abulia, descreimiento y tristeza. Un reciente estudio de la UBA da cuenta de que el 60% de la población no duerme bien. El 52,40% atraviesa una crisis vital; los casos de ansiedad, malestar emocional y depresión se multiplican. Quienes crean que esos cuadros son producto de la casualidad están viviendo en otro país. Las condiciones de vida, el desengaño y la decepción que generan las promesas incumplidas son parte de ese estado anímico generalizado.
Ejemplos para entender el abatimiento, el desánimo y la resignación: en general, para aumentar los servicios públicos —que subieron desde el 2023 a marzo del 2026 un 919%, muy por encima del índice de inflación— se debe pasar por una audiencia pública. No sólo ya no se hace, sino que, aunque en la audiencia se diga que no corresponde semejante aumento, el incremento se aplica igual.
Se aprueban leyes como las de emergencia en discapacidad y financiamiento universitario y, más allá del Congreso y la Corte Suprema, el Poder Ejecutivo no las pone en práctica. Así, una parte no menor de la población sigue sufriendo la impunidad del gobierno, porque es el propio Estado, en cabeza de La Libertad Avanza, el que incumple lo que mandan la ley y el Poder Judicial.
Es difícil mantener la cordura cuando te dicen que estamos creciendo y ves cómo se desmorona la vida propia y la de tus allegados a pasos agigantados. Decir que estamos en manos de psicópatas queda chico. Sin redes humanas, sin sostenes que te ayuden a comprender que no es tu culpa sino la de una democracia devaluada y un Estado en sus tres poderes cómplice y gestor de esta situación, la realidad se hace insostenible para millones de personas que buscan en las adicciones (alcohol, consumo problemático de sustancias, psicofármacos, juego y apuestas) o el suicidio una salida, un escape, una fuga hacia otra realidad.
El caso Adorni, uno de los temas de mayor conocimiento para la opinión pública de manera transversal, vuelve a generar sentimientos de antipolítica. La oposición contribuye también a que no se vea una salida o, al menos, una medida reparadora. Esa oposición está dividida en tercios. Una parte, a la que no le alcanzan los números para una interpelación o para frenar el desastre, está dispuesta a citar al jefe de gabinete y a la moción de censura. Otro tercio vocifera que Adorni no merece ser jefe de gabinete, pero a la hora de dar quórum y votar se ausenta del recinto. Y el último tercio, que ingresó por diversas fuerzas, no es opositor porque está dedicado a negociar un lugar en las listas de candidatos para el año próximo. La mirada general es que son todos lo mismo o que desde la política no hay salida.
Mientras, el gobierno sigue haciendo pasar elefantes frente a nuestros ojos sin que muchos puedan verlos. Así se produjo la entrega a Jan de Nul y a socios vernáculos del oficialismo de la Vía Navegable Troncal del río Paraná; se autorizó a Luis “Toto” Caputo a tomar nueva deuda por 5000 millones con organismos internacionales; y se avanza con el “Súper RIGI” a medida de Peter Thiel y las nefastas consecuencias que esto traerá para el presente y el futuro de nuestro pueblo, entre otras muchas entregas de soberanía que se están produciendo.
En el medio, se desarrolla una interna no menos feroz que la que atraviesa el gobierno, pero dentro del peronismo y sus variantes: CFK y su hijo Máximo, Axel Kicillof y el peronismo más ortodoxo. Todos ellos no logran —ya no armar un proyecto que entusiasme como alternativa— tan siquiera sentarse a dialogar. Nuevamente, el ciudadano de a pie, padeciente, se siente solo y pierde las esperanzas.
La encrucijada no es fácil. Tenemos que llegar a comprender que sin participación no saldremos de esta realidad que nos golpea y enferma. Tenemos que replantearnos qué sociedad queremos construir y si preferimos igualdad de oportunidades, libertad para crecer armónicamente y con solidaridad, una convivencia más equilibrada y amorosa y menos privilegios, o un mundo en el que se nos haga creer que el mérito y el sálvese quien pueda, solos y aislados, odiando al prójimo, es el camino. Nuestra salud física y mental seguirá amenazada en tanto y en cuanto sigamos esperando que la antipolítica nos resuelva los problemas. No hay otra salida que hacernos cargo y responsables de lo que queremos que pase, y eso, nuevamente, es con participación y compromiso.
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