Argentina / 15 mayo 2026

temperature icon 10°C
Edit Template

El desfiladero del destino 

¿Qué queda de nosotros en los caminos que no tomamos? Entre la sombra de lo que pudimos ser y la luz de quienes somos, un recorrido sobre la identidad, el deseo y la voluntad de habitar nuestra propia historia.

Compartir:

Compartir:

twitter

Hace unos días atrás, buscando un texto mío que habían publicado en un sitio web, anoté mi nombre y mi apellido en el buscador. Saltaron mujeres que nunca conocí, entre ellas una futbolista de Río Cuarto, una licenciada en Turismo, una especialista en medicina molecular de Múnich, una tiktoker que muestra distintos lugares del mundo y más. Una identidad multiplicada corriendo por las aguas de internet, todo al mismo tiempo, un nombre y un apellido explotando como un géiser aquí y allá.

¡Qué extraño es ver propagarse nuestra identidad por todos lados! Y más aún, qué extraño se vuelve cuando no refiere a nuestra cara, a nuestro cuerpo, a nuestra vida. De repente estaba sintiendo el vértigo de los relatos en los que un doble nuestro habita en otro lado. “Lejana” de Cortázar y una suerte de sustitución de identidades me llevaron a preguntarme qué sería de mí si yo fuera alguna de ellas, como si perviviera la idea de que ser quien soy está ligado a una elección y no al azar o al devenir del insoslayable destino.

Mi cuñado me habló del doble cuántico hace unos diez años. Era la primera vez que escuchaba esto. Vimos juntos un larguísimo documental en el que se explicaba en detalle, algo que jamás podría reproducir sin torcer la verdad.

Esta inquietud, la de estar ahora en otro espacio-tiempo, siendo acaso otros aunque preservemos algo en común me da terror. Prefiero pensar en las alternativas de lo que pude haber sido y no fui. El tren perdido, el sí que no dije, el no que debería haber dicho. ¡Qué diferente sería ahora si el camino hubiese sido otro!

A veces me pregunto (esto suena a Clarice Lispector y a sus delirios existenciales) qué hubiese sido de mí si no hubiese jugado a la maestra o no hubiese grabado con la doble casettera una especie de programa de radio o no hubiese escrito pseudo canciones o frustrados poemas a los seis o siete años, qué hubiese sido de mí si finalmente las capacidades y el talento de una cantante de ópera me hubiesen tocado en la repartija o las dotes de una bailaora. 

A veces pretendo ser compasiva conmigo misma y me digo: no lo hiciste tan mal. Otras me frustro y pienso que quizás si hubiese seguido otro camino… Pero en esa insatisfacción también están el deseo y el movimiento que no son más que el latido vital que nos impulsa a seguir.

Hay una sombra con la que creo seguimos viviendo. Todo lo que no pudimos o no supimos ser o hacer. ¿Qué hubiese pasado si me quedaba viviendo allá? ¿Qué hubiese pasado si aceptaba X trabajo o salía a trotar por el mundo o rechazaba un amor o no tenía hijos o no nacía en este país? No sé. Jamás lo sabré. Esta vida será mi fortuna y mi desgracia tarde o temprano.

A veces pretendo ser compasiva conmigo misma y me digo: no lo hiciste tan mal. Otras me frustro y pienso que quizás si hubiese seguido otro camino… Pero en esa insatisfacción también están el deseo y el movimiento que no son más que el latido vital que nos impulsa a seguir. Porque no habiendo sido cantante de ópera, ni bailaora, ni futbolista, ni médica molecular, ni turista del mundo, ni tiktoker, soy apenas esto: alguien que vive y a veces escribe como si nunca lo hubiese hecho para que se produzca un hallazgo finalmente que diga algo de mí.

Ese doble cuántico que puede estar viviendo en otro espacio tiempo, esas otras Julianas que andan haciendo cosas tan diferentes a las mías, pueden ser pertubadoras igual que todas las que pude haber sido si hubiese elegido un matiz pequeño pero diferente. A la vez se vuelven un alivio: saber que algo quedó ahí, a la sombra, que está y permanece, justo detrás de mí.

Los astronautas de la misión Artemis II describieron, este último abril, el lado “oscuro” de la luna como algo absolutamente indescriptible. Se asombraron del brillo de la Tierra, de los planetas más allá, de las manchas brillantes que nunca habíamos detectado.

Me gusta pensar en esa metáfora. Creer que sin todas aquellas Julianas nada de esta sería visible. La vida cayendo con toda su luminosidad sobre las que no conozco y también sobre mí. Una especie de caleidoscopio que me excede en mi narcisismo.

A veces pienso que yo quería otra cosa: otra vida, otro país, otro mundo, otro destino. Nadie me explicó cuál era la técnica para maniobrar el timón de esta pequeña embarcación que es mi vida, en medio del mar calmo y también de las tormentas, a la luz del día y en la oscuridad. Bajo el imperio de la voluntad nada pude hacer, el arribo fue otro, con sus encantos también y sus felicidades, con sus penas y nostalgias y también con la impotencia de las frustraciones. Como dice Leila Guerreiro: “la voluntad no sirve para casi nada cuando hay que avanzar por el desfiladero del destino”. Y menos aún el reflejo que vemos en el espejo de aquello que hemos llegado a ser.

 

4Palabras

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Temas relacionados

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a nuestro boletín para mantenerte actualizado

Publicidades

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: