Una y mil veces: la historia de los uruguayos que combatieron en el frente sandinista
Ernesto Fontan dirige este documental que reconstruye, a través de la mirada de los propios protagonistas, las decisiones que llevaron a un grupo de hombres a combatir el régimen de Anatasio Somoza, en una época marcada por el exilio y por las luchas revolucionarias en América latina.
- abril 29, 2026
- Lectura: 7 minutos
Compartir:
- abril 29, 2026
- Lectura: 3 minutos
Compartir:
“¿Lo volverían a hacer?”. Esa es la pregunta colectiva que gira, como un remolino, en la nueva película de Ernesto Fontán. Una y mil veces. Uruguayos en Nicaragua detrás de una utopía es un documental que reconstruye, después de cuatro décadas, la pelea que llevaron adelante 53 militantes que lucharon en el Frente Sandinista de Liberación Nacional –en la revolución de 1979— junto al pueblo de Nicaragua, de manera voluntaria, para derrocar el régimen de Anatasio Somoza.
Los miedos, la memoria, los recuerdos y los olvidos se suceden en la pantalla con el testimonio de los propios protagonistas, que entre mates, fuegos, pantallas y reencuentros, de este y del otro lado del océano, recrean junto a sus hijos, esposas, madres, hermanos, después de muchos años, las motivaciones y el contexto de una época atravesada por el exilio y las luchas revolucionarias en América Latina.
“Lo más conmovedor fue descubrir que se trató de una decisión individual y voluntaria, impulsada por el compromiso y el altruismo”, define su director, Ernesto Fontán –autor también de Tarará en 2021—, quien apuesta, con este filme, a mantener en la memoria colectiva una historia inédita, olvidada, desconocida, marcada por la ética internacionalista.
El filme, una idea original de José Pommerenck, Fernando Mazzeo y Federico Trias, con guión de Ernesto Fontán, Marcos Coria y Bruno Scarponi, tendrá su estreno este miércoles 29 de abril, a las 20, en el Cine Gaumont. Además, mañana jueves 30 de mayo también a las 20, en el Centro Cultural 25 de Mayo, podrá verse la ópera prima del director, Tarará, que narra la historia de las y los niños afectados por Chernóbil, que fueron atendidos en Cuba, justo cuando se cumplen 40 años de la explosión nuclear.
¿Cómo te topaste con la historia de este medio centenar de uruguayos que habían luchado en el Frente Sandinista de Liberación Nacional?
Me encontré con la historia un poco de casualidad (o causalidad): estábamos presentando Tarará, mi primera película, en distintas ciudades de Europa. En una de las proyecciones, en Badalona, Cataluña, después de la charla-debate, a la salida del cine, se acercó un uruguayo para contarme esta historia: querían hacer una película pero no sabían cómo ni cuándo, en su país no se conocía y les parecía importante para echar luz sobre el pasado porque tenía que ver con la solidaridad y el internacionalismo. De hecho, se conocía experiencias de este tipo solamente sobre la Guerra Civil española pero de los uruguayos nadie sabía nada. Empecé a investigar, a armar el guion, buscar un equipo técnico en Argentina, presentar el proyecto en el Instituto de Cine.
¿En qué medida tu propia historia tuvo que ver con este vínculo?¿Qué sabías hasta entonces de la figura de Augusto César Sandino?
Yo sabía la historia de la Revolución Cubana, lo que había ocurrido también en Nicaragua, pero no sabía que había un grupo de uruguayos –por ejemplo—que había combatido en Centroamérica. Mi viejo, toda la vida, fue militante, estuvo en el peronismo de base en los 70, es médico pediatra. Siempre estuvimos vinculados a la política, muy fanáticos también del Uruguay porque su abuela era de allá, entonces muy apasionados por la cultura del país. La música uruguaya, la literatura también, me atraviesa. Por eso le dedico la película a mi padre. De hecho, mi nombre es un homenaje al Che. No sé, escuchaba Silvio Rodríguez de fondo, mientras armaba un set de televisión con los Playmobil cuando era chico. Seguí un poco ese camino, por eso mis primeras películas tienen que ver también con la Revolución Cubana. Me interesa mucho la política.
“Muchos nunca habían contado esta historia, volvieron sin decir absolutamente nada. Ninguna de las decisiones que tomaron era para darse rédito, una pose, un reconocimiento o obtener una medalla de héroes: lo hicieron por pura convicción de ayudar a otro pueblo”, revela Ernesto Fontán.
Hay una suerte de homenaje al formato documental, que narra la misma construcción del proceso. ¿Por qué decidiste hacerlo de este modo?
Sí, es un homenaje al género, porque yo quería contar la historia pero también cómo surge, cómo nace, una idea de la película. Los uruguayos nunca habían agarrado una cámara, entonces quise hacer una suerte de cámara-observadora de las reuniones de producción, cómo se les ocurrió llamar a sus viejos compañeros o encontrarse después de cuatro décadas con los demás.
¿No habían continuado con el vínculo?
No, algunos sí pero otros hacían años que no se veían, hay que pensar también que están diseminados por el mundo. Algunos viven en Montevideo, otros se quedaron en Nicaragua, algunos en Suecia o España. Por ejemplo, con los que están en Uruguay logramos juntarnos y eso fue muy lindo de registrar en el backstage: me pareció rico para contar la cocina y no hacer la típica película histórica, pesada y densa, con entrevistas y archivo todo el tiempo, si no que sea un poco más dinámica, fresca, para que la gente también se involucre sobre cómo se hace una película. Es un filme para gente que nunca hizo películas: tomaron las cámaras, las cañas, los micrófonos. Los íbamos guiando para poder registrarlos. Fue muy tierno y fresco.
¿Cómo fue la búsqueda de documentos, archivos, fotografías y testimonios? Sobre todo en nuestros países, donde el acceso a documentos fílmicos es muy difícil, casi sin cuidado ni preservación.
Una de las cosas más interesantes fue que al contar con los testimonios de los excombatientes eran ellos mismos quienes habían guardado documentos, archivos, recortes, fotografías. Lo más rico fue contactar a la Cinemateca de Nicaragua, de hecho, me parecía inevitable grabar allá, viajar y registrar dónde habían combatido. De esa época, tenían un material que coincide con el momento donde se desarrollan los combates de los uruguayos en Nicaragua, justo en el frente sur, en el límite con Costa Rica. Esa fue la región, justamente, donde más estuvieron combatiendo los uruguayos. Fue genial porque me dieron 40 minutos de material fílmico y cuando empezamos a visualizarlos con uno de ellos, Fernando Mazzeo, iba encontrando a uno, a otro, aprovechamos a recortar todos estos momentos para dar cuenta con lo que contábamos. Fue un material muy rico.
Los 53 uruguayos que combatieron en Nicaragua, ¿tuvieron algún apoyo de organizaciones o partidos políticos de Uruguay o todos fueron por su propia cuenta?
La gran mayoría, unos 49, eran tupamaros. Otros también formaban parte del Partido Comunista. Pero en julio de 1979, en la dictadura militar en Uruguay, la gran mayoría de los dirigentes estaban presos. De hecho, está el famoso caso de los 12 rehenes donde figuraba el expresidente Pepe Mujica. Por eso, para ese momento de fines de los 70, la mayoría estaban exiliados y se reúnen en Cuba: muchos trabajaban en la construcción de las casitas de Tarará (la historia que narra su primera película).
¿Por qué es importante rescatar estas historias del olvido? ¿Es cierto que, en algunos casos, ni siquiera las propias familias sabían lo que había sucedido?
Eso me parece increíble, muchos de los compañeros nunca habían contado esta historia, volvieron sin decir absolutamente nada. Hay que pensar que algunos tenían nombres de guerra, pasaportes falsos o doble identidad, muchos viajaron a Nicaragua desde Cuba, pidieron licencia, después volvieron a sus trabajos formales o a tomar clases en la universidad donde estaban estudiando hasta entonces. Ninguna de las decisiones que tomaron era para darse rédito, una pose, un reconocimiento o obtener una medalla de héroes: lo hicieron por pura convicción de ayudar a otro pueblo. Fueron una generación que tenía ese sentimiento de solidaridad o internacionalismo muy adentro. De hecho, Mazzeo le contó a los padres después de 30 años.
¿Qué cambios produjo en vos, en el equipo, conocer los motivos de estos hombres, en una decisión tan trascendental y en muchos casos definitiva para sus vidas?
Conocer esta historia, más conocer el pasado reciente, nos ayuda a comprender todo mejor, a no cometer los mismos errores. La memoria histórica me apasiona. Hay una frase, de hecho, de Leonardo Favio que me encanta: “El cineasta nace con una urgencia de testimoniar la historia, testimoniar el llanto, cantarle a la pasión, a la poesía, ser memoria”. Ese es nuestro oficio, lo tomo como bandera, de hecho me lo tatué, porque nos identifica a quienes hacemos cine documental. Dejar testimonio, contar lo que pasó, para aprender.
En este mundo fragmentado e hiperconectado, ¿te imaginás que sería posible una experiencia de estas características con esa ética internacionalista?
La primera película la filmamos en colaboración con el Espacio de la Amistad Argentino-Cubana y también esta es un homenaje a la solidaridad internacionalista de Cuba, de quienes aprendimos siempre muchísimo sobre esto. Todas las proyecciones buscamos que dejen algún tipo de financiamiento para colaborar de alguna manera. En un momento organizamos un recital con Silvio Rodríguez en Avellaneda, en mi ciudad, para llevar alimentos no perecederos para los barrios carenciados de la provincia de Buenos Aires. Mañana pasamos la película en el Centro Cultural 25 de Mayo con entrada gratuita pero los derechos de autor por la proyección los donamos para la compra de paneles solares para mandar a la isla. Lo que aprendimos de Cuba es la solidaridad y el internacionalismo, que en la actualidad no implica empuñar un arma si no realizar este tipo de actividades y gestiones para mandar barcos con ayuda y dar una mano en lo que se pueda siempre.
¿Cuál será tu próximo trabajo? ¿También lo planeás en formato documental?
Estoy filmando mi tercera película donde quiero vincular el bombardeo de Guernica por parte de los nazis y los franquistas en 1937 con la masacre en Plaza de Mayo en 1955 donde murieron casi 400 civiles. Me parece muy importante que el arte pueda mostrar y visibilizar estas historias, como el cuadro de Pablo Picasso en España o Daniel Santoro en Argentina, siento que falta hablar del tema, charlar en las escuelas, sobre un ataque atroz a la población civil para que se conozcan estas historias.
4Palabras
Compartir:
Temas relacionados
Comentarios Cancelar la respuesta
Más leídas
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad
Suscríbete a nuestro boletín para mantenerte actualizado
Publicidades
Más información
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad



