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La contrafuerza del buen mal
El pasado miércoles 8 de abril, la escritora argentina Samanta Schweblin se quedó con el Premio AENA por el que recibió un millón de euros. Rápidamente surgieron innumerables debates al respecto: ¿quién estaba detrás del premio?, ¿por qué semejante monto, similar al del Nobel?, ¿quién es Samanta Schweblin?
- abril 16, 2026
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Samanta Schweblin nació en Argentina, en 1978. De Hurlingham pasó a vivir a Berlín. En el transcurso de ese tiempo de estadía en nuestro país escribió a contrapelo del mundo, robándole tiempo a los días. “Los escritores tienen que comprar su tiempo de escritura; ese tiempo es muy caro en todo el mundo, y en Argentina es directamente impagable. Y esa diferencia supuso una de las grandes razones por las que me quedé [en Berlín]”, aseguró en una entrevista. Ganó innumerables premios desde el inicio de su carrera literaria. En 2002, fue publicado su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio, por Ediciones Destino. Promisorio el nombre de su primera editorial, anticipo de su gran obra. En 2008, tras recibir el Premio de Casa de las Américas, fue publicado por el mismo sello La furia de las pestes, libro de cuentos que más tarde sería editado por Emecé con el título Pájaros en la boca. Siete años más tarde apareció Siete casas vacías (Páginas de Espuma, 2015). Y, en 2025, su último libro de cuentos, El buen mal, que la llevó a ganar el Premio AENA.
Hay algo en la escritura de Schweblin que nos deja en jaque a los lectores. La tensión del relato, la atmósfera inquietante, lo ominoso, lo extraño latiendo en cada página son trabajados con voluntad quirúrgica. La escritura de la autora de El buen mal es milimétricamente medida: “Un cuento o una novela es un recorrido emocional que se construye de a dos. Cuando uno escribe, escribe en el papel y escribe en la cabeza del lector y eso que se escribe en la cabeza del lector no es algo dejado al azar. Son palabras precisas”, dice Schweblin en “Apalabradas”, el programa de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Y agrega: “Me hacen pensar mucho en una frase de Rebecca Solnit que me encanta, que ella dice que un libro es un corazón que late en el pecho de otro”.
La precisión del lenguaje es visible en toda su obra narrativa, también el control que ejerce sobre quienes leemos que pasamos de situaciones absolutamente imprevisible, como en “Agujeros negros”, donde los protagonistas son llevados de un lado a otro sin control alguno por agujeros negros y donde se extreman los bordes entre la ciencia ficción, realismo y absurdo. Es puesta en tela de juicio a lo largo del relato la coherencia de los personajes que son tratados como “locos” pero con intentos de rigor cientificista (un doctor consulta a otro acerca de lo acertado del tratamiento a una de sus pacientes).
“Mariposas”, “Pájaros en la boca”, “Conservas”, por mencionar algunos cuentos, ponen en escena la maternidad, la paternidad y lo ominoso: los hijos se transforman en amenaza, en lo extraño, cuestionan el amor de los padres, el cuidado, la crianza. Aspectos que son recuperados o, mejor dicho, tienen una línea de continuidad con “El ojo en la garganta”, uno de los cuentos de El buen mal. Y que ya habían sido trabajados en sus novelas Distancia de rescate (Penguin, 2014) y Kentukis (Penguin, 2018).
El buen mal, dice Schweblin, está compuesto por seis historias, “conectadas por una fuerza que comanda un poco la suerte de todos estos personajes, que tiene que ver con la idea del bien, del mal y de tantas otras historias que nos contamos. ¿Qué tan mal hacemos cuando pensamos que estamos haciendo bien? Y ¿qué tan bien hacemos cuando pensamos que o queremos hacer el mal? ¿Cómo funciona ese diálogo? ¿Cuánto necesita el bien del mal y el mal del bien? ¿Y qué pasa con el diálogo en sí, no? O sea ¿cómo nos comunicamos más allá de lo que decimos? Y a veces estas historias llegan a lugares muy límites, sin salirse nunca del plano de lo real, de lo posible y de lo que nos pasa de manera más cercana, ¿no? Y en todas las historias hay una conversación muy fuerte entre dos personajes y una conciencia también fuerte sobre el diálogo. Todo lo que decimos de manera concreta con lo que hacemos, más allá de lo que decimos y también cómo nos comunicamos ahora que pareciera que el diálogo empieza a fallar, ¿no?”
El miércoles 8, en la entrega del Premio AENA, los lectores argentinos nos enorgullecimos: una mujer latinoamericana y joven recibió uno de los premios más abultados del momento. Schweblin se preguntó en su discurso si el jurado había pensado por qué premiar a un libro que sondea este territorio. Y además agregó: “Parece que el mundo se cae a pedazos y nosotros insistimos en seguir celebrando la literatura, la importancia de las historias que nos contamos y, ojalá, me gustaría que el mensaje de todos en esta celebración sea un poquito más afilado. Creo que no hay, de verdad, ser humano circulando por este mundo que no esté cruzado y comandado por la fuerza de las historias. La literatura no cambia las cosas de un día para el otro, no salva vidas en peligro, no alimenta a los famélicos, no da respuestas finales. Somos todos, la humanidad entera sobre este mundo, un inmenso buque flotando en el mar. La literatura es el minúsculo timón que responde al volante, un cero coma cero y algo por ciento del buque. Pero es lo que hace que en días y días de navegación este buque llegue a un continente o a otro. Lo que celebramos hoy, de cara a un mundo quebrado y violentado por unos pocos, es la contrafuerza, la conexión con los otros, la empatía, el sentido común. Parafraseando a la poeta polaca Wislawa Szymborska, peor que ponerse a leer y a escribir en un momento como este sería no ponerse a leer y a escribir en un momento como este”.
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