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Samanta Schweblin y el filo de la orfebre
A propósito del prestigioso Premio AENA, una recorrida por la trayectoria de la escritora argentina: desde la inquietante "Distancia de rescate" hasta su consagración en Berlín. Entre la precisión de su prosa y la búsqueda de un tiempo propio para escribir, Schweblin se alza con un galardón que no solo celebra su maestría en el cuento, sino que se convierte en una plataforma política para defender la cultura argentina frente a la incertidumbre del presente.
- abril 15, 2026
- Lectura: 5 minutos
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La primera vez que leí a Samanta Schweblin pensé que no era normal. Una chica bonaerense como yo, poco más de una década más grande, escribía y me aniquilaba. Era bestial. Esa fue la palabra que usé para contarle a Fernanda, mi psicóloga —quien me había sugerido su lectura—, lo que me pasaba con sus textos: Samanta Schweblin era bestial.
La busqué después de leer. La ausencia de rasgos fuertes, de algo característico que la vuelva sombría, oscura, era lo más inquietante. Tenía una cara armoniosa, sin prominencias, una voz dulce, pero algo grave. Podía ser el personaje principal inesperado de una película de terror, pero también una mamá trabajadora en la salida del jardín con la que charlaba cada tarde. Siempre me inclinaría más por la segunda.
Pero detrás de esa pluma clínica, quirúrgica y bestial, había una mujer argentina, bonaerense, que hablaba de tiempo, de escritura, de plata. Lo dice desde hace años y sin vueltas: para escribir se necesita un sueldo o bastante dinero, se necesita tiempo, un espacio —su cuarto propio es la ciudad de Berlín— que le permita evitar distracciones, aunque eso implique un costo o un sacrificio muy alto: estar a gran distancia de sus amigos, de su familia, de un país al que narra desde lejos.
En esa búsqueda física de un rasgo característico repaso, reviso, no hay tal vínculo con lo monstruoso. Es que en verdad Schweblin es más bien una trabajadora paciente, orfebre, mecánica de la tensión. Quizás, la mejor. Y esa tensión sí aparece en su rostro inquietantemente neutro, en su voz, su pelo, la forma en que mueve sus manos, sus gestos.
En Distancia de rescate, lleva esta cuestión a su máxima expresión. Un par de vidas llanas con acontecimientos extraordinariamente perturbadores. Eso es algo enloquecedor. Para ella, esa distancia tiene que ver con el hilo umbilical que une dos cuerpos: el de una madre con su hijo. “Me gusta pensarlos como las tanzas de pesca, que son transparentes, no se ven, pero que mal enroscadas podrían matar, un hilo peligroso”, escribe. Y cuando algo le pasa a un hijo, la madre siente la tensión, el hilo se tensa.
Cuenta en una entrevista que le hacen en Berlín en ese tiempo que Distancia de rescate tiene que ver con su propia vulnerabilidad: ¿podrá ser madre?, ¿podrá soportar la maternidad?, ¿sería capaz de sobrevivir al dolor? Y lo que hace en ese libro de punta a punta es narrar cómo podría llevarlo adelante. “La literatura es un lugar donde uno puede probarse si puede sobrevivir en determinado escenario”, afirma. Eso es Schweblin.
Pero también habla de una problemática ambiental antes de que ese hilo social también se tense y se vuelva un drama. Se adelanta a los acontecimientos. “El campo ha cambiado frente a nuestros ojos sin que nadie se diera cuenta. Y quizá no se trate solo de sequías y herbicidas, quizá se trate del hilo vital y filoso que nos ata a nuestros hijos, y del veneno que echamos sobre ellos. Nada es un cliché cuando finalmente sucede”, señalan los editores de Random House en la contratapa del libro. La ficción a veces existe para arrojar luz en cuestiones que no se pueden nombrar por temor, por falta de voluntad, pero en Distancia de rescate, que es la primera y única novela de la escritora argentina esa trama se pone de manifiesto. Puede leerse entonces como un entramado de varias discusiones urgentes: la maquinaria del agronegocio por un lado, la maternidad, el debate sobre los pueblos fumigados y los conflictos que se desprenden. Ese libro hipnótico, incómodo, exquisito, no la hizo ganar un millón de euros que le permitieran escribir con la tranquilidad de no depender de un sueldo, pero seguro la dejó más cerca.
En El buen mal hay un cambio de lógica, hay un contrato que se rompe. Porque Schweblin ya no es esa impiadosa trabajadora de la palabra. Es una escritora mágica, asesina, sin límites. Vuelve a ser la cuentista, pero magnificada. Conoce las infinitas posibilidades de la lengua y esta vez hace con ellas lo que quiere. Por eso es la primera cuentista en ganar este premio. Y cuando recibe un millón de euros se cuestiona por qué seguir celebrando la literatura en un mundo que se cae a pedazos. Pero ¿quién celebra a quién? Pide que el mensaje en esa celebración sea un poquito más afilado. Pero ella es el filo.
“La cultura no es un lujo de épocas de bonanza; es el tejido que nos sostiene cuando todo lo demás parece romperse. Sin libros, sin cine, sin ciencia y sin universidades públicas, nos quedamos huérfanos de futuro. Este premio me da una voz que quiero usar para decir que la cultura argentina resiste, pero que necesita ser protegida, no castigada”, asegura y vuelve a hablar de ese territorio que habita desde lejos, vuelve a hablar de plata, de tiempo, de un cuarto propio. Los mandamientos para una mujer argentina y escritora.
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