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Víctor Taricco: “El activismo debe ser protagonista de la próxima campaña”
Frente al mito del “gurú” y el dominio de las plataformas digitales, el libro “La comunicación política en disputa” propone recuperar la tradición latinoamericana de la comunicación. En esta entrevista con 4Palabras, Víctor Taricco analiza los cambios en las campañas electorales y plantea la necesidad de construir un activismo territorial para transformar la política y reconstruir la democracia.
- octubre 18, 2026
- Lectura: 10 minutos
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En un escenario atravesado por el predominio de las plataformas digitales, la fragmentación de los públicos y un clima de incertidumbre permanente, los marcos de sentido que estructuraron el debate público durante el siglo XX parecen haber quedado atrás. Frente a esta reconfiguración, la editorial La Crujía acaba de publicar La comunicación política en disputa, una obra coordinada por Víctor Taricco que surge del recorrido de la Diplomatura en Comunicación Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
En diálogo con 4Palabras, Taricco –también coordinador académico de la diplomatura junto a un equipo integrado por Lucas Zalduendo, Paula Onofrío, Mariana Gómez Triben y Fernando Almansi– plantea el desafío de recuperar y actualizar la tradición latinoamericana de la comunicación como “producción social de sentido” para ponerla al servicio del fortalecimiento comunitario y la transformación política. También propone algunas claves para pensar la campaña 2027.
¿Qué preguntas guiaron la construcción de esta obra?
El libro es el producto de cuatro años de la diplomatura que arrancamos muy intuitivamente en 2021 y que, con el pasar del tiempo, se fue construyendo como un espacio de reflexión acerca de qué es la comunicación política, para qué sirve y cómo realizarla.
Tanto la diplomatura como este libro nacen de un interrogante central: cuál es el sustento teórico de esto que llamamos comunicación política. La idea del gurú, muy común en el campo profesional –ese tipo que viene a ostentar un conocimiento exclusivo–, para nosotros es verso. Un buen profesional de la comunicación política es, como señala Juan Courel en su texto, alguien que tiene método para trabajar, y que puede articular los distintos momentos de la estrategia: la investigación, el diseño y la implementación. Acá buscamos pensar qué marco conceptual puede sostener esas tres etapas, ya que la comunicación política tal como se la promueve habitualmente suele reducirse al funcionalismo.
¿Qué tradición teórica buscan rescatar?
Tratamos de pensar la comunicación política desde una perspectiva latinoamericana, una matriz que siempre concibió a la comunicación como producción social de sentido. La pregunta central del libro es si se puede producir sentido socialmente relevante en la práctica política actual. Y si podemos recuperar esa tradición latinoamericana que siempre estuvo intervenida por la praxis: pensada para el fortalecimiento de la comunidad, el cambio social y la transformación política. Creemos que sí es posible, en la medida en que toda recuperación implica también una actualización y la formulación de nuevas preguntas.
Uno de los tópicos de esa tradición latinoamericana es que la comunicación no pasa solo por los medios. Pero en el debate político actual parece primar la idea de que todo pasa por las redes, por la tecnología, la IA.
Un pensamiento que empieza con “todo” se come una parte. El espacio público es de por sí hibridado. Está compuesto de una manera no pura por distintas tecnologías: la televisión, la radio, los diarios y muchas plataformas. Como señala Pablo Manolo Rodríguez, datos, algoritmos y plataformas organizan gran parte de la difusión del espacio público y lo reconfiguran de forma inédita. Hoy lo público está muy deteriorado porque las plataformas recomiendan contenidos a partir de tus propios gustos, de tus datos. Entonces cada uno ve más o menos lo que quiere. La pregunta es: ¿dónde está lo que es de todos, lo común, lo compartido? Está debilitado en sí por la técnica. El desafío de la comunicación política –si uno la piensa como parte de una política transformadora, democrática e igualitaria– está en encontrar una forma de interacción en ese espacio híbrido que se oriente a la construcción de comunidad, a la necesidad de reencontrar personas con personas. Pero uno tiene que entender dónde está su fortaleza y dónde está su debilidad.
¿En qué sentido?
Nuestra fortaleza no está en las redes sociales, está en la calle. Ahí somos fuertes, como no lo es nadie. La Libertad Avanza no es fuerte en la calle. McDonald’s, Facebook tampoco.
Hoy pasa con Lula en Brasil también.
Exacto.
Pero esa fortaleza a veces también confunde, meter tres millones de personas en la calle hoy no significa que ganaste una elección.
Recuperando algo que ya decía Washington Uranga y toda la escuela latinoamericana, hay que pensar la comunicación para la organización. No sé si es tanto la comunicación para la difusión, o para la visibilidad, o para la viralidad, que es algo que hoy trabaja mucho el campo profesional. Hay que pensar la comunicación política para la organización en estos espacios híbridos.
Esto quiere decir que no hay solo redes sociales, sino que también hay otras tecnologías de comunicación, incluida la del cuerpo a cuerpo. Somos fuertes en la calle y no en las redes, porque las redes no están configuradas para que seamos fuertes, sino todo lo contrario. Lula, con una inversión publicitaria millonaria, tuvo serios problemas: Meta quintuplicó la visualización de Bolsonaro en la última semana. Desde los que proponemos un país más justo, tenemos que ser hábiles en todos los territorios comunicacionales. En las redes, en los medios y en la calle. En el cara a cara. Tratar de hacer fuerza donde estamos bien y luchar allí donde estamos mal. Pero a veces nos olvidamos dónde somos fuertes.
Varios textos reivindican el activismo. ¿Cuál es el rol que tiene en una campaña?
Cada vez que les va mal a las campañas, terminan corriendo a abrazar el activismo como la última opción que les queda. Lula en Brasil ahora apuesta al activismo, a que la gente salga a la calle. Al principio es todo controlado, con sistema, encuestas… Y al final: apostemos a la gente, salgamos a hablar uno a uno, cara a cara.
Por eso el activismo político debe ser protagonista de la próxima campaña. Porque la distancia va a ser muy corta. Y porque hay que poner en común el deterioro enorme de la experiencia personal de cada uno de nosotros bajo el gobierno de Milei. En Brasil ahora es todo calle, todo selfie. ¿Por qué no lo hicieron en la primera parte? Los videos eran superproducciones emotivas, espectaculares, hasta que se prendieron fuego los papeles. Hay que ver lo que está pasando en Estados Unidos, en Alemania, con las distancias y con la escala del caso. Porque esos triunfos son en ciudades y estamos hablando de países. Pero Lula ahora está haciendo lo que hicieron antes en Estados Unidos. Ahí hay algo que aprender. Aunque una campaña presidencial articula distintos niveles: locales, regionales, globales, tecnología, inversiones millonarias. No es decir solo: “vamos a ganar golpeando puerta a puerta”. Hay que hacer todo y hacerlo bien. Pero muchas veces la apuesta por el activismo surge cuando no queda otra. ¿Por qué no lo arrancamos antes?
Hay una crisis de la representación y se habla de la necesidad de que la política escuche. ¿Cómo se hace a escala provincial o nacional?
En el último congreso de Redcom, un grupo de estudiantes de Córdoba presentó una investigación de juventudes y voto; y la conclusión era que los jóvenes sentían que tenían mucho para decir y poco para votar. Espectacular. Tienen mucho para decir sobre la falta de oportunidades, que sienten que estudian y no tienen futuro, que se quieren ir del país, la ludopatía. ¿Quién los escucha? La política, si no puede escuchar, no puede programar.
Una reunión, una encuesta, una recorrida sirven para relevar problemas, angustias y dificultades. Reemplazar la escucha política con la encuesta es un error estratégico. Lo tradicional es tener un partido político y hacer reuniones, debatir, hablar y escuchar.
Está claro que no podés ser presidente si no tenés una encuesta que te avale. La encuesta es un instrumento de legitimación. Pero como instrumento de escucha, es limitada. El desafío de la política es reconstruir la escucha. Ir a esa gente que antes votó a tu partido y hoy no lo vota más. ¿Qué pasó?
Editado por La Crujía, el libro “La comunicación política en disputa” articula teoría y práctica. Bajo la coordinación de Víctor Taricco, reúne aportes de especialistas como María Cristina Mata, Washington Uranga, Flavia Costa, Mario Riorda, Juan Courel, Federico Vázquez, Diego de Charras y Natalia Romé. También incluye textos de Ezequiel Ipar, Andrea Mallimacci, Diego Villanueva, Manuel Hernández, Daniel Rosso, Pablo Elián Carrasco, Luis Sanjurjo y Fernando González Ojeda.
Un error de la política es escuchar a veces solo a la militancia, que muchas veces aplaude al dirigente o está enojada con quienes no votaron al partido.
Lula está diciendo ahora que no se enojen con los votantes. Y lo decimos todo el tiempo, no hay que enojarse con los votantes, hay que tratar de entender qué pasa. El militante no se puede enojar ni con la realidad, ni con las personas comunes. Pero hay que entender que lo común es más que lo colectivo. Porque lo colectivo es lo nuestro, lo que define el nosotros. Pero lo común es lo nuestro y lo de los otros. Es un desafío muy grande: en este momento es lo que está roto. Pareciera que si no está de acuerdo conmigo no podemos estar en ningún lugar juntos. Hay que bancarse esa tensión y no enojarse. Yo no entiendo a la gente que vota a la ultraderecha, pero entiendo que hay un agotamiento de nuestro proyecto. Estamos en un momento del capitalismo que no reparte, solo acumula. Entonces, hay que cobrar impuestos a los ricos, hay que regularlos, porque si no nos van a destruir a todos. Si la riqueza está acumulada, la tienen que repartir. Porque además se están llenando de plata con algo que es patrimonio común, porque la inteligencia artificial ordena la historia común. No es que crearon algo. Están releyendo lo que ya se escribió.
Courel en su texto plantea que la polarización hoy es parte del entorno. Un dato casi dado. A la vez, el estudio que hicieron desde la Diplomatura indica que hay más de un 40% que no está ni de un lado ni del otro; que después en el voto se inclina a uno de los dos lugares pero no es una cuestión identitaria.
Fue un hallazgo significativo de la investigación, porque da cuenta de que no hay una polarización identitaria. Es probable que en las instancias definitorias sí se polarice, pero lo que tenemos mayoritariamente es gente decepcionada. De Milei, de Alberto, de Cristina, de Máximo, de Axel. Es un problema gravísimo. Más grave que la polarización. Porque eso es lo que más le conviene a Milei, que haya cada vez más decepcionados, hartos de la política, porque ahí se da el juego de los núcleos duros. La estrategia de la ultraderecha es que sea cada vez menos gente la que participe del juego democrático. Porque ellos ganan con esas intensidades identitarias que movilizan digitalmente. Nosotros necesitamos otra cosa, una cosa agonista pero participativa.
Milei sigue vigente, porque con un 35% de los votos, que es su núcleo duro, se vuelve competitivo por antagonismo ante cualquiera que esté del otro lado. Por eso ojalá que la campaña esté protagonizada por un activismo que diga “hoy vivimos peor, vos lo sabés”, pero que sea muy cuerpo a cuerpo, que haya mucha gente haciendo campaña a nivel micro, por la suya.
Pero ese hartazgo social, ¿no pone un límite a los activismos? ¿Cómo se calibra la necesidad del activismo con el cansancio y la decepción de mucha gente con la política?
Abelardo Vitale está proponiendo, y creo que tiene razón, que hay que pensar un activismo o una participación política un poco más leve. Hay una militancia de tipo heroica, de compromiso permanente, que funciona muy bien en momentos de alza, pero no funciona para nada en los momentos de decepción. No se pueden hacer 70, 80 marchas. La pregunta es cómo reorganizamos la participación política en un momento de decepción generalizada. Hay un montón de espacios donde la gente va a charlar y a escucharse, que no se organizan en unidades básicas. Y la gente demuestra que tiene interés por la política, lo que quizás no tiene interés es en una militancia heroica. Hay que regular el tema de los compromisos para volver a construir un activismo participativo de nuevo tipo.
Hablando de lo situado, la enorme mayoría de los municipios están gobernados por partidos tradicionales. ¿Qué se puede aprender para una campaña nacional de eso que ocurre en el territorio?
En el congreso que organizó Mario Riorda en Villa María, muchos intendentes plantearon miradas muy interesantes. Señalaban: “Cuando no voy y no le hablo al ciudadano, me putea. Cuando voy y le hablo, me putea. Cuando voy y le muestro, me entiende. Y cuando voy sin teléfono me va mejor que cuando voy con teléfono”. Es decir, hay una dimensión de la práctica política que se ve perjudicada por la mediatización. Hay que pensar que no siempre la comunicación política es mediatizable. Que a veces la mediatización genera desconfianza, exposiciones no deseadas, la idea de que te están usando. Hay algo que los intendentes saben bien, la gente valora más a quien le resuelve los problemas y el contacto personal.
¿Es trasladable a grandes escalas?
Probablemente hay una dimensión de lo humano, de lo personal y de lo empático, que sí. Después hay desafíos que el nivel local no tiene. Por ejemplo, hablar a mucha gente al mismo tiempo. Pero lo local nos da una dimensión de la comunicación política interpersonal que tampoco está tan pensada, porque hoy cualquier comunicador político que llega a un municipio lo primero que propone es fortalecer las redes sociales y por ahí lo primero que hay que hacer es fortalecer las recorridas y lo segundo es el silencio. No digamos nada. Que vaya el intendente. No vamos con cámara. Después lo contamos. O después mostramos la obra. Hay una dimensión del silencio, de la reserva, del cuidado que en el campo local es muy valorado. Ningún dirigente que no escuche, no sea amable, no se comprometa con la resolución del problema, va a tener futuro en Argentina. ¿Cómo se explica eso con el triunfo de Milei? En que todos los que estuvieron antes no hicieron nada de eso. Entonces ésta es una especie de purga. ¿Cuándo se termina? No lo sé. Pero los intendentes viven de cumplir con sus promesas. Y no hay ningún intendente de La Libertad Avanza. Eso es significativo. ¿Por qué no eligen para quien garantiza la diaria en el territorio alguien que dice que solo viene a romper? El que me ofrece solución gana en lo local, pero a nivel nacional elijo el que va a romper todo. Hay que darle una vuelta a ese asunto.
¿Qué se puede esperar de la campaña 2027?
Repito: puede generar un plusvalor que esté protagonizada muy rápidamente por el activismo, por la calle, por la recorrida, el cuerpo a cuerpo. Milei ya está diciendo: “No volvamos al pasado, los kukas son el demonio, el anticristo”. El peronismo va a proponer salir de esta situación que es un horror en muchos sentidos. Pero Milei sigue vigente, porque con un 35% de los votos, que es su núcleo duro, se vuelve competitivo por antagonismo ante cualquiera que esté del otro lado. Por eso ojalá que la campaña esté protagonizada por un activismo que diga “hoy vivimos peor, vos lo sabés”, pero que sea muy cuerpo a cuerpo, que haya mucha gente haciendo campaña a nivel micro, por la suya. Porque si a ese activismo lo vamos a buscar para la segunda vuelta, va a ser tarde.
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