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¿Un nuevo mundo?
Una mirada a la situación de Venezuela después de la intervención norteamericana que concluyó con la prisión de Nicolás Maduro en Estados Unidos. ¿Cuáles son las pretensiones de cada una de las partes? De las que están directamente involucradas y de otras más alejadas. Algunas hipótesis acerca de los motivos que movieron a Trump a tomar la decisión de actuar de la manera que lo hizo. ¿Hay un nuevo mundo atravesado por reglas no formales e instituciones débiles de carácter operativo y una disputa comercial en temas estratégicos entre Estados Unidos y China, mientras los demás quedan afuera?
- enero 4, 2026
- Lectura: 3 minutos
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La detención del presidente-dictador de Venezuela, Nicolás Maduro, por parte de las fuerzas armadas norteamericanas pueden ser tomadas como un punto de inflexión en la historia contemporánea. A mediados de la década de 1990, Immanuel Wallerstein, autor referente de las teorías críticas en relaciones internacionales, se preguntaba acerca del mundo que se estaba construyendo tras la caída de la Unión Soviética y si esto significaba el fin del liberalismo como programa político iniciado en la revolución francesa, 1789-1989. En su libro de 1994, este autor argumentaba que una de las futuras ideologías se constituiría en el “derecho del más fuerte” y la “supervivencia del más apto”. Esto requería, entre otras cosas, que se dinamite el sistema multilateral desarrollado por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.
Una vez sucedida la detención, como hecho objetivo, comienzan las interpretaciones sobre los actores involucrados. Entonces es válido preguntarse, cuáles son los intereses de cada uno de ellos.
En un interesante tweet, Francisco Poleo argumentaba la posibilidad que Nicolás Maduro y altos mandos de su gobierno hayan acordado con Estados Unidos la entrega del presidente a cambio de una transición ordenada. Las fuertes declaraciones del presidente norteamericano Donald Trump sobre la reciente ganadora del Premio Nobel de la Paz y activista opositora al régimen de Maduro, María Corina Machado, donde aclaró que no tenía la capacidad para llevar adelante un gobierno, sumado lo que se relata en el New York Times sobre la asunción de la ex vicepresidenta Delcy Rodríguez, que se rumoreaba durante el día de ayer que estaba en Rusia, parecen confirmar que desde el gobierno venezolano no encontraron otra opción que entregar a su líder a la justicia norteamericana frente a la posibilidad de una invasión y/o una guerra civil como sucedió en Libia tras la caída de Gadafi en 2011. Entonces, evitar un mayor derramamiento de sangre y quizá recibir alguna amnistía para altos oficiales parece haber sido la principal motivación. Esto parece haber sido interpretado de forma correcta (para sorpresa de todos) por el gobierno argentino que, a través de la Dirección Nacional de Migraciones, aclaró que no brindaría asilo a ningún agente del gobierno de Maduro.
Para la región, la captura de Maduro puede haber sido el golpe de gracia al proceso integracionista en su arista política comenzada en los 2000. El gobierno de Brasil, encabezado por Lula, no pudo evitar la segunda incursión de tropas norteamericanas en el continente sudamericano en toda la historia (tras el desembarco en Malvinas en 1831). El gobierno de Petro tiene herramientas para preocuparse, ya que la excusa del narco-terrorismo por parte de Estados Unidos puede virar hacia tierras colombianas y la incapacidad y a veces complicidad de este Estado para dar una respuesta al Crimen Organizado Transnacional. Este escenario fue planteado directamente por Trump frente a México y a su presidenta Claudia Sheimbaum. El resto de la región, con gobiernos de derecha a la extrema derecha, aplaudió la osadía norteamericana y la “extirpación” del comunismo. En todo caso, podemos observar un debilitamiento relativo de las potencias intermedias.
Sobre por qué Estados Unidos llevó adelante la detención de Maduro podemos presuponer una triple hipótesis: a nivel interno permite consolidar su base de poder reaccionaria y también generar negocios petroleros para sus empresas, lo que le permitiría constituirse en un actor aún más relevante a nivel global; también marca una perspectiva de dominación continental. Se habló mucho recientemente de una vuelta de la Doctrina Monroe, desarrollada por el presidente James Monroe en 1823 como estrategia para frenar el colonialismo europeo en América. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional( ESN 2025) del gobierno de Donald Trump retoma de forma directa la perspectiva de dominio continental. Con una acción quirúrgica y la herencia de décadas de inversión módica en fuerzas armadas en todo el continente, Trump se asegura generar dudas en cualquier gobierno que quiera oponérsele de forma activa. Pero la detención de Maduro también es un gesto global hacia China, Rusia y Europa.
En la ya mencionada ESN, Estados Unidos remarca que sus intereses son el “no-intervencionismo”, salvo cuando haga falta y el dominio energético. Frente a China, entonces, el remover un aliado como Maduro, puede haber sido tomado como una señal beligerante, pero el contexto ya no es el de la Guerra Fría y, el accionar por fuera del Derecho Internacional, puede servirle al gobierno chino en el futuro. A su vez, la prioridad del gobierno norteamericano parece ser la disputa comercial con China y en esa línea se enmarca la mirada sobre la guerra entre Rusia y Ucrania y la necesidad de su finalización. La ESN argumenta que las empresas químicas alemanas se encuentran invirtiendo en China. Todo vuelve a la estrategia de dominio norteamericano.
Entonces, ¿de qué nuevo mundo estamos hablando? A priori parecen haber algunas señales. La primera es que el uso de la retórica se separó totalmente de los hechos. Esto siempre sucedió en política, desde enmarcar a un sector de la población como “subversiva” a las Armas de Destrucción Masiva de Irak (2003). El narco-terrorismo es la herramienta que, amparada en una decisión que puede tomar un juez de primera instancia de Estados Unidos, puede ser usada para intervenir en un país del continente. Esta retórica es, indudablemente, contradictoria con los hechos. Hace sólo unos días Trump indultó a un notorio ex presidente narco, Juan Orlando Hernández de Honduras, condenado a 45 años y contrabandear toneladas de cocaína. En el caso de Maduro, toda la información sobre el “Cartel de los Soles” fue también generada por Estados Unidos.
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional del gobierno de Donald Trump retoma de forma directa la perspectiva de dominio continental. Con una acción quirúrgica y la herencia de décadas de inversión módica en fuerzas armadas en todo el continente, Trump se asegura generar dudas en cualquier gobierno que quiera oponérsele de forma activa. Pero la detención de Maduro también es un gesto global hacia China, Rusia y Europa.
Entonces, el escenario es uno donde los organismos internacionales desarrollados por Estados Unidos para mantener la paz global y también un mundo “ordenado” donde los negocios primasen a la guerra, parecen haber pasado a un segundo plano. En la invasión de Irak de 2003, George W. Bush fue al Consejo de Seguridad y su petición fue negada, antes de eso, la OTAN actuó en Kosovo (1999). En el caso actual, la ONU se enteró por redes sociales. Ese mundo, de reglas e instituciones, donde como sugiere el autor neoliberal G.J. Ikenberry, la restricción estratégica (es decir el no accionar de la gran potencia) fue la marca fundamental que atrajo al resto de la comunidad internacional al sistema institucional, se terminó. Habrá que ver qué destino tiene la ONU que, no sólo tiene presencia en temas bélicos, pero también en el complejo entramado que da forma a la vida cotidiana, como por ejemplo la aviación civil internacional.
Pero más allá de la estrategia de control militar de Estados Unidos sobre la región, el debate actual es uno más amplio. Podemos diferenciar tres clases de capitalismos actualmente, por un lado el neoliberal-institucional, aún defendido por los países de Europa occidental y sus partidos políticos de centro y social-demócratas y por nostálgicos liberales norteamericanos como el editorial del 3 de enero del New York Times; un segundo capitalismo con fuerte presencia estatal, el modelo de China; y, finalmente, la propuesta norteamericana, donde el capital concentrado de finanzas y tecnología impulsa la economía con un Estado que se encarga de proteger a estas industrias frente a sus rivales.
Este modelo requiere, como bien dice la ESN de Estados Unidos, mucha energía. Entonces, el acordado-secuestro de Maduro parece haber sido una decisión largamente estudiada y negociada, incluso una donde todos los actores participantes tienen más para ganar que para perder.
Entre los derrotados se encuentran Argentina, Brasil, México y Chile. Países intermedios con grandes recursos naturales y una debilidad bélica que, hoy, los hace sujetos de amenaza por parte de Estados Unidos. El fin del Derecho Internacional es también una pésima noticia para estos países. La caída de la diplomacia deja a merced de la hegemonía regional a los recursos y a las sociedades. El trade off para China es que, cediendo sus intereses en América, la captura de Maduro habilite la expansión aún mayor en África y Asia-Pacífico.
A principios de los 2000, Roberto Russell y Juan Gabriel Tokatlian planteaban que la autonomía -concepto clave en la política exterior de la región- debía ser relacional, es decir, mientras más integración regional haya, mayor capacidad tendrían los Estados del continente para evitar ser vasallos de la gran potencia. Esta tesis aún sigue presente, pero la extrema polarización entre los gobiernos de Boric a Kast, de los Fernández a Milei y de Lula a Bolsonaro imposibilita la existencia de una mirada regional en tanto existan gobiernos serviciales.
Entonces, el nuevo mundo podrá estar atravesado de reglas no formales e instituciones débiles de carácter operativo y una disputa comercial en temas estratégicos entre Estados Unidos y China. El resto miran de afuera.
Alejandro Rascovan es Doctor en Ciencias Sociales (UBA) / Socio-economía del Desarrollo (EHESS). Profesor Seguridad Internacional, EPyG, UNSAM e Investigador IUGNA.
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