Sandra Russo: “La clase media no es solidaria con sus orígenes”
A propósito de “Nena”, su primera novela, la periodista y escritora Sandra Russo recorre en esta entrevista el peso de la movilidad social ascendente, los silencios, los equívocos de la infancia y la escritura como un refugio íntimo frente a una época “atroz”.
- agosto 13, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Nena, la primera novela de Sandra Russo, se nutre de fragmentos biográficos, un humor agudo y una voz que madura junto a su protagonista para indagar en las entrañas de un núcleo familiar marcado por la movilidad social ascendente, los equívocos y el silencio.
“Este no es un libro más. Surgió de otro lugar, de otro estado de escritura, de otro estado de conciencia, otra posición corporal. De un cansancio moral importante”, señala la autora en el prólogo de una obra escrita casi en su totalidad desde la pantalla de su teléfono.
Frente a una época que define como atroz, un “enorme crimen de lesa humanidad que se desarrolla en continuado”, la periodista volvió a encontrar en la escritura un mecanismo de autodefensa. “Huí de aquí y ahora”, dice.
En diálogo con 4Palabras, habla de los silencios: de una familia de origen que existe pero que no se nombra. La nueva, la suya, que no encaja. De una tía que dejó su vida para cuidarla frente a la impotencia de su madre, de personajes inventados para “oxigenar” la historia, de cómo es crecer incomunicada. Por momentos nombra a la nena, por momentos habla en primera persona porque la nena es, al mismo tiempo, ella y otra.
¿Cómo te llevaste con ese otro registro de más largo aliento?
Bárbaro, me encantó. Escribí casi sin darme cuenta, con el teléfono.
¿Cómo afectó al texto esa escritura con el teléfono?
Escribía acostada. En un estado medio de somnolencia, a la noche antes de dormir, y a la mañana cuando recién me despertaba y me traía el mate a la cama. Escribí el primer capítulo, que es totalmente biográfico, y me gustó el modo en que quedó, justamente con tan poco detalle biográfico, con tan poca especificación. Es uno de mis primeros recuerdos de vida, porque tendría tres años. Me gustó el estilo. Después escribí Jardín de infantes, que es el segundo capítulo, que también tiene una parte biográfica y algo de ficción y me empecé a dar cuenta que tenía un desafío: si seguía escribiendo, tenía que ir modificando la voz de la nena a medida que crecía. No quería infantilizarla. Solamente saber de qué cosas se daba cuenta, de qué cosas no, qué cosas preguntaba, qué cosas la intrigaban a los ocho, que era distinto que a los tres. Me empezó a gustar eso de ir creciendo con ella mientras escribía. Que era una manera de repasar el pasado.
Es una nena que entiende las cosas mejor que su madre…
Por eso empiezo con esa escena, porque desde ahí se muestra una nena que tiene que zafar de una situación densa con la madre. Crece en estado de alerta. Pero surfea. No es una nena problemática. Ni sufre, ni lo cuenta con dolor. Surfea. Ella dice muchas veces, “la vida es así”. No sabía cómo eran las otras madres. Con el tiempo se va dando cuenta que no todas son como su madre. Después, más adelante, entiende que su madre está loca. También porque no la tocan, porque no le explican, porque no saben. Me empezó a entusiasmar eso hasta que llegué a un punto en que me di cuenta que tenía que empezar a ficcionar. No quería que se convirtiera en algo estrictamente biográfico. Ahí empecé a prefigurar a Vilma, Ernesta. Es más o menos ficción porque cuando era chica iba a reuniones del Rotary con mi mamá. Yo estaba entre esa gente. Por supuesto que había gente con mucho dinero, que tenía casas impresionantes, otros que eran más normales. Pero Vilma es una especie de resumen de las minas ricas que rodeaban a mi vieja, que era una pajuerana, en aquel momento. No estaba instruida, pero era muy inteligente. Y la adoptaron porque para ellas, como venía de la pobreza, no era competencia. La adoptaron como una cosa exótica. Y después tenía que elegir. Hay millones de cosas que dejé afuera, que podría escribir otra nena. No sé por qué mi vida es tan narrativa.
¿Te ayuda el manejo del humor?
Hay un registro falso light, tiene que ver con eso. Necesito subir el clima para hacerlo bancable para el lector y para poder bancarlo yo misma. Porque si no a la tercera desgracia que conté ya es un bajón. Por eso inventé a Vilma. Para darle un toque de oxígeno a la historia.
Implantás de golpe escenas muy crudas, en medio de otros escenarios…
Es de las cosas que más me gustan del resultado final: cómo aparecen las escenas. No pretendí escribir capítulos de novelas, solamente quería enlazar textos breves, es un punto de partida distinto…
¿Es una carta a tu madre? ¿Es una carta para pensar la historia de ustedes?
No. Este es un capítulo cerrado. Está abierto dentro mío, obviamente.
En realidad es para mí. No para ella. Es para mí. La foto de la tapa del libro, la dibujé durante muchos años. Tengo muchas versiones de esa foto.
¿Dibujás?
Sí. No dibujo muy bien, pero me he pasado muchos veranos solo dibujando, porque no salgo de las casas que alquilo. Cuando me iba a Cariló no salía nunca de la casa en la que estaba, me quedaba dibujando con lápiz y témperas. Ninguna versión es tan buena como para reemplazarla, pero siempre me quedé pensando en esa foto por esos pelos para arriba, el viento en contra. Se nota que las dos son lindas, pero están incómodas. Así éramos nosotras dos, mi mamá y yo. Te agarro, pero más o menos. Sonrío, pero más o menos. Tengo mucho viento en contra. No puedo mirar a la cámara. Uno siempre con la ficción también trata de saldar cosas internas.
En tus talleres hablás mucho de las podas necesarias en los textos, ¿cómo te llevás con eso en tu propio trabajo?
Siempre quedan cosas por podar. Igual a este libro lo laburé mucho. Está muy concreto. Traté de describir acciones. Pero la poda me libera.
Sandra Russo: “Fui descubriendo la locura de mi mamá con esos datos, atando cabos. Pero tampoco fue todo negro. Mi vieja también tenía partes afectuosas o intentaba ser mejor, pero no podía. La neurosis cuando se vuelve psicosis ya no tiene que ver con lo bueno o malo”.
La cuestión de la movilidad social ascendente, que es uno de los ejes del libro, también parece afectar a la nena, que quizás tiene más conciencia que su propia madre de eso…
Ese es el tema central del libro. El malestar de la movilidad social ascendente, que es lo que padece Iris. La nena también todo el tiempo padece el no tener primos, el no tener tíos. Porque como su madre no los nombra, ella tampoco. Es un silencio raro. La nena los ve los fines de semana, pero no habla de ellos en el colegio. Los amigos creen que no tiene primos, que no tiene familia. Porque eran de otra clase social. Pero la nena iba todos los fines de semana a la casa de abuela, con la mamá que llevaba la canasta con la mercadería. Todo eso lo captaba. En la casa de mi abuela yo me sentía como en mi casa. Cuando mis viejos se iban de viaje me encantaba quedarme porque me hacían la comida que me gustaba y sobre todo porque no estaba mi mamá. Mis tías, mi abuela, que era malísima con mi mamá, conmigo era buenísima. Uno también da lo que recibe. Mi vieja no tenía herramientas para ser diferente. Ella contaba a cada rato la vez que su papá entró en su cuarto y le tapó los pies. Debe haber pasado una vez. Pero ella evocaba eso como la vez que el padre se ocupó de ella.
Otro personaje central es la tía, que a veces no es la tía sino otro tipo de referentes que oxigenan la vida…
Mi mamá llamó a mi tía en los primeros dos años de mi vida y mi tía vivió con nosotros. Mi vieja estaba enferma. O sea, tuvo la bebé y dijo, “yo no puedo”. Entonces mi tía que estaba casada dejó al marido y se vino. Para mí era una fiesta verla. Porque era divertida, era alegre. Tenía una vida terrible al lado de la que tenía mi vieja que vivía de médico en médico, sugestionada. Sin embargo, la alegría y la felicidad no tienen nada que ver con… esa lección la aprendí ahí.
La historia con tu madre está narrada en varios de tus libros, ¿vas saldando algunas cuestiones de ese vínculo?
Totalmente. La voy exorcizando cada vez que puedo. Es que es una madre tan escribible. Me dio mucho dolor y también me dio mucho material. También me dio la necesidad, sin quererlo, de ubicarme en tiempo y espacio. En mi programa de radio, cuando hago las editoriales, al menos una vez por semana pido que nos ubiquemos bien en tiempo y espacio. Porque en esta época todos estamos mal ubicados. Tiene que ver con la necesidad de estar bien plantada frente a una cosa que no sé cómo atajar desde que tengo tres años. Antes de saber que era autodefensa.
El papá de la nena es un papá muy estereotípico de ese momento histórico…
Y en Hormigas coloradas se nota. En ese capítulo la lleva a ver un partido de fútbol y la sienta arriba de un hormiguero. Eso me pasó. Terminé en un consultorio médico a la una de la mañana. Con las gambas así de gordas, ardidas.
¿Por qué tiene tan poco protagonismo?
Es un tipo recontra proveedor. Que nunca nos hizo faltar nada. Era re prolijo.
Realmente buenísimo. Pero lo que más lo caracteriza a Luis, que es el padre, es su amor por la mujer. No el amor por la hija. Él está perdidamente enamorado de ella. La ama de todas maneras: enferma, loca, malhumorada, linda, fea. Yo nunca vi a un tipo tan enamorado de una mujer como mi papá de mi mamá. Y lo quise por eso. Lo sigo reivindicando por eso. Por la capacidad de amor a mi vieja. También era mutua dependencia, después lo fui entendiendo con el tiempo. Pero desde que se casaron tenía los ojos llenos de Iris, mi vieja para él era el centro del universo. Y ella no lo disfrutaba mucho.
“Hoy esa clase media está caída del todo. No estoy segura de que porque esté caída dejó de ser gorila. Porque es una cuestión simbólica muy fuerte”.
No son muchos los hombres que ceden para ganar, porque algo de la viralidad se juega. Caracterizás a Luis con una inteligencia natural en eso…
Yo lo admiré de grande por eso, cuando me empecé a dar cuenta. Siempre me pareció genial y me encantaba eso de él. Mi viejo era un gran tipo. Muy debilitado por ella, pero… se elegían. Ahora, a mí… me dejaron en banda. Yo me ocupé de mí misma.
El idioma alemán es otro capítulo en la vida de la nena…
El libro responde a por qué soy comunicadora. Porque crecí incomunicada. Y lo que tenía que aprender en el mundo era comunicarme. Me pasé 14 años dando exámenes en un idioma que no sabía. Con una madre que no me entendía. Y que cuando le decía que me dolía la panza, me daba jugo de naranja. Son cosas que iba descubriendo con la vida. Fui descubriendo la locura de mi mamá con esos datos, atando cabos. Pero tampoco fue todo negro. Mi vieja también tenía partes afectuosas o intentaba ser mejor, pero no podía. La neurosis cuando se vuelve psicosis ya no tiene que ver con lo bueno o malo. Tiene que ver con lo que se puede o no se puede. Lo que quería era exorcizarlos, darles alguna voz. Tener alguna voz en esas situaciones que viví. En realidad no tengo una vida nada extraordinaria, pero contada se vuelve extraordinaria.
¿Qué estás leyendo de las clases medias ahora?
La clase media siempre es un problema en la Argentina. Es grande y está mal hecha. Está cincelada para ser una fuerza de choque entre los sectores populares y la oligarquía. Es racista. Siempre digo que hay que mirar el color de piel de los obreros de la construcción y el color de piel de los bancarios y te das cuenta que esto es un país racista. No hace falta más que eso. Si sos marrón, te toca ir a la obra. Las fuerzas populares en este país siempre se preparan para hablarle a la clase media. Nunca tuvimos un candidato que, como en otros países de América Latina, dijera primero a los pobres. En Argentina nunca.
¿Ni con Perón?
No, Perón era el de los trabajadores, el pueblo trabajador. Eso es lo que veo mal del peronismo en este momento. Cuando surge la doctrina peronista, cuando Perón piensa… el mundo era totalmente distinto al mundo que tenemos hoy. Es inaplicable si no tomás en cuenta el contexto. La pobreza estructural empieza con la dictadura militar, en la época de Perón no había pobreza estructural. Cualquier trabajador ahorrando se podía comprar una casa en cuotas o se podía ir de vacaciones. Era una clase media-media, de verdad, con facilidades, con acceso al bienestar. Ahora tenemos algo todo podrido, pero no es una clase solidaria con sus orígenes. Por eso el tema con mi madre está tratado así en el libro. Porque es una clase a la que le avergüenzan sus orígenes. Los tapa.
Y tiene terror de dar un paso falso porque se cae…
Porque se cae y vuelve. Ese miedo lo disimula de rechazo, de superioridad, de supremacismo. Es lo que nos está pasando. Lo que nos pasó en realidad.
Ahora está pasando otra cosa, porque esa clase media está caída del todo. No estoy segura de que porque esté caída dejó de ser gorila. Porque es una cuestión simbólica muy fuerte.
¿Crees que Milei les habló en algún momento?
No, Milei les habló a los lúmpenes. Ese fue en parte su éxito. Con la clase media contaba igual porque votó a Bullrich y después se le trasladaron los votos gorilas a él. Milei recogió el voto lumpen y de desocupados. Los varones jóvenes que ahora están engrosando la lista de suicidados. Es muy fuerte eso porque estaban rotos y se terminaron de romper. Y en lugar de arrepentirse, se matan.
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